Arte y Literatura. Pessoa// Arte abstracto

 A continuación dos artículos. El primero sobre Pessoa y el segundo sobre arte abstracto. Recomiendo su lectura.


I)

El Pessoa de Zenith: la vida discreta de un poeta excepcional


Ignacio Vidal Folch

La Vanguardia 


https://www.lavanguardia.com/magazine/lifestyle/20260116/11437680/pessoa-zenith-vida-discreta-poeta-excepcional.html?facet=app&didomiConfig.notice.enable=false



                                       'Retrato de Fernando Pessoa' (1964) del pintor Almada Negreiros Carlos Azevedo 


El británico Richard Zenith publica el libro definitivo soba la vida de Fernando Pessoa


                                               Pessoa de paseo por Lisboa. Manuela Nogueira


Zenith, lusófilo asentado en Portugal desde hace muchos años, traductor al inglés de muchos poetas portugueses, es también el editor en esa lengua de la obra de Pessoa, y el compilador de la nueva y hasta ahora normativa edición de su tan exitoso, de su Libro del desasosiego, que Pessoa estuvo escribiendo durante cerca de veinte años, que fue incapaz de concluir –empezaba muchos proyectos, no acababa casi ninguno--, y que hubo que componer con los centenares de fragmentos y pasajes que dejó confundidos entre los miles de manuscritos del mítico baúl que arrastraba consigo en sus numerosas mudanzas por pisos y pensiones de Lisboa.

Después de pasar la infancia en África del sur con su familia –su padrastro era cónsul en Durban--, regresó a Lisboa, su ciudad natal, de donde ya no volvió a salir y por cuyas calles circulaba siempre vestido de punta en blanco por el mejor sastre, pero en los bolsillos apenas unos céntimos, algún papel arrugado con los versos de algún poema a medio cocinar… y notas de las deudas que contraía y que le resultaba imposible saldar.

Zenith estuvo trabajando durante doce años en esta biografía, que he traducido al español


Zenith estuvo trabajando durante doce años en esta biografía, que he traducido al español, privilegio y fiesta que de vez en cuando tenía que interrumpir para soltar alguna carcajada, tan peculiar fue la vida, fracasada y triunfal, de Pessoa. Vida en determinados aspectos trágica, o triste o desastrada, pero lograda en lo creativo, y en cierto sentido tan rica en disparates que es imposible no reírse.

Si a ello añadimos que estamos hablando de uno de los mejores poetas del siglo XX, y que Zenith explica con claridad y detalle no sólo los avatares de su vida y de su pensamiento, sino también las bases de su poética, y que ha sabido exhumar un montón de documentos significativos y datos hasta ahora inéditos, la curiosidad por aquel hombre de apariencia tan común y anodina, pero cuya mente era un volcán de ideas y de versos, está justificada.

                                    Baúl repleto de documentos donde aparecieron los escritos de Pessoa Ed. Assírio & alvim


Desde muy joven Pessoa estaba obsesionado por la idea mesiánica de que no había venido a este mundo de vacaciones. Como dueño de una inteligencia indiscutiblemente superior, y como genio de las letras que se proponía ser –y proponerse ser un genio es el primer paso, creía él, para llegar de verdad a serlo--, sentía que sobre sus hombros pesaba una misión heroica: devolver a su querida patria, Portugal, que estaba sumida en una decadencia interminable y a una permanente agitación política, a la categoría de potencia mundial, tal como había sido en la época de los navegantes oceánicos y los grandes descubrimientos, cuando su imperio colonial se extendía por África, Asia y Sudamérica.

Y para conseguir esa regeneración, para devolver la gloria a su nación, lo primero que había que hacer, y la responsabilidad que asumió personalmente, era provocar una revolución cultural. La paz social y la regeneración política derivarían de la cultura. Con esta revolución demostraría al mundo que la lengua portuguesa es sublime y que su desdeñado país contaba ya con una pléyade de escritores ignorados por el mundo, pero excelentes.


Sobre todos ellos descollaría, además, un “superCamões”. O sea: un poeta superior al hasta entonces considerado el mejor escritor portugués de todos los tiempos, Luís de Camões (1524-1580), autor de la epopeya nacionalista en verso Los lusíadas. Y ese “superCamoes” no era otro sino él: Fernando Pessoa. Se lo confirmaban los astros y los espíritus del más allá, a los que consultaba dibujando mapas astrales y celebrando sesiones de espiritismo.

