Historias de la Ciencia. Entrega nº 16. F. Soriguer
HISTORIAS DE LA CIENCIA CON MORALEJA
Entrega nº 16
Federico Soriguer
Capítulos ya publicados
1. El precio de la ignorancia. Marcel Proust y compañía. (http://joaquinperal.blogspot.com/2025/01/historias-de-la-ciencia-con-moraleja-i.html)
2. La guerra de los huesos.
(http://joaquinperal.blogspot.com/2025/02/la-guerra-de-los-huesos-f-soriguer.html?m=1)
3. Koch, Ferrán y Cajal. Un cruce de historias (http://joaquinperal.blogspot.com/2025/02/koch-ferran-y-cajal-un-cruce-de.html)
4. Una factoría de genios
(http://joaquinperal.blogspot.com/2025/03/una-factoria-de-genios-f-soriguer_7.html%.)
5. Cajal, Río Hortega y los “Fake News .
(http://joaquinperal.blogspot.com/2025/03/cajal-rio-hortega-y-las-fake-newsv-f.html)
6. No es la raza, imbécil.
(https://joaquinperal.blogspot.com/2025/04/no-es-la-raza-imbecil-vi-f-soriguer.html)
7. Lombroso.
(https://joaquinperal.blogspot.com/2025/04/lombroso-vii-historias-de-la-ciencia.html)
8. Pero, ¿existe tal cosa como el método científico?
(https://joaquinperal.blogspot.com/2025/04/historias-de-la-ciencia-octava-entrega.html)
9. El caso Lysenko: Ciencia burguesa frente a ciencia proletaria
(https://joaquinperal.blogspot.com/2025/05/historias-de-la-ciencia-lysenko-9.html)
10. TUSKEGEE
https://joaquinperal.blogspot.com/2025/06/historias-de-la-ciencia10- entrega.html
11. (Primera parte) Piotr (Pedro) Kropotkin. Cuando la ciencia y la política son inseparables (PIMERA PARTE).
(http://joaquinperal.blogspot.com/2025/07/historias-de-la-ciencia-kropotkin-f.html)
12. (Segunda parte). Piotr (Pedro) Kropotkin. Cuando la ciencia y la política son inseparables.
(https://joaquinperal.blogspot.com/2025/08/historias-de-la-ciencia-11-entrega-2.html)
13. La expedición de Balmis. Un ejemplo de altruismo científico. (Primera parte)
http://joaquinperal.blogspot.com/2025/09/historia-de-la-ciencia-entrega-n-13-1.html
14. La expedición de Balmis. Un ejemplo de altruismo científico. (Segunda parte)
http://joaquinperal.blogspot.com/2025/09/historia-de-la-ciencia-entrega-n-13-2.html
15. Fidel Pagés. El descubrimiento de la epidural. Divinum opus sedare dolorem es. https://joaquinperal.blogspot.com/2025/10/el-descubrimiento-de-la-epidural.html
Entrega nº16
Creadores contra científicos. Por una tilde, ¡que no haría yo por una tilde!
