El despertar del sueño europeo. P. Luque// Resistencia. A. Rizzi
Comparto con vosotros este artículo realista, interesante y bastante pesimista, dado que no expone con claridad qué hacer ante la situación actual. Pienso que no solo debemos analizar y lamentarnos en estos momentos, sino elaborar un ¡¡qué hacer!!. A pesar de este matiz creo que es importante su lectura.
Por eso al final de este artículo comparto otro de Andrea Rizzi y de Garrocho, que exponen unas ideas para el camino difícil a seguir. Son tres artículos en total sobre este tema.
I)
El despertar del noble sueño europeo
- PAU LUQUE
- Es investigador de Filosofía del Derecho en la Universidad Nacional Autónoma de México. Su último libro es Ñu. Un problema para cada solución (Anagrama).
https://lectura.kioskoymas.com/article/281715506002515
El filósofo H. L. A. Hart creía que la idea de gobernar la sociedad a través de reglas era un noble sueño. Frente el arbitrario y caprichoso gobierno de los hombres, las virtudes igualitarias del gobierno de las reglas. En algunos Estados-nación, el sueño se aproximó a la realidad. Pero en materia de relaciones internacionales, nunca ha dejado de ser, básicamente, eso: un noble sueño. Lo inquietante es que hasta el 3 de enero de 2026 una parte de los liberales y progresistas occidentales, singularmente los europeos, soñaban despiertos. El 5 de enero, el ministro de Exteriores de España, José Manuel Albares, decía en la Cadena SER que la prosperidad y la paz de los últimos sesenta años en Europa se debía a que el orden internacional era un orden basado en reglas. Pero es probable que las condiciones favorables de Europa se expliquen mejor por haber estado durante medio siglo del lado “bueno” de los intereses de Estados Unidos que porque el mundo esté en la práctica organizado mediante un sistema de reglas.
El manto protector de Estados Unidos aisló y ensimismó a los europeos hasta tal punto que creyeron que la razón, la Ilustración y el cosmopolitismo kantiano habían triunfado tras la fundación de la ONU. Pero mientras Europa creía estar viviendo un noble sueño, el resto del mundo (o casi) vivía la pesadilla de los hechos consumados: Vietnam, Panamá, Guatemala, Libia, Venezuela, Irak, Irán, República Dominicana, Laos y Camboya, Honduras o Yemen, entre otros países, fueron agredidos por Estados Unidos en clara violación de las reglas. Por no hablar de aquellos lugares donde Estados Unidos las vulneraba de manera vicaria: Chile, Palestina o Nicaragua, por nombrar solo los ejemplos más sonoros a oídos del lector español.
Se podría incautamente aducir que se trataba de excepciones. Pero si ya es dudoso que pueda decirse con sentido que las reglas tienen excepciones (¿qué excepciones tienen las reglas de la aritmética?), es definitivamente anómalo decir que un comportamiento que se repite durante el tiempo, tanto bajo administraciones republicanas como bajo administraciones demócratas, sea un comportamiento excepcional. A nivel internacional, Estados Unidos no ha ejercido un gobierno de las reglas, sino de los hombres.
La diferencia entre Trump y sus predecesores es la desvergüenza. Esto no es banal. Puede que los anteriores presidentes fueran unos hipócritas. Pero basta ver cómo la actitud de matón de Trump genera zozobra para darse cuenta de que la hipocresía tiene más valor del que creemos. Pero esto, no siendo trivial, no es lo importante.
Europa creía formar parte de un proyecto universalista junto a Estados Unidos, pero en realidad solo era el protegido de un proyecto localista con intereses globales. Solo cuando Europa ha pasado a formar parte del lado “malo” de los intereses de Estados Unidos los europeos han empezado a notar que tal vez estaban soñando. Lo que se quebró cuando Trump exigió más gasto en defensa a los países miembros de la OTAN y empezó a ser hostil hacia los europeos no fue el derecho internacional, sino el manto protector de Estados Unidos.
No son los liberales y progresistas europeos los únicos que soñaban esta noble fábula. Anne Applebaum (3 de enero, en conversación con David Frum) dijo que Estados Unidos debía regresar al derecho internacional. “Regresar” implica que se vuelve al lugar donde se estaba. Olvidémonos de la retórica universalista de la democracia y los derechos humanos por un momento. Olvidémonos también de las reglas del comercio internacional, cuya suerte ha sido menos mala que las del derecho público. ¿Cuándo ha respetado Estados Unidos, en la práctica, las reglas en el orden mundial? Solo cuando las reglas estaban alineadas con sus intereses. Pero esto no es seguir reglas. Como decía Kant, ser guiado por reglas no es solo actuar de conformidad con las reglas, sino estar motivado por estas. Estados Unidos ha actuado los últimos 60 años motivado por sus intereses nacionales y por los de sus aliados. Pero rara vez ha actuado movido por las reglas.
Los europeos ahora están desvelados. Se están despertando del noble sueño de diferentes maneras. En primer lugar, están los que querrían seguir soñando: como Albares —y como Applebaum—, siguen predicando que hay que volver al orden internacional regido por reglas. Están sonámbulos y tienen un micrófono en la mano. En segundo lugar, están quienes creen que este es un mundo nuevo no porque hayamos dejado atrás el noble sueño sino porque Estados Unidos ha dejado atrás a los europeos. Hay que competir en este nuevo mundo. Borrell o Habermas, entre otros, creen que necesitamos autonomía militar. Hay que tener un ejército europeo o al menos hay que subir el gasto en Defensa de cada país miembro de la Unión Europea. Como decía Ivan Krastev, Europa no puede ser un vegetariano en una cena de caníbales.
Además de la inquietante lógica belicista de esta salida, el problema —como señalaba el propio Krastev— es que existe la posibilidad real de que la ultraderecha llegue en un futuro no muy lejano al poder en Alemania, Francia o España y, cuando lo haga, se encuentre con ejércitos bastante más poderosos de lo que son ahora. Esto provoca escalofríos históricos. Puede hacer resurgir las sospechas entre socios europeos, desconfianza que, durante el siglo XX, terminó en conflictos colosales. Y además puede significar tener a engrosados ejércitos europeos alineados, o al menos no hostiles, con los intereses de Putin.
Pero hay otro despertar posible del noble sueño. Es el más difícil. Implica reconocer que se estuvo soñando durante 60 años en unas condiciones de las que solo se gozaba, esencialmente, en Europa y en Estados Unidos. Implica también admitir que lo que indujo el noble sueño no es necesariamente lo mismo que aquello que lo puede materializar: puede que la idea de un orden internacional basado en reglas sea fruto de la razón (no lo sé y no creo que esto sea importante), pero el derecho no se pone en práctica mediante la razón, sino mediante la coerción. Suena incómodo, ¿verdad? Pero si uno cree que las reglas son la manera de organizar la sociedad entonces tiene que aceptar la coerción como parte del entramado del que forma parte esa idea. Como Europa había externalizado o subcontratado a Estados Unidos (o a la OTAN, como ustedes prefieran) casi toda la capacidad coercitiva, creyó que un orden internacional basado en reglas se podía instaurar solo mediante el uso de la razón. Pero esto no es ya sueño. Es fantasía.
Sospecho que la actual batalla está perdida. La manera de ver el mundo de Trump, Putin y Xi Jinping es la vencedora por el momento. Ha vencido la ley del más fuerte, que es tanto como decir que no hay ley. Pero hay que insistir en el noble sueño. Para que deje de serlo. Y hay que ser conscientes de que se trata de un camino muy largo. Se podría empezar dotando de más recursos a la Corte Penal Internacional y a la Corte Interamericana de Derechos Humanos, entre otras instituciones, para que aumente su capacidad de hacer cumplir las leyes y sus sentencias.
No necesitamos reivindicar el derecho internacional. Necesitamos aplicar el derecho internacional. Y esto es imposible sin la coerción. La fuerza sin reglas es barbarie e imperialismo. Las reglas sin coerción son ilusiones ilustradas.
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II)
La hora de la resistencia
Andrea Rizzi
Publicado en El País. 17/01/26
Ha llegado la hora de la resistencia antifascista. Resistencia, porque ya no es el tiempo de la autonomía estratégica, de la reducción de los riesgos de dependencia, ni siquiera de la independencia. Es el tiempo de diseñar estrategias europeas de defensa y combate político y militar. Antifascista, porque el asalto que sufre Europa desde Oriente y Occidente tiene de manera cada vez más evidente los rasgos de esa nebulosa ideológica que cuajó en Italia hace un siglo. Ninguna duda cabe desde hace lustros acerca de la naturaleza fascista del régimen putinista: autoritario, violento, machista, tradicionalista. Cada vez menos dudas caben, desgraciadamente, sobre los instintos fascistoides del movimiento instalado en el poder en el que fue el gran aliado de Europa en las últimas ocho décadas: EE UU. Ante todo esto, hay que diseñar planes no solo para ser independientes: hay que ser temidos. Así de triste es este mundo. Hay que pensar en cómo ser fuertes lo suficiente para disuadir, en cómo perfilar las herramientas necesarias para que nos dejen en paz.