Que él era el superCamões, no lo decía a nadie, claro está. En público mantuvo siempre una presencia física pulcra, discreta y retraída, aunque en la prensa y en las ediciones se manifestaba de forma intelectualmente enérgica, beligerante, combativa y a veces escandalosa, como abanderado de sus convicciones políticas y estéticas, que eran cambiantes salvo cuando había que salir en defensa de la libertad de expresión o de los derechos de los homosexuales. Zenith dedica numerosas páginas a demostrar que, al margen de un noviazgo platónico y relativamente breve con una muchacha, era homosexual y murió virgen.


Como la pléyade de grandes poetas que iniciarían la revolución cultural no existía en la realidad, Pessoa decidió inventarlos. En un ejercicio de despersonalización de sí mismo, de asunción de personalidades alternativas, psicológicamente asombroso y único en la historia de la literatura, se inventó los poetas que él llamaba “heterónimos”: el bucólico y sereno Alberto Caeiro, el exaltado Álvaro de Campos, el clasicista Ricardo Reis… Y muchos otros más alter egos, cada uno con su propia obra (que él escribió), cada uno con su propia biografía (que él se inventó), cada uno con su propio pensamiento político y su propio aspecto físico.

La poesía de cada uno es completamente diferente de los otros en emoción, en recursos métricos, en filosofía de la vida. Pero son iguales en su excelencia.

Al inventarse a estos heterónimos, en realidad seguía su patológica tendencia, declarada ya en su infancia de niño tímido y más bien solitario (había visto morir de tuberculosis a su padre, su hermano y una hermana, y asistió a la progresiva caída de su abuela en una locura senil y vociferante; y todas estas pérdidas, sostiene Zenith, le dejaron en la psique una incurable herida melancólica), a inventarse multitud de personajes con los que mantenía correspondencia y que firmaban las diferentes secciones de los periódicos que se inventaba para entretener (y deslumbrar) a su familia.

Al mismo tiempo que era un creador y polemista tan fértil y ambicioso, como ciudadano de a pie Pessoa fue… una catástrofe. Véase un ejemplo: al cumplir los veintiún años heredó una pequeña fortuna. En el momento de entregársela, uno de sus tíos, hombre cabal y afectuoso, le presentó unos cálculos según los cuales si la invertía y administraba con prudencia y no incurría en gastos insensatos podría vivir de sus rentas, y entregándose exclusivamente a su vocación de escritor, durante quince años por lo menos.

Pero, como hemos dicho, Pessoa tenía una misión redentora y ningún sentido práctico, aunque hubiera estudiado comercio. Desoyendo el consejo de su tío, de inmediato fundó una empresa, adquirió una imprenta, alquiló unas oficinas, contrató linotipistas y empleados, pagó traducciones de obras portuguesas que tenían que ser conocidas por el mundo anglosajón y de obras extranjeras con las que educaría en la excelencia al público portugués… En aras de la literatura, la herencia que hubiera debido durarle muchos años la dilapidó en pocos meses.

Pessoa recorría Lisboa arriba y abajo

En adelante vivió a salto de mata, trabajando como traductor de cartas comerciales en varias firmas de importación y exportación, en las que era muy apreciado como excelente profesional y cuyos patronos se sentían complacidos con su trabajo impecable y con tener como asalariado a un poeta minoritario pero claramente distinguido.

Durante su vida adulta Pessoa recorría Lisboa arriba y abajo, de una oficina a otra, haciendo breves paradas en las tabernas, pues desarrolló una severa dependencia alcohólica, que no se manifestaba en comportamientos inapropiados pero que lo llevaría prematuramente a la tumba. Y, entre tarea y tarea, largas horas en las cafeterías donde sostenía tertulias con otros escritores y periodistas con los que se conjuraba en grandes e influyentes proyectos literarios.

                                                       Fernando Pessoa a la edad de 26 años  Photo by Apic/Getty Images


Como declara “Álvaro de Campos” al principio de uno de sus mejores poemas, Tabaquería (o “Estanco”), “No soy nada./ Nunca seré nada./ No puedo querer ser nada./ Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo”: así Pessoa. En esta declaración, y en el maravilloso borbotón de versos sobre realidad física y mente, sobre vida y pensamiento que le sigue, se resume su estancia en el mundo. Desde la insignificancia al todo.

No conoció el amor, salvo unos coqueteos platónicos. No tuvo amigos a los que abriera su intimidad. Durante los últimos quince años durmió en casa de su hermana, que compartía con ella, con su benevolente cuñado y con sus sobrinos fascinados por la excentricidad de su tío, en una alcoba sin ventanas, hedionda a tabaco y a emanaciones de coñac. Zenith rescata testimonios de ancianos parientes y amigos que le conocieron: caminaba por Lisboa como si flotara, como un ser etéreo que acaso desaparecería a la vuelta de la esquina.