Hice un buen bachillerato, aunque el de gramática no fue el mejor de mis profesores, pero las reglas que sé son las que allí aprendí. En aquella época, o al menos mi profesor no me las explicó así, a las tildes se las llamaba simplemente acentos. Hoy sabemos que el acento incluye a la tilde, pero la tilde no incluye todo el significado del acento. El acento (prosódico) es ese mayor énfasis que se pone sobre una sílaba al pronunciar una palabra. También es esa obsesión que tienen los políticos andaluces porque hablemos todos de una manera que ellos llaman con acento (andaluz). La tilde es el acento ortográfico con el mismo objetivo, aunque solo en determinados casos. Pero no se preocupen que no va este capítulo de gramática, sino de una guerra en el interior de la RAE sobre una tilde que me va a servir para hablar de las complejas relaciones entre ciencia y creatividad, pero en un campo el de la lengua y la lingüística, que muchos científicos no suelen considerarla dentro de su reserva de caza. La historia resumida, para el que no la conozca es esta:
Hace ya más de una década que la RAE hizo una revisión de la ortografía de la lengua española en la que se sugería que el adverbio sólo (p.e. sólo yo) podría dejar en todos los casos de puntuarse e igual con los pronombres demostrativos como éste (p.e. éste capítulo). La RAE es una vetusta institución que reúne a lo más granado de las letras españolas cuyos miembros son elegidos de por vida y por coaptación entre los propios académicos a medida que por fallecimiento van quedando alguno de los sillones vacíos. Ocupar un sillón en la Academia es subir al cielo o como en la de Francia, garantizar la inmortalidad. Todo el mundo está de acuerdo en que la lengua la hacen y la deshacen los hablantes, pero la RAE tienen como función la de “velar por que los cambios que experimente la lengua española en su constante adaptación a las necesidades de sus habitantes de manera que no se quiebre la esencial unidad que la lengua mantiene en todo el ámbito hispánico”.
Naturalmente la RAE no tiene una policía lingüística ni la necesita pues, por ejemplo, si un alumno en un examen comete un desliz ortográfico será sancionado por el profesor no por su personal criterio sino por el criterio impuesto por la autoridad de la RAE. Y la cuestión es que en lo relacionado con la retirada de la tilde de sólo y de éste la Academia está dividida. Un grupo numeroso, aunque no mayoritario de académicos, entre los que se encuentran Luis Mateo Diez, Javier Marías (q.e.p.d), Pérez-Reverte. Luis Goytisolo o Francisco Rico (q.e.p.d) se declararon insumisos negándose a comulgar con la nueva norma[1]. “Fue innecesario, la tilde es contundente, lo de antes estaba mejor que lo de ahora, seguiremos insistiendo, sería el colmo que todos asumiéramos esa norma, es bueno que no estemos de acuerdo. “, ha declarado Luis Mateo Díez, académico de la letra I. “No me preocupa. Yo la mantengo y no hay ninguna razón para cambiar. No soy muy académico, pero cada académico lleva su camino propio, incluso para enfrentarse a la RAE”, dijo Francisco Rico que se sentaba en la silla P. Los autores y proponentes de la nueva ortografía, como Salvador Gutiérrez, se defienden: “Espero que dejen el empecinamiento, porque no tienen argumentos técnicos con los que defenderse. Solo son criterios sentimentales y una ortografía no se hace así. Sería un gravísimo error que la RAE operase al margen de la ciencia”. Pero Javier Marías, cogía el rebote y machaca: “Yo mantengo la tilde en “guión” y en ‘sólo', entre otras. No voy a hacer caso de lo que diga un filólogo, con todos mis respetos. Para mí son medidas absurdas que han generado mucha confusión. Los creadores no pretendemos tener la última palabra, pero solo faltaría que nosotros no pudiéramos escribir lo que nos diera la gana. Y en la RAE cada cual atiende a las reglas con las que está de acuerdo. La Nueva Ortografía no me parece acertada, así que no seré dócil ni asumiré lo que mandan ellos. Confío en que un día eso se rectifique por el bien de la lengua española”.
Pues más claro el agua y el que quiera saber más sobre esta guerra, que pinche en Internet con cualquiera de las palabras claves oportunas y podrá escoger a su gusto. Porque lo que a mi hoy aquí me interesa dentro de este libro que se titula “Historias de la ciencia con moraleja”, es, precisamente, esta guerra entre los científicos, aquí representados por los filólogos y los creadores representados por Marías y compañía. Y me interesa muy especialmente porque se produce en un mundo muy alejado de ese otro de las ciencias de la naturaleza que ocupan el imaginario de lo científico en casi su totalidad. Porque lo que parecen decir los creadores es que su trabajo es incompatible con el método, con cualquier método que no sea el suyo propio y con cualquier intromisión que restrinja su sacrosanta libertad creadora, aunque sea ésta (esta) tan nimia como una tilde. Que una cosa, en fin, es trabajar, - los científicos- y otra discurrir, pensar, crear, - los creadores, claro. La historia no es nueva. Hace muchos años cuando aún “trabajaba” (sic), creamos (ojo al término) vinculado a mi viejo servicio del hospital, una fundación a la que llamamos Maimónides, con el objetivo de gestionar de una manera transparente los recursos que conseguíamos de fondos privados.