Últimamente, la UE está dando pasos significativos. La firma del acuerdo con Mercosur es una excelente noticia, y es probable que pronto se cierre otro con la India, actor con el cual conviene profundizar relaciones porque, como nosotros, no quiere y no puede estar alineado con Trump, Putin o Xi. La aprobación de la emisión de deuda común para apoyar a Ucrania fue una decisión no óptima, pero notable. Y el envío de tropas a Groenlandia es un reflejo acertado. Deberían enviarse más, no porque vayan a poder detener nada en el plano militar, sino por el mensaje político que encarnan. España debería sumarse.
Pero además de eso hay que empezar a pensar bien en todos los elementos de resistencia —de disuasión y represalia dura— ante las agresiones, los abusos, los chantajes. Pensarlo bien y, sin provocar, hacerlo ver bien. No es fácil. Podemos infligir represalias dolorosas para EE UU, pero todas acarrean peligrosas consecuencias —golpeo a los gigantes tech, expulsión de tropas estadounidenses en Europa, fin de la compra de armamento estadounidense—. Es hora de trabajar en ese pensamiento, afinarlo, cristalizarlo, usarlo como elemento disuasorio. Contemporizar con el matonismo rara vez es una buena idea. Siempre crece alimentándose de los titubeos.
Y esto apunta a lo más importante. Pensar en planes y herramientas es fundamental. Pero más esencial todavía es cambiar nuestro marco mental. Los europeos debemos superar nuestros miedos. Resistir la embestida requiere la disposición a luchar. Afrontar, con nuestros valores, en el combate. Combat se llamaba, no por un casual, el periódico de la resistencia francesa en el cual firmaban Camus, Sartre o Aron. Es interesante notar que se trataba de figuras con distintas inclinaciones políticas. Porque la resistencia, como apunta también la historia italiana, requiere, además de no tener miedo, unión. Todos quienes no nos reconocemos en el modelo del asaltante estamos convocados a esa resistencia, aparcando diferencias de partidismo menudo ante el desafío existencial. Todo esto no es belicismo, sino disposición a defender un modelo compartido en sus valores esenciales por distintas corrientes políticas y que se halla bajo ataque. Ha llegado la hora de la resistencia antifascista.
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III)
El precio de ser europeos
- DIEGO S. GARROCHO
https://lectura.kioskoymas.com/article/281651081507029
Hacer lo correcto no siempre sale rentable. Al contrario de lo que repiten algunos gurús corporativos con micrófono de diadema, cumplir con lo debido suele tener un precio. A veces económico, a veces político, casi siempre moral. La ética, conviene recordarlo, no es una estrategia de optimización, sino una forma de exposición al riesgo.
Aristóteles inauguró nuestra tradición moral subrayando la utilidad de la virtud en la construcción de la vida buena. Para el discípulo de Platón, el compromiso con la excelencia era el único camino para amortiguar las desventuras de la existencia y poder aspirar a algo parecido a la felicidad. Siglos después, Kant alumbró un paradigma casi antagónico: el del deber desnudo, que no promete recompensa alguna y, en demasiadas ocasiones, exige sacrificar cualquier otro interés. Es probable que ambos tuvieran razón y que, como suele ocurrir en ética, la verdad no resida en la fórmula sino en la circunstancia.
En un contexto ordenado y bien arbitrado, la virtud puede llegar a ser retribuida. Así ocurre en los entornos políticos prósperos, donde puedan darse, como recordara Paul Ricoeur, vidas buenas en instituciones justas. Pero cuando los equilibrios se quiebran y la corrupción moral prospera, cumplir con lo debido entraña riesgos que rozan lo heroico. Cuando no directamente lo sacrificial.
El mundo se encamina hacia una fase de inestabilidad crítica y ni el más optimista podría sostener que atravesamos una coyuntura moralmente esperanzada. En este contexto, Europa encarna una excepción frágil, casi precaria, frente a actores más fuertes, más feroces y menos escrupulosos. Su verdadera potencia no es militar ni demográfica, sino simbólica: Europa custodia el orden del derecho, una cultura política exigente y unos fuegos sagrados —la dignidad humana, la libertad, la igualdad ante la ley— que han hecho posibles las mejores condiciones de vida conocidas por la historia. Ningún agorero honesto puede negar las conquistas morales y civilizatorias que representan nuestras democracias.
Pero esos valores no se conservan por inercia. Tampoco sobreviven al cinismo ni a la tibieza. Llegados a este punto, a Europa le va a tocar demostrar si su compromiso con ellos es algo más que un eslogan solemne en los tratados. Si está dispuesta a pagar el precio de hacer lo correcto cuando deja de ser rentable. Porque los valores solo cuentan de verdad cuando su defensa tiene un coste. Y el momento de comprobarlo, lamentablemente, parece que ha llegado.



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