No era un don nadie en Lisboa: el estamento culto de la ciudad admiraba su talento y su inteligencia

No era un don nadie en Lisboa: el estamento culto de la ciudad admiraba su talento y su inteligencia, y en vida publicó muchos poemas y artículos en revistas y diarios, en panfletos y folletos, y él y sus heterónimos levantaron no pocas polémicas. Pero, en cuanto a libros, sólo un par de auteditadas plaquettes de poemas en inglés, que enviaba a los periódicos y editoriales de Londres para intentar que le hicieran caso en el mundo anglosajón (vano empeño), y, al final ya de su vida, el delgado pero extraordinario Mensaje, y porque le forzaron a terminarlo de una maldita vez. Cuando le incitaban a publicar más libros respondía con olímpica indiferencia que ya a su muerte encontrarían en su baúl bastante material para llenar estanterías enteras.


Y ya sabemos que no se equivocaba. A esas estanterías con los versos, los relatos, los ensayos, la correspondencia de Pessoa se incorpora ahora la exhaustiva biografía de Zenith.


Cronología

El genio de Lisboa

Fernando Pessoa nace en 1888 en Lisboa. Cuando tiene cinco años fallece su padre, funcionario y crítico musical, de tuberculosis. Al cabo de un año fallece también su hermano Jorge, de pocos meses de edad.

Poco después, su madre conoce y se casa con un oficial de Marina, que es nombrado cónsul en Durban. La familia se traslada a África del Sur, donde Fernando crece como un niño muy creativo y superdotado en los estudios, pero también muy retraído.

Vuelve a Lisboa para cursar estudios universitarios, que abandona al primer año.

Pierde una modesta herencia en una imprenta y editorial que quiebran de inmediato, y se emplea como redactor y traductor de correspondencia comercial en diversas oficinas del centro de Lisboa, ciudad de la que ya no saldrá nunca.

Sus poemas y artículos sobre política y cultura en la prensa lisboeta le proporcionan reputación de escritor con talento, independiente e imprevisible.

En 1915 publica con otros jóvenes escritores la revista Orpheu. Recibida como una excentricidad escandalosa, es considerada el crisol de la modernidad literaria portuguesa.

Publica en la prensa y en autoediciones sus poemas bajo la firma y personalidad de sus “heterónimos” Álvaro de Campos, Aberto Caeiro, Ricardo Reis y otros heterónimos.

Reiterados y fallidos proyectos de negocios, empresas e inventos para facilitar la comunicación comercial, así como para publicar en Londres su poesía escrita en inglés.

Célibe de por vida, salvo un breve noviazgo con una secretaria.

Erudito en ocultismo y en sociedades secretas, autor de cientos de cartas astrales y horóscopos, consulta asiduamente con espíritus benévolos, que le reprochan su virginidad y le anuncian el encuentro con mujeres con las que se casará… encuentros que nunca se substancian.

Liberal y republicano, se opone a la participación de Portugal en la Primera Guerra Mundial, al fascismo de Mussolini y el nazismo de Hitler. Respalda la dictadura en Portugal como solución transitoria al caos de la República. Al eternizarse aquella, se opone a Salazar con artículos y poemas satíricos, de difusión impedida por la censura.

En 1935 fallece prematuramente, a consecuencia de su alcoholismo, uno de los mejores poetas del siglo XX. Está enterrado en el monasterio de los Jerónimos.


                                                ***

II)

Arte abstracto y cerebro humano

No, un mono no podría haber pintado ese cuadro: lo que revela el arte abstracto sobre la mente humana


Juan Olvido Perea García y Larissa M Straffon


//theconversation.com/no-un-mono-no-podria-haber-pintado-ese-cuadro-lo-que-revela-el-arte-abstracto-sobre-la-mente-humana-270032?utm_medium=email&utm_campaign=Suplemento%20cultural%2016%20enero%202026%20en%20The%20Conversation%20-%203643837214&


Publicado en The Conversation



Quien haya visitado una galería de arte abstracto habrá oído alguna vez el comentario de “esto lo hace mi perro”. La idea parece convincente: si una obra no representa nada reconocible, cualquiera podría producirla. Sin embargo, la investigación muestra que esa intuición es falsa. Cuando observamos con atención, somos capaces de distinguir si una obra abstracta fue creada por un ser humano o por un animal, incluso sin saber explicar cómo lo hacemos.

Esto plantea una pregunta interesante: ¿qué señales visuales nos permiten detectar intención en un conjunto de trazos, manchas o líneas? Y, sobre todo, ¿hay algo en la manera humana de dejar marcas que nos resulte reconocible incluso cuando el autor no es un artista profesional?