Con ese motivo me interesé por la biografía de Maimónides, cosa que debí hacer antes aunque sólo (solo) fuese porque era paisano, pues se había criado en Córdoba y su padre había nacido en Lucena, al lado de Cabra, donde nací yo. Maimónides fue médico, filósofo, teólogo. De buena familia (todas las familias lo son, pero ya me entienden), nunca trabajó y pudo dedicar su vida al pensamiento y a la reflexión. Expulsados de su Córdoba natal tuvieron que emigrar, primero a Marruecos, donde siguió viviendo a costa de su hermano y luego a Egipto, donde por el fallecimiento de su hermano se tuvo que poner a trabajar de médico. Su fama, ya con los cincuenta cumplidos, hizo que todo el mundo importante quisiera consultarle. Lo que recuerdo de aquella biografía es cómo, al final de su vida, se quejaba amargamente de que tanto trabajo le impedía pensar. Creo que a todos los que con el paso de los años hemos ocupado crecientes cargos de responsabilidad nos ha pasado, salvando las distancias, algo parecido, pero sobre todo el ejemplo de Maimónides muestra como la creatividad y la acción práctica a veces no casan bien. Y no lo hacen porque mientras que los grados de libertad de cualquier actividad, por ejemplo, la actividad científica, son siempre limitados (restringidos, diría un estadístico), los de la creatividad son irrestrictos.
Todo se puede pensar, aunque no todo lo que se puede pensar se pueda hacer (algo que está por ver pues es un aliciente para los creadores, precisamente, saltarse estos límites, ya sean físicos o ya sean éticos o morales). En el caso que nos ocupa, la actitud insumisa de los a sí mismo llamados creadores tiene un tufo desdeñoso hacia los científicos de la RAE representados por los lingüistas e irrespetuoso para la propia institución. Hasta donde sé, la RAE está organizada en torno a dos órganos que se reúnen de manera semanal: el Pleno (formado por todos los académicos) y las Comisiones de trabajo (en número variable). Cada propuesta por parte de los académicos o de las Comisiones, es revisada de manera individual. En los casos en los que existan discrepancias a la hora de aplicar determinados cambios, se dictamina la solución de acuerdo a un sistema de votación. Es decir, la docena de insumisos ante la anulación de las tildes (los creadores) de un total de 43 académicos han participado en las votaciones y han perdido. Por otro lado, de entre los restantes no todos son “científicos” o técnicos. Hay creadores como Muñoz Molina que han acatado las normas. No ha sido el único. Acatar las normas perteneciendo a la institución parece de lo más razonable. Mientras seas académico, que por cierto es un honor al que se puede renunciar (supongo), lo lógico es acatar las normas. Fuera, claro está, puedes hacer de tu capa un sayo.
Es lo que han hecho escritores como García Márquez o Saramago, por poner ejemplos de dos grandes autores y además premios Nobel que se han puesto las puntuaciones y tildes por montera en aras de su derecho a la originalidad y a la creatividad. El mal ejemplo de los académicos insumisos ha cundido inmediatamente entre esta generación de jóvenes que también creen que hacerlo como les dé la gana es un derecho y una muestra de su gran creatividad, aunque me parezca a mí que la creatividad y ni siquiera el estilo ni la originalidad, dependen de una tilde de más o de menos, sino de otra cosa. Aun así, los que no tuvimos el mejor profesor de gramática en el bachillerato pero que sí tuvimos a posteriori, un gran interés por escribir con cierta precisión, las recomendaciones de la RAE siempre han sido bienvenidas, aunque algunos casos, como este (éste) del solo (sólo) y del éste, que aprendimos a escribirlos con acento, sigamos haciéndolo la mayoría de las veces tal como lo aprendimos de niño, porque nos lo pide el cuerpo, porque no tenemos que examinarnos ya de gramática y porque hasta donde sé, las normas de la RAE son solo recomendaciones. Pero un académico no puede permitírselo, aunque no esté de acuerdo. Porque ¿cómo criticar que un conocido personaje de la tele-realidad española, un tal Kiko Rivera, se haya tatuado en el brazo una frase, que exhibe con orgullo por los platós televisivos, a la que le faltan cinco tildes o acentos? “A mí el señor Pérez-Reverte me acaba de solucionar los problemas ortográficos, de un plumazo”, creo que dijo en un “reality”, cuando alguien le trató de ignorante, por el asunto del tatuaje y de las tildes. Seguro que se imaginan el cómo lo dijo y las formas del debate, ¿no? Ya saben cómo son esos programas.
La literatura no es un arte plástica, pero tampoco esta tan lejos. En un denso y lucido libro, Feliz Ovejero[2] aborda un asunto peliagudo como el de la verdad y de la responsabilidad en el arte y lo contrapone con el mundo de la ciencia. Al comienzo de su libro cita a Ernst Gombrich, quien después de haberse pasado la mayor parte de su vida estudiando la historia del arte confesaba: “Los progresos de la ciencia son tan asombrosos que me siento un poco molesto, cuando veo a mis colegas de la Universidad, discutiendo de códigos genéticos, mientras los historiadores del arte discuten el hecho de que Marcel Duchamp enviara un orinal a una exposición. Piense usted en la diferencia de nivel intelectual…”. Gombrich, volvía su mirada a la ciencia con envidia y expresaba así su disgusto con el arte, pero también con los que perdían sus tardes a cuenta de orinales (dice Ovejero). Mientras que la actividad científica es capaz de establecer, si no la verdad sí, al menos, los hechos de manera contrastable (por otros científicos o por la realidad misma), las humanidades (el arte, la literatura, la poesía,…) carecerían de tal posibilidad.
Incluso buena parte del mundo del arte ha sido construido con la vocación de demoler cualquier principio de contrastabilidad. Ni la belleza, si es que la belleza es el objetivo último del arte, ni la ficción funcionan como la verdad científica. Porque la pregunta es: ¿existe algún criterio sobre el que podamos decir qué es una obra es arte, en un momento en el que todas las referencias y todos los cánones han saltado por los aires? Naturalmente Ovejero no llega a ninguna conclusión. Solo se atreve a sugerir que es en la correspondencia entre la vida y la obra del autor, lo que él llama la responsabilidad del autor, donde podremos atisbar la bondad de su obra. Por lo general se ha considerado hasta ahora que, como decía Oscar Wilde, “el valor de una idea no tiene nada que ver con la sinceridad del hombre que la expone”. Que, como decía Don Cesar de Echague y Acebedo el cínico personaje de J. Mallorquí, creador de “El Coyote” ..”si te dan un consejo no mires si el que te lo da lo sigue sino solo si el consejo es bueno.”
Sí, es posible que sea así, que no pueda ser de otra forma. Pero siempre nos quedará Camus: “Prefiero los hombres comprometidos a la literatura de compromiso…”[3]. Sí, los querría menos comprometidos en sus obras y un poco más en su vida cotidiana, concluye por su cuenta Félix Ovejero.
La inclusión de esta historia en este libro está justificada por la sorpresa del autor al ver como en el seno de una academia de la lengua se reproduce, aunque a la inversa el desdén que en otros escenarios tienen los científicos hacia las humanidades. En el siglo XIX se consolidan los dos mitos, por un lado, el de una ciencia mecanicista y determinista que tienen como empeño el comprender la totalidad de la naturaleza y por otro el de unas disciplinas humanísticas depositarias de una idea del hombre romántica, idealista, sublime, capaz de las mayores proezas en la cultura, el derecho, la política, el arte, la literatura o la poesía. Aunque cuestionados a lo largo del siglo XX ambos mitos han llegado hasta nuestros días sin que se haya producido entre ambos un verdadero armisticio, como bien supo ver Snow, en su ya clásica conferencia sobre las dos culturas, en la que resumía el desdén de la cultura científica sobre la humanística y denunciaba a un humanismo ensimismado incapaz de progresar.
De hecho, aún hoy, sobrevive la popular clasificación de ciencias duras y blandas, referidas las primeras a aquellas consideradas más científicas, por más rigurosas, exactas, más capaces de predecir, de utilizar métodos experimentales, cuantificables, basados en datos y en un método científico más o menos estándar con pretensión de conseguir la objetividad. Mientras que las blandas serían las que carecerían de todos estos atributos. Las ciencias naturales y las ciencias físicas se suelen incluir en el campo de las duras, mientras que las ciencias sociales o ciencias humanas se suelen incluir en el campo de las blandas. Sin embargo el desarrollo de conceptos dentro de las ciencias duras como relatividad, indecidibilidad, indeterminación, incertidumbre, incompletitud, emergencia, caos junto al refuerzo metodológico que se ha producido en muchas de las ciencias blandas, como la lingüística o la antropología, han ido acercando las fronteras entre las ciencias blandas y las duras. Pero hay una última barrera que parece infranqueable representada por el debate aquí escogido como “caso estudio”. Es posible que las llamadas humanidades o artes plásticas se sientan acorraladas ante el imparable progreso de las ciencias, pero hay algo que los artistas, los literatos, se tienen reservado en exclusiva: la creación.
Cuando Javier Marías se dirige a los científicos de la RAE representados por los lingüistas, lo hace en nombre de los creadores. Hace falta una gran autoestima para auto-llamarse creador, un término que, con mayúscula, EL CREADOR, estuvo desde siempre reservado para el momento fundacional del Génesis. Porque no hay creación sino ex nihilo. El resto puede llamarse originalidad, tal vez, aunque la originalidad absoluta es imposible pues, como alguien ha dicho, una cosa absolutamente original, nueva, no sería reconocible por nadie, pues la percepción de algo exige una referencia previa de ese algo, como ya se está encargando la ciencia de explicar con su teoría de la mente y muy especialmente con su teoría del cerebro bayesiano asunto del que ya hablaremos en otro capítulo.
En el debate entre académicos arriba reseñado, los técnicos, los científicos, los lingüistas, de la RAE, acusan a los creadores de sentimentales, aunque quizás deberían haberlo hecho de bipolares, disociados, psicóticos, por llamarse a sí mismo creadores y “los creadores” acusan a los científicos… ¿de qué acusan los creadores a los científicos?, pues nada más y nada menos que de liberticidas. No dudo de sus razones, pero esta airada respuesta de los “creadores” por un quítame allá una tilde parece surgir del subconsciente de quienes se encuentran aplastados por la apisonadora científica que en su empeño cuantificador y objetivista pone sobre las cuerdas a la fantasía demiúrgica de quienes en nombre de la libertad sin atributos han hecho de la creación su bandera y su signo de identidad.
Tal vez sea este uno de los motivos del anti cientificismo de algunos “creadores” que ven en peligro las bases de una creatividad que ellos poseían en exclusiva y que ahora la ciencia está llegando incluso a explicarla sin tener que recurrir a ningún tarro de las esencias cuyo contenido solo algunos escogidos conocen como si un regalo del cielo se tratara. Los científicos no han llegado a tanto, si acaso se conforman con adjudicarse descubrimientos, que es algo mucho más modesto que la creación. Un asunto apasionante este de las bases biológicas de la creatividad, de lo que podríamos llamar, en fin, un instinto del arte siguiendo el discurso de un libro de Dennis Dutton, precisamente así llamado[4], y cuya lectura