Historias de la Ciencia. "El Dr. Placebo". F. Soriguer
HISTORIAS DE LA CIENCIA CON MORALEJA
18ª ENTREGA: “El Dr. Placebo”
Capítulos ya publicados
1. El precio de la ignorancia. Marcel Proust y compañía. (http://joaquinperal.blogspot.com/2025/01/historias-de-la-ciencia-con-moraleja-i.html)
2. La guerra de los huesos.
(http://joaquinperal.blogspot.com/2025/02/la-guerra-de-los-huesos-f-soriguer.html?m=1)
3. Koch, Ferrán y Cajal. Un cruce de historias (http://joaquinperal.blogspot.com/2025/02/koch-ferran-y-cajal-un-cruce-de.html)
4. Una factoría de genios
(http://joaquinperal.blogspot.com/2025/03/una-factoria-de-genios-f-soriguer_7.html%.)
5. Cajal, Río Hortega y los “Fake News .
(http://joaquinperal.blogspot.com/2025/03/cajal-rio-hortega-y-las-fake-newsv-f.html)
6. No es la raza, imbécil.
(https://joaquinperal.blogspot.com/2025/04/no-es-la-raza-imbecil-vi-f-soriguer.html)
7. Lombroso.
(https://joaquinperal.blogspot.com/2025/04/lombroso-vii-historias-de-la-ciencia.html)
8. Pero, ¿existe tal cosa como el método científico?
(https://joaquinperal.blogspot.com/2025/04/historias-de-la-ciencia-octava-entrega.html)
9. El caso Lysenko: Ciencia burguesa frente a ciencia proletaria
(https://joaquinperal.blogspot.com/2025/05/historias-de-la-ciencia-lysenko-9.html)
10. TUSKEGEE
https://joaquinperal.blogspot.com/2025/06/historias-de-la-ciencia10- entrega.html
11. (Primera parte) Piotr (Pedro) Kropotkin. Cuando la ciencia y la política son inseparables (PIMERA PARTE).
(http://joaquinperal.blogspot.com/2025/07/historias-de-la-ciencia-kropotkin-f.html)
12. (Segunda parte). Piotr (Pedro) Kropotkin. Cuando la ciencia y la política son inseparables.
(https://joaquinperal.blogspot.com/2025/08/historias-de-la-ciencia-11-entrega-2.html)
13. La expedición de Balmis. Un ejemplo de altruismo científico. (Primera parte)
http://joaquinperal.blogspot.com/2025/09/historia-de-la-ciencia-entrega-n-13-1.html
14. La expedición de Balmis. Un ejemplo de altruismo científico. (Segunda parte)
http://joaquinperal.blogspot.com/2025/09/historia-de-la-ciencia-entrega-n-13-2.html
15. Fidel Pagés. El descubrimiento de la epidural. Divinum opus sedare dolorem es. https://joaquinperal.blogspot.com/2025/10/el-descubrimiento-de-la-epidural.html
16 Creadores contra científicos. Por una tilde, ¡que no haría yo por una tilde!
https://joaquinperal.blogspot.com/2025/11/historias-de-la-ciencia-entrega-n-16-f.html
17. Egas Moniz y la psicocirugía
https://joaquinperal.blogspot.com/2025/12/historia-de-la-ciencia-con-moraleja-17.html
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Entrega nº 18. “El Doctor Placebo”
Decía José Bergamín, algo así como que “si yo fuese un objeto sería objetivo pero como soy un sujeto soy subjetivo”. La frase es ingeniosa y más allá de su precisión pone el dedo en la llaga de un asunto de enorme importancia para la ciencia: la cuestión de la objetividad. O sería mejor decir de la imposible objetividad, precisamente, por esta condición de sujetos. En filosofía, el sujeto es ese espacio relacionado con lo humano que reside en el interior (subjetivo) en oposición a lo exterior (objetivo). El sujeto es la parte interior, no objetivable de lo humano, que nos hacer permanecer sujetos, encerrados, en nuestro interior sin que haya manera de traducirlo, de sacarlo al exterior sino a través del lenguaje. Esta dificultad es un reto para la ciencia y para el científico que han hecho de la objetividad su norte, pues el científico, en cuanto tal, se va a encontrar siempre con su propia subjetividad a la hora de mirar el mundo exterior.
Mayor dificultad aún es cuando el mundo observado por el científico son los otros, pues además de con la suya propia se chocará con la subjetividad de los sujetos de la investigación. Una cuestión que en la investigación biomédica se ha intentado resolver con los llamados diseños doble ciego placebo, sobre los que después volveremos. Y es a este placebo, que los científicos parecen acabar de descubrir a lo que le dedicaremos las líneas siguientes.
Recuerdo muy bien la primera vez que utilicé un placebo. Era, probablemente, el otoño del 69. Había terminado la carrera en verano y hacia unas sustituciones en la urgencia de un pueblo de Sevilla. De madrugada me llamaron a una barriada marginal donde se arremolinaba gran cantidad de gente en la puerta de una casa. Cuando entré, una joven yacía aparentemente muerta en el suelo. No me costó mucho el diagnóstico. Era una crisis histérica de libro, así que con gestos de autoridad pedí que todo el mundo saliera de la habitación en la que solo permaneció una de las mujeres de la familia e inicié unas ligeras maniobras de exploración y de estímulo que terminaron con una inyección de agua destilada a la que le atribuí, mientras la preparaba, grandes propiedades curativas. A los pocos minutos la muchacha se despertó, se levantó y salió por su pie a la puerta de la calle ante le expectación de la muchedumbre, algunos de los cuales la habían dado ya por muerta. Fue mi primer “milagro”.
En otra ocasión, poco después, por motivos que no vienen al caso mi foto apareció en el diario ABC de Sevilla y cuando a la mañana siguiente llegué al Hospital Clínico (el hospital de las Cinco Llagas), en la cabecera de la cama de un paciente anciano al que llevaba varios días visitando, estaba mi foto recortada del periódico junto a la de Fray Leopoldo de Alpandeire, el beato granadino, en quien mucha gente pone su confianza por su fama de milagrero. Nunca llegué más alto en mi larga carrera profesional. No, desde luego, a los ojos de aquel entrañable paciente. No fueron estos dos casos excepcionales ni lo han sido para cualquier clínico de mi generación con experiencia suficiente. De hecho el uso del placebo ha sido una práctica común hasta los años sesenta en todos los médicos de occidente y desde luego en los no occidentales[1].
Pero con aquellos primeros casos tomé conciencia, de golpe, del enorme poder que me había sido legado por el mero hecho de ser médico. Un poder que en mi época aun conciliaba la magia del chamán con el de la ciencia moderna. Una mezcla verdaderamente explosiva. Eran otros tiempos y la medicina se ha ido haciendo cada vez más tecnológica y más “científica”, más de lo primero que de lo segundo y el placebo ha quedado reducido para los ensayos clínicos. Lo que no deja de ser una paradoja. Se reconoce su importancia hasta el extremo de que la exigente lógica científica se ha visto obligada a incluirlo en sus diseños, pero se excluye de la práctica clínica en nombre de esa misma ciencia de la que la clínica quiere aprender y a veces imitar. Pero siguiendo con mi historia personal, pasados algunos años yo mismo me sentí avergonzado de haber usado el placebo.
El profesor Diego Gracia solía decir en sus conferencias que la medicina había cambiado más en los últimos 50 años que en toda su historia anterior. Pero el cambio más importante no ha sido solo el científico- tecnológico. Sobre todo, y al mismo tiempo, se ha producido una gran transformación del estatuto de enfermo y de la propia relación del médico con el paciente. A medida que las sociedades se han ido democratizando, a medida que los ciudadanos se han ido empoderando, los pacientes han ido recuperando autonomía al mismo ritmo que los médicos y la medicina iba perdiendo lo que la bioética moderna llamó paternalismo. Y en este nuevo escenario la “ética del engaño” en la que se basa el uso del placebo por parte de los médicos no tenía cabida alguna. Y los médicos, y ese fue mi caso particular, lo hemos ido abandonando, incluso algo avergonzados por haberlo utilizado.
Y como suele ocurrir con los grandes cambios, en el empeño de limpieza se nos ha ido el niño por el desagüe como suele decir el exagerado y expresivo aforismo. De hecho hasta escribí una editorial en la revista Medicina Clínica, titulado “Uso y Abuso” del Placebo[2], una especie de “descargo de conciencia” en nombre propio y en nombre de la medicina, aunque nadie claro está, me hubiera pedido ejercer tan magna representación.
Lo curioso es que la palabra placebo procede de un equívoco. En la Edad Media era habitual la existencia de plañideras profesionales que contratadas por la familia de un fallecido, iniciaban un lamento artificial con el salmo 114 (Placebo dominen in regione vivorun) (“Placeré al señor en la región de los vivos”), razón por lo que estas plañideras que han sobrevivido en algunos pueblos hasta los cincuenta del pasado siglo, fueron llamadas placebo. El placebo acabó aludiendo a algo artificial que se cree verdadero, dentro de los rituales de dolor-placer, apoyados en el inmenso poder de la palabra[3].
Antes de la era moderna una buena parte de los tratamientos eran ejemplos de efecto placebo. Un dicho que aun oí en mi Facultad a un escéptico profesor, es que si tiráramos todos los medicamentos (de aquella época) al mar, excepto la quinina y el digital sería malo para los peces y bueno para los humanos. Aun así no es sino hasta el siglo XX cuando la medicina comienza a reconocer la importancia del efecto placebo. Hoy sabemos que el efecto placebo ya sea un collar magnético, unas píldoras inocuas llenas de azúcar o agua, una manipulación, una palabra, o un procedimiento homeopático, produce efectos somáticos comprobables a través de la movilización de las cascadas bioquímicas de los centros del placer y del dolor. Por ejemplo se ha comprobado que los placebos que alivian el dolor consiguen su efecto de manera similar a los fármacos opiáceos como la morfina, pudiendo ser bloqueado su efecto por la naloxona (un antagonista de los opiáceos).[4] Lo interesante del efecto placebo es que exige una participación consciente y emocionalmente comprometida del enfermo. Sin esta condición el efecto placebo se anula. Ni en los animales ni en los pacientes en coma es posible conseguir que un placebo tenga efecto.
Tampoco cualquier placebo sirve para cualquier paciente. Es necesario que la parafernalia, o el producto o cualquiera de las posibles manipulaciones posibles, estén dentro del espacio simbólico y cultural de la persona a la que se la aplica. El placebo es un claro ejemplo de un proceso de traducción de los significados y símbolos implicados en el ritual sanador a señales neuroquímicas del sistema nervioso central. Para Bartras el placebo es un buen argumento para sustentar su tesis del exocerebro como ese espacio cultural axosomático que sustituye con ventaja las limitaciones del cerebro somático y que es tan parte del cerebro como el contenido en el interior del cráneo.[5]
Al fin y al cabo a lo largo de la evolución en la construcción de la naturaleza humana, simultáneamente a la corporalidad se ha creado algo tan extraordinariamente “antinatural” (si es que natural y antinatural son conceptos antitéticos) como la cultura, ese conjunto de artificios y artefactos, con el lenguaje a la cabeza, que definen lo humano. Aplicado al placebo y en palabras de Roger Bartras: “Estamos ante un circuito que comienza con las palabras del médico, que es una especie de chamán de bata blanca, las cuales estimulan mecanismos neuroquímicos de alivio. A su vez, estos mecanismos de alivio generan estados emocionales de bienestar, placer y calma que, además, estimulan expresiones y sentimiento de confianza hacia el médico. El circuito transforma las instancias simbólicas conscientes en señales neuroquímicas en el cerebro, lo que significa la existencia de una estrecha red de interconexiones que une los espacios culturales con los biológicos, el exocerebro con el cerebro mismo”.
El efecto placebo es transcultural aunque, como se ha comentado, “el engaño” para que sea eficaz tiene que estar dentro del contenido cultural de cada persona. Por otro lado, no hay nadie que esté libre de ser “engañado” o mejor sería decir de ser “cómplice” del efecto placebo. Es el caso de las medicinas alternativas que todos los estudios sociológicos muestran como su uso es más frecuente es personas con más estudios y nivel económico sin que haya muchas dudas (excepto para los homeópatas y sus clientes) que el efecto de la homeopatía es debido, cuando lo tiene, al efecto placebo. ¿Por qué personas instruidas creen firmemente en la memoria del agua y en su poder curativo? Eso es un misterio que para entenderlo hay que descender a lo más profundo de la naturaleza humana, a aquel momento en el que los humanos no eran capaces de separar la realidad mágica de la realidad racional, el mundo visible del invisible.
Pero es, sobre todo, un ejemplo de cómo en los humanos este estadio subsiste. El redescubrimiento del papel del placebo ha tenido una enorme importancia en la investigación científica. Por un lado y desde luego en la investigación científica en humanos. Ni el investigador ni el investigado están libres de introducir elementos subjetivos que invaliden la objetividad de los resultados. Los sesgos asociados a la subjetividad son innumerables y el estudio y el análisis de los sesgos posibles es una parte muy importante de la moderna metodología de la investigación. La forma de controlarlos es lo que llevó en los años cincuenta a la introducción en los estudios en humanos del diseño doble ciego placebo.
Ni el paciente ni el médico (o el investigador) deberían saber los grupos asignados a los tratamientos. En la mayoría de los estudios una vez abiertas las plicas se comprueba que en el grupo placebo, por lo general, también ha habido algunos resultados (generalmente) positivos, incluso en variables tan “duras” como la mortalidad[6], [7] y al producto evaluado en el grupo experimental (por ejemplo un fármaco) lo que se le pide es que sus resultados sean mejores que los del placebo. De especial interés es también, lo contario, el control del efecto nocebo. Es decir que la evaluación de un fármaco dentro de un diseño doble ciego nocevo en el que se evalúan los posibles efectos adversos que tanto el médico como el paciente sospechan, lo que se espera del fármaco es que no tenga más efectos adversos que el nocevo, que en la mayoría de las ocasiones las tendrá respondiendo a las expectativas en el depositadas. Los estudios que demuestran el efecto placebo son innumerables. Desde la forma y el color de las pastillas, hasta las palabras y la forma de administrarlas, desde la seguridad y la confianza hasta el conocimiento previo, desde la manipulación o la tecnología hasta la música.[8],[9]
En un experimento el efecto analgésico del masaje de la cara con un aparato de ultrasonidos para controlar el dolor de una extracción de una muela del juicio, mostró que la mayoría de los pacientes se encontraron mejor tras el masaje. Lo interesante del caso es que los resultados fueron los mismos si el aparato de ultrasonidos estaba encendido o apagado. En otro estudio un médico comprobó que obtenía mejores resultados si entregaba a los pacientes las píldoras sujetas con pinzas, explicándole que eran demasiado potentes para cogerlas con los dedos. Incluso cuando las gentes saben que son placebos siguen siendo eficaces como en un estudio de personas con colon irritable a las que se les administró píldoras con azúcar, mejorando el 59 % de ellas. En todo caso el uso del placebo, ya sea bajo engaño o informado, es sujeto de un debate ético permanente[10].
Hasta aquí nada sorprendente y nada que objetar salvo que se quiera extender su uso a problemas sobre los que el placebo nada puede hacer, de lo que la mayoría de los clínicos tenemos alguna experiencia. En un momento en el que la risa se puso de moda como terapia alternativa, con humor se contaba en las guardias de mi hospital, que la “risoterapia” es un procedimiento útil en todos los casos, aunque “si tienes un puñal clavado en la espalda la risa suele ser algo dolorosa”. Pero hablando en serio, aún no he olvidado a aquel adolescente con diabetes mellitus tipo 1 atendido en su debut en mi servicio y a cuya familia a los pocos días del alta un paramédico convenció para que dejara la insulina y tomara unas píldoras homeopáticas alternativas. El niño murió de un coma cetoacidótico en una época en la que ya la mortalidad (e incluso los ingresos por CA en los niños diabéticos) era excepcional.
Salvados estos casos dramáticos, no tan infrecuentes en enfermedades crónicas, el viejo placebo que fue expulsado de la medicina por los escrupulosos bioeticistas, por los rijosos metodólogos, y desde luego por los infantiles prejuicios de los propios clínicos, entre los que me encuentro, ha entrado de nuevo en la conciencia colectiva, de la mano de la biotecnología y de las promesas transhumanistas. Lo dijo mejor Castilla del Pino en el curso de una conferencia pronunciada en la antesala de la Exposición Universal del 92, en Sevilla en el llamado “edificio inteligente” una de las joyas del expo (que casualmente fue el único que ardió durante el acontecimiento).
“Los pacientes de nuestro tiempo no pueden aspirar a que los quieran, solo a que los curen… y que.. “médicos y pacientes, hoy, compiten por la tecnología”.[11] Y lo hacen porque han convertido a la tecnología y a las promesas biotecnológicas en la esperanza de un cambio que nos traerá un hombre nuevo. Una promesa cuyo carácter “mágico” es de no muy distinta naturaleza a la de los adminículos y amuletos de los chamanes y los paramédicos.
El efecto placebo nos confirma una vez algo que muchos saben y aun así se empeñan, especialmente ahora, en ignorar. Que los humanos somos, al contrario que las máquinas y que los animales, seres maravillosamente sugestionables.[12] Por eso, precisamente, funciona el efecto placebo. Para la mayoría de los neurocientíficos el cerebro es una máquina de carne, pero una máquina, a fin de cuentas.
Así será si así lo dicen personas tan principales, pero al contrario que las maquinas el pensamiento humano no funciona de manera binaria, opera de manera analógica y no de forma (solo) lógica. Un pensamiento que no se puede desvincular de las expectativas, de los sentimientos, de las emociones, entre las que el dolor, el sufrimiento y el placer, ocupan un papel muy importante, y desde luego de la cultura, esa prótesis del cerebro biológico que Bartras llama exocerebro y sin la que el pensamiento (humano) no sería posible. Y es en ese contexto donde el placebo funciona.
En todo caso el efecto placebo es una realidad que no puede ser ignorada y de la que podemos aprender mucho. Los clínicos, por ejemplo, debemos aprender a usarlo con prudencia y a gestionar el enorme poder que da el privilegio terapéutico. Pero al mismo tiempo no debemos dejarlo en manos de cantamañanas, paramédicos, fanáticos y toda esa corte celestial que pulula intentando sacar tajada de la enorme capacidad de sugestión de los humanos.
Fue ésta una de las razones de que la medicina fuese una de las primeras profesiones en conseguir el monopolio en su ejercicio y el llamado privilegio terapéutico, pues al igual que con el monopolio del uso de la fuerza por la policía, así también el uso inadecuado del poder taumatúrgico del médico aconsejaba, a cambio de la exigencia de responsabilidad, incluida la legal, la concesión del monopolio y del privilegio para controlar y garantizar su buen uso. Pero también los científicos que se meten a hacer investigación clínica, cosa cada vez más frecuente, deben reconocer la dificultad de la investigación clínica frente a la experimental en laboratorio, pues, por un lado la diversidad humana, especialmente cuando enfermos, es enorme haciendo muy difícil conseguir grupos homogéneos sobre los que se puedan sacar conclusiones aceptables, pero sobre todo porque es muy complicado gestionar al sujeto que el científico y el paciente llevan dentro.
Y es esto algo que no todos los científicos saben y otros simplemente ignoran y a todos desespera. Recuerdo muy bien la lectura de una tesis doctoral de una joven médica que había hecho una investigación sobre los efectos de la hormona de crecimiento. El estudio tenía dos partes una experimental en animales y otra clínica con pacientes con déficit de hormona de crecimiento (GH). En mi intervención como miembro del tribunal hice un comentario sobre las dificultades de la investigación clínica para justificar ciertas limitaciones de su estudio. Uno de los otros miembros del tribunal era un investigador básico, que en su intervención se dirigió a mí y me advirtió de la inconveniencia de mi comentario y para demostrar que yo estaba equivocado y que lo verdaderamente difícil e importante era la investigación básica y experimental que él allí representaba, se dirigió a la doctoranda que era, como he comentado, una joven MIR de endocrinología y la acosó a preguntas cada cual más rebuscada e impertinente, amargándonos a toda la sesión.
La parte dramática del asunto es que yo era “el miembro amigo de la doctoranda en el tribunal”, así que para templar gaitas después de la furibunda intervención de mi colega en el tribunal, el científico básico pata negra, respiré hondo y se me ocurrió, para relajar el ambiente, contar un chiste que creí venía al pelo de la historia. En una consulta en la que estaban revisando a los pacientes enrolados en un ensayo clínico, un médico y un paciente tienen esta conversación: PACIENTE: “Doctor, porque me ha cambiado usted las pastillas en la última visita”. DOCTOR: “No, yo no le cambiado las pastillas en la última visita. ¿Por qué lo pregunta?”. PACIENTE: “Pues porque cuando las tiré al retrete, estas de hoy, flotan”.
No me pregunten como acabó la tesis doctoral.
Porque en toda comunicación entre humanos, y la de la relación médico enfermo es una más de las infinitas posibles, el engaño, consciente o no, siempre está presente. Y es, precisamente, esta propiedad de los humanos lo que le permite a Roger Bartas sugerir que una de las utilidades que puede tener el placebo es la de identificar a un robot con inteligencia artificial. “Estaremos frente a un robot verdaderamente consciente en el momento en el que comprobemos que siente un alivio al aplicarle un placebo cuando sufra un malestar”.