Sabemos qué pintó un ser humano

Nuestro reciente estudio aporta nuevas respuestas. Recogimos diez pinturas abstractas creadas por personas sin entrenamiento formal en artes plásticas y diez elaboradas por chimpancés, sacados de la colección Schretlen (cedida por el museo de historia natural NATURALIS, en Leiden, Países Bajos). Todas ellas se mostraron a voluntarios en una prueba en la que debían decidir si cada imagen procedía de una persona o de un chimpancé.



Las imágenes se presentaron en dos versiones: tal cual fueron creadas y también en una versión modificada digitalmente, en la que se igualaron color y textura. Así se eliminaban pistas superficiales para comprobar si la diferencia estaba realmente en la estructura de la composición. En ambos casos, los participantes acertaron por encima del azar: incluso tras manipular las imágenes, seguían distinguiendo autorías humanas de autorías animales.

Este resultado sugiere que existe algún tipo de “firma humana” reconocible incluso en obras no profesionales. Pero ¿qué aspectos concretos de una imagen evocan esa sensación de intención?

Buscando patrones


Para explorarlo, hicimos otro estudio. Un nuevo grupo de participantes evaluó las mismas veinte obras según varios criterios: intencionalidad, equilibrio, complejidad y organización. Además, debían indicar cuánto les gustaba cada pieza.

Las obras humanas recibieron puntuaciones más altas en todos los aspectos salvo en complejidad. Es decir, no eran necesariamente más recargadas, pero sí parecían más equilibradas y organizadas, y transmitían una mayor sensación de propósito. Cuando los autores analizaron cómo contribuían estas tres características (equilibrio, organización y complejidad) a las valoraciones de intencionalidad y preferencia, encontraron conexiones claras en todos los casos.

En otras palabras, cuando una composición reparte sus elementos de forma coherente y presenta un cierto orden interno, tendemos a interpretarla como producto deliberado de una mente humana. Esas claves, que percibimos de manera casi automática, parecen guiar nuestras decisiones incluso sin que podamos verbalizarlas.

¿Por qué presentamos esta tendencia? Como especie, no podemos evitar ver patrones. Nuestra visión parece estar especialmente afinada para detectar variaciones sutiles en distribución y organización. Esto hace que busquemos señales de intención en prácticamente cualquier disposición que nos rodea. Los lectores más veteranos recordarán el entusiasmo por lo que parecía ser una cara en la superficie de Marte. ¿Acaso no nos ha recordado alguna vez un enchufe a una cara humana?

A lo largo de la evolución, reconocer cuándo un patrón había sido producido por otro ser humano probablemente supuso una ventaja. Identificar rastros, señales o símbolos creados por nuestros semejantes habría facilitado la cooperación y la comunicación a través del espacio y el tiempo. Que funcionemos así incluso en un museo no es más que un eco moderno de una habilidad ancestral.

Dónde está la intención

Otro punto interesante del estudio es la relación entre intencionalidad y preferencia. Las obras que parecían más deliberadas también tendían a gustar más, lo que sugiere que quizá estemos predispuestos a prestar atención y a valorar positivamente los patrones que creemos generados por otros humanos.




A mediados del siglo pasado era bastante común experimentar con simios cautivos dejándoles pintar con óleos


En conjunto, estos resultados permiten desmontar una idea común: el arte abstracto no es un conjunto de manchas aleatorias, ni mucho menos algo indistinguible de los trazos de un animal. Aunque a primera vista pueda parecer caótico, contiene rasgos de equilibrio, estructura y organización que nuestro cerebro interpreta como señales de una mente detrás del gesto.

Esto tampoco significa que cualquier persona pueda replicar la obra de un gran artista. Los experimentos solo comparan obras de estudiantes con los dibujos espontáneos de chimpancés. Pero sí muestran que, incluso en niveles muy básicos de producción artística, hay un sello humano reconocible: un modo particular de distribuir las formas que transmite intención.

El hallazgo también ayuda a entender por qué seguimos debatiendo qué es arte y qué no lo es. Parte de ese debate surge porque tratamos de identificar intención en las imágenes. Cuando la percibimos, asignamos significado, valor o emoción. Cuando no la vemos, la atribuimos a un niño o un animal. Sin embargo, incluso sin darnos cuenta, nuestro cerebro detecta patrones formales propios de la acción humana.

En resumen, nuestro estudio muestra por primera vez de manera explícita que ciertos rasgos formales como el equilibrio, la complejidad u organización interactúan para generar la impresión de intencionalidad en una obra. Y esa impresión nos permite identificar correctamente qué piezas han sido creadas por personas, incluso cuando no son artistas y aunque la obra sea abstracta.

La próxima vez que alguien diga “esto lo pinta mi perro”, quizá valga la pena recordar que incluso los garabatos menos deliberados llevan la huella de una mano humana.

Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares