"Líderes desinhibidos". (I y II).J. Franzé
A continuación comparto dos artículos publicados en Contexto sobre "Líderes desinhibidos" . El autor es Javier Franzé. El primero es más una introducción teórica y en el segundo se entra más en la esencia de la política actual.
La era de los líderes desinhibidos (I)
Javier Franzé
Profesor de Teoría Política en la Universidad Complutense de Madrid
El 6 de octubre de 2025, Javier Milei, presidente de Argentina, ofreció un concierto de rock. / Libertad Digital (Youtube)
El mal es un viejo conocido de la política. Se diría que es su sombra, aunque eso nos obligaría a identificar la luz que la produce. En cualquier caso, no hay un solo mal, sino muchos y variados. No sólo porque hay muchas acciones malas que cometer, sino también porque hay variados géneros de mal. Pero ¿cuál es el nuestro de hoy? ¿Hay alguno inédito o son los viejos conocidos de siempre? Tenemos la sensación de que algo nuevo ronda por ahí, pero no resulta fácil identificarlo.
Entre las acciones malas tenemos hoy la guerra, la mentira, el engaño y la corrupción, entre otras. Y entre los géneros a la hora de hacer el mal contamos con el disimulo, el banal y también el asumido. Pero esto, que es mucho, no parece ser todo. Hay un nuevo amigo: la desinhibición. En su libro Tiempos nihilistas, Wendy Brown acuña un sugerente nombre para hablar de líderes como Trump u Orban, a los que se puede agregar Milei y también Bolsonaro o Abascal: “liderazgos desinhibidos”.
Aunque es un concepto de la psicología, la desinhibición parece dar cuenta de los muchos vericuetos existentes en la relación entre ética y política. ¿Ética y política? ¿Todavía vamos a seguir hablando de ética y política en un mundo como éste? Sí. Veamos por qué.
El problema clásico de la ética política es que lo bueno a veces choca con lo útil. Por ejemplo, en ocasiones la paz no resulta un medio eficiente para alcanzar la paz, sino que –sin pretenderlo– conduce a la guerra. Es lo que sucedió con los Acuerdos de Múnich de 1938: Gran Bretaña y Francia acordaron con la Alemania nazi cambiar la anexión de los Sudetes por la paz, pero Hitler no cumplió su palabra y de inmediato ocupó el resto de Checoslovaquia. Eso obligó a hacer la guerra para frenar el expansionismo alemán y alcanzar la paz. Una guerra que provocó unos sesenta millones de muertos (la gran mayoría civiles), trajo la democracia social a Europa, pero también consolidó el totalitarismo soviético de Stalin y sus gulags. Quizá no haya caso más descarnado de cómo el mal puede ser más útil que el bien para conseguir algo ni siquiera completamente bueno, porque confirmó males similares a los que combatía como el totalitarismo, la Guerra Fría y el imperialismo, entre otros.
La forma clásica de faltar a la ética política es llamar al mal bien. Es decir, no reconocer el mal hecho y presentarlo en cambio como un bien: una matanza indiscriminada es justificada como un acto de legítima defensa o un ataque terrorista, como un acto de liberación antiimperialista. Sin embargo, cumplir con la ética política consiste en primer término en buscar el bien, pero también –y quizá principalmente– en asumir la necesidad de realizar el mal, no en hacer siempre y mecánicamente el bien, precisamente porque se sabe que a veces el bien puede llevar al mal (y viceversa). Es decir, ser ético en política implica buscar el medio bueno, pero sobre todo asumir el mal, no eludirlo ni arrepentirse si resulta necesario. No equivale a decir “no debería haberlo hecho” o “no volveré a hacerlo”, sino por el contrario mostrar el dolor, la pena e incluso la culpa por tener que haber recurrido en caso extremo al mal para conseguir el bien o, mejor dicho, para evitar un mal mayor.
Ese es el criterio de la ética política: males menores evitan males mayores (o consiguen bienes relativos). Llamar al mal bien o mostrarse indiferente por el mal hecho es lo que expresa la frase –habitualmente mal atribuida a Maquiavelo– “el fin justifica los medios”. En efecto, según este criterio, si el fin se consigue, todo lo que llevó a él queda justificado, sin resquemor ni aflicción alguna, porque el éxito retrospectivamente lo disculpa todo.
Curiosamente, entonces, tanto quien observa la ética política como aquel que la incumple reconocen no obstante la existencia del bien. Ambos aceptan la existencia del límite que toda acción, para ser buena, debe respetar y reconocen, por lo tanto, que si lo franquea estaría entrando en el mal. Es por eso que quien observa la ética política asume el mal cometido, pero por lo mismo el que no la cumple quiere presentar el mal como bien. Ambos buscan cobijarse en el bien, más allá de la forma y la finalidad con que lo hagan.
Pero el mal actual ya no quiere parecer bueno. Cuando Trump dice que podría disparar en la Quinta Avenida e igual sería votado o cuando Milei afirma que “no odiamos lo suficiente a los periodistas” no están siendo espontáneos, ni auténticos, ni transparentes, sino desinhibidos; es decir, están des reconociendo el límite entre el bien y el mal. Por eso no pueden ni lamentar tener que traspasarlo, ni disimular que lo han cruzado.
Antes la discusión consistía en discutir el contenido del bien y del mal; por ejemplo, para la izquierda la igualdad era buena y la iniquidad, mala, mientras que para la derecha la libertad era el bien y el igualitarismo, el mal. Esta controversia se basaba lógicamente en el reconocimiento de la existencia del bien y del mal e, incluso, de las paradójicas relaciones que la política teje entre ellos. Sin embargo, hoy nuestro problema parece ser restituir el sentido de la distinción entre el bien y el mal, cualesquiera sean sus contenidos y los criterios que tengamos para franquear ese límite. La acción de los líderes desinhibidos se sitúa, así, más allá del bien y del mal. Justo ahí parece estar la diferencia y la particularidad de nuestro mal actual.
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La era de los liderazgos desinhibidos (II)
Javier Franzé
Profesor de Teoría Política en la Universidad Complutense de Madrid
En un artículo anterior afirmábamos que lo novedoso de políticos como Trump, Milei, Bolsonaro o Ayuso es que ya no quieren ser o parecer buenos, sino que, como líderes desinhibidos que son, no reconocen los límites ético-políticos. La violación de la soberanía nacional de Venezuela por parte de Trump parece casar con esta idea: en su discurso no pretextó, a la vieja usanza, motivos democráticos, sino lisa y llanamente habló de hacerse con el petróleo venezolano.
Pero, a la vez, la agresión norteamericana al país caribeño parece cuestionar otro rasgo de esa desinhibición, según el cual estos líderes se colocan “más allá del bien y del mal”. ¿Cómo podrían estar más allá del bien y del mal si no hacen otra cosa que presentarse como encarnación del Bien e identificar a sus oponentes con el Mal? Es lo que hizo Trump al acusar a Maduro de formar parte del narcotráfico y de tener un plan para destruir Estados Unidos inundándolo de droga.
En realidad, el de los líderes desinhibidos (así los denomina Wendy Brown en Tiempos nihilistas) es un discurso que moraliza la política. Esto significa que atribuyen los conflictos políticos no a diferencias de criterio propias de la pluralidad humana, sino a la ignorancia y/o a la mala intención de sus protagonistas. Los que no ven el mundo tal como ellos o interfieren en la consecución de sus fines es porque carecen de juicio político, sea porque les falta conocimiento, inteligencia y autonomía o porque les sobra mala fe, falsedad o aviesas intenciones. Por eso a estos líderes no les resulta legítima la diversidad de opiniones e intereses y denigran, cuando no aplastan, a sus oponentes.
Vemos entonces cómo la moralización de la política es la negación de la ética política. Ambas tratan con el bien y el mal, pero mientras la moralización asimila el bien a la verdad y el mal a la mentira o a la mala fe, la ética política (de Maquiavelo y Weber) parte de que todos los sujetos tienen igual juicio político, cuya lógica consecuencia es la diversidad de perspectivas. Si la moralización atribuye el choque de valores a la existencia de unos malos y lo “resuelve” expulsándolos del debate, la ética política se toma en serio la diversidad y por eso tiene un criterio para elegir y negociar: males menores evitan males mayores.
La ética política también define y aparta lo inaceptable de la vida comunitaria, como son –por ejemplo– el machismo, el autoritarismo o el imperialismo para las sociedades democráticas. Pero lo hace sin moralizarlo: no necesita decir que es fruto del Mal, sino simplemente que es incompatible con los propios valores (democráticos, en este caso). La diferencia clave entre la ética política y la moralización está aquí: caracterizar la diferencia y el conflicto como fruto del Mal abre la puerta al aplastamiento del Otro, pues al ser irreformable representa un peligro absoluto y permanente. Mientras que afirmar la incompatibilidad de unos valores con otros (los propios) no lleva a la aniquilación del diferente, sino a un mundo plural regido en todo caso por la coexistencia.
La desinhibición de estos líderes opera entonces en relación a lo que las comunidades políticas vienen considerando hace tiempo bueno y malo, no respecto del bien y del mal en general. Lo que desreconocen son los límites del bien y el mal hegemónicos, precisamente porque para ellos sólo puede existir como pauta el Bien y el Mal verdaderos.
Pero a diferencia del pasado, en el que la ultraderecha se colocaba generalmente a la defensiva lamentando la pérdida de valores de la sociedad, ahora se lanza ambiciosa y beligerantemente a la ofensiva, denunciando la falsedad de los valores dominantes y la hipocresía de quienes los predican.
La extrema derecha ya no añora los límites tradicionales que otros franquean, sino que se lanza con vitalidad a la lucha por la hegemonía (“batalla cultural”, en sus términos). Defender lo indefendible se titula el libro que Milei regaló a sus ministros por Navidad, en el que, por ejemplo, se elogia a los narcotraficantes como agentes de mercado. “No se salvaban en ningún sitio”, dijo Ayuso en el Parlamento sobre los 7291 mayores fallecidos en las residencias de Madrid durante la pandemia. Un sonriente Trump animó al electo alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, a que le llame “fascista” en su cara. En 2014 Bolsonaro le dijo a una diputada que “no merecía ser violada” porque era “muy fea”.
Este cambio de actitud descoloca y desconcierta al progresismo. Por una parte, porque la lucha por la hegemonía consiste en persuadir a los demás para que vean el mundo como lo ve uno; es decir, generalizar un punto de vista que, como todos, es indefectiblemente particular. Por eso quien lucha contra los valores y perspectivas hegemónicos hace lo contrario: denuncia el carácter particular de lo que se presenta como universal. Esto, que tradicionalmente hacía el progresismo, es lo que hoy está realizando la extrema derecha: avisar de que los valores del progresismo en realidad sólo benefician a los políticos que se presentan como progres pero que ni siquiera lo son, pues en privado incumplen los valores que predican en público. Esta hipocresía evidencia, para la extrema derecha, aquel carácter particular y falso de los valores progresistas.
Pero lo que desconcierta y deja inerme al progresismo no es tanto la carga moral de este discurso de derecha, sino sobre todo los efectos que está teniendo. La forma en que ahora lucha la derecha por la hegemonía invierte los roles tradicionales de conservadores y progresistas. Los conservadores pasan a la ofensiva y a vincularse con el cambio, la transformación y la transgresión, mientras que los progresistas quedan a la defensiva, recomendando la conservación de lo dado, lamentando desde una posición pasiva y temerosa que otros franqueen los límites existentes.
Esta posición no sólo es deficiente en sí misma, sino que además lleva al progresismo a una fuerte contradicción interna. Porque ¿desde dónde puede criticar ahora que un actor político quiera cambiar lo establecido, desreconocer el orden dado y cuestionar sus límites? Sobre todo cuando el propio progresismo viene abrazando en las últimas décadas la noción de que la realidad es una construcción política, de que no hay elementos dados trascendentes ni en las relaciones sociales, ni en las de género y ni siquiera en las “naturales”. Esta visión le otorga un papel clave a la lucha política en la conformación de esa “realidad”. Pues bien, esto es lo que ahora está haciendo la extrema derecha: luchar políticamente para mover los límites de lo que se puede hacer, decir y pensar. Mostrar su férrea voluntad de hacerlo sin complejos ni reparos es lo que también hace este discurso cuando desacomplejada cruza los límites establecidos.
Más aún, la derecha dura promueve esta actitud entre los ciudadanos: al fin y al cabo, todo el imaginario del emprendedurismo descansa en animarse a ir más allá de los propios límites. Mientras la extrema derecha cuestiona la autoridad de la ciencia (terraplanismo y vacunas), la escuela (educación en casa) y la cultura (por ideologizada y propagandista), el progresismo acaba defendiendo lo establecido, que también son los laboratorios farmacéuticos, la disciplina escolar y el vanguardismo artístico que rechaza la “baja” cultura. Mientras la extrema derecha aparece confiando en el poder autónomo de los ciudadanos, el progresismo se inclina a protegerlos de los males y a sustituirlos, como si supiera lo que mejor les conviene, en su “libre búsqueda” de medios y modos de vida. En definitiva, si la derecha vincula individualismo con empoderamiento, el progresismo aparece sobreprotegiendo a los gobernados como si fueran menores de edad.
Esta nueva posición de la extrema derecha es profundamente política, pues disputa el poder y, sobre todo, lo popular, antes un tema exclusivo del progresismo. Hasta ahora, el progresismo ha reaccionado ante esta nueva actitud de la extrema derecha censurando las características personales de los líderes desinhibidos, llamándolos mesiánicos, narcisistas, desequilibrados, cínicos… cuando no, caracterizando a sus votantes como manipulados, masoquistas o suicidas. Así, paradójicamente, el progresismo se sitúa solito donde esos líderes quieren que esté. Responder a la moralización con más moralización refuerza la posición del que lleva la iniciativa política, que puede enseñar esa ojeriza de los malos como prueba de la bondad del camino emprendido.
Mientras el progresismo o cualquiera que desee comprender políticamente qué es lo nuevo que está pasando, no se pregunte por qué estos liderazgos desinhibidos generan adhesión política, no podrá hacer un diagnóstico ni un análisis políticos de la situación, sino que escogerá el camino simplista (y antidemocrático) de atribuir sus causas al deficiente juicio político de los votantes, muchos de ellos provenientes además de los sectores populares. Al repetir el tipo de explicación de los líderes desinhibidos sobre el progresismo –o sea, de ellos mismos– no hará otra cosa que coronar la hegemonía de su rival.

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