Un último comentario sobre el efecto placebo. No sabemos muy bien lo que es la mente. Para algunos la mente no existe como tal, solo existiría una teoría de la mente. El efecto placebo esta en este momento siendo muy útil para poner a prueba la existencia de lo que se ha llamado “un cerebro bayesiano”. El modelo biomédico estándar de la percepción de los síntomas considera al cerebro como un órgano pasivo, que es activado por los estímulos aferentes procedentes del cuerpo, transformándolos en experiencia consciente. ¿Pero qué ocurre cuando como con el efecto placebo, no hay “nada” que proceda del cuerpo sino solo una sugestión recibida por la palabra, por ejemplo? Estimulados por preguntas de este tipo la moderna neurociencia ha acuñado el concepto de cerebro bayesiano que cambia el flujo de la información.
Frente al modelo clásico de abajo arriba los modelos bayesianos sugieren que la percepción (del dolor, por ejemplo) está modulada cognitivamente y podría entenderse mejor como un proceso de predicción, basado en la experiencia previa y en el contexto. Que el cerebro percibe el mundo, siguiendo una teoría de la probabilidad, que sigue, en fin, un modelo bayesiano. Lo que parece muy razonable, pues ¿por qué vamos a desperdiciar la ingente cantidad de información acumulada en el cerebro como consecuencia de la experiencia? De eso va, precisamente, una mente analógica a la que se ajustan muy bien los modelos basados en las ecuaciones que el reverendo Thomas Bayes formuló en el siglo XVIII y cuya utilidad ya se ha demostrado suficientemente en medicina a la hora de calcular el valor predictivo de, por ejemplo, una prueba diagnóstica.
Pero esta es ya otra historia a la que sin darnos cuenta nos ha traído la historia del placebo. ¿Quién le iba a decir a aquel joven y atribulado médico, -que en los años finales de la década de los sesenta, realizaba “un milagro” en un pueblo de la Sevilla profunda, milagros por los que después sentiría remordimiento de con-ciencia, - que el placebo ese viejo compañero de la medicina de siempre nos iba a traer hasta las playas de una nueva teoría de la mente? Definitivamente, como dice el proverbio chino, vivir es sentarse a la puerta de tu casa y esperar a que pase delante de ti el cadáver de tu enemigo. En este caso más bien el del placebo, un viejo amigo.
[1] Howick J, Bishop FL, Heneghan C, et al. Placebo use in the United Kingdom: results from a national survey of primary care practitioners. PLoS One. 2013;8(3): e58247.
[2] Soriguer Escofet FJ. Uso y abuso del placebo. Med Clín (Barc) 1995; 104: 576-577.
[3] Roger Bartras. Chamanes y robots. Reflexiones sobre el efecto placebo y la conciencia artificia. Anagrama, 2019.
[4] Holmes RD, Kennedy JL, Tiwari AK. Mechanisms of the placebo effect in pain and psychiatric disorder. The Pharmacogenomics Journal 16(6) · March 2016
[5] Roger Bartras (2019), (Op.cit).
[6] Ira B. Wilson, MD, MSc. Adherence, Placebo Effects, and Mortality. J Gen Intern Med. 2010 Dec; 25(12): 1270–1272.
[7] Alice Pressman 1, Andrew L Avins, John Neuhaus, Lynn Ackerson, Peter Rudd. Adherence to placebo and mortality in the Beta Blocker Evaluation of Survival Trial (BEST). Contemp Clin Trials. 2012 May; 33(3): 492–498.
[8] Bill Bryson. El cuerpo humano. Guía para ocupantes, RBA, 2019, p. 354
.
[9] Benedetti F. Placebo and the new physiology of the doctor-patient relationship.Physiol Rev. 2013;93(3):1207-1246. doi:10.1152/physrev.00043.2012
[10] Blease C, Colloca L, Kaptchuk TJ. Are open-Label Placebos Ethical? Informed Consent and Ethical Equivocations. Bioethics. 2016;30(6):407-414.
[11] C-Soriguer Escofet FJ: Si Don Santiago levantara la cabeza. La lógica científica contada en 101 historias nada científicas. Incipit, Madrid..
[12] Bill Bryson.( 2019). (Op.cit), p. 354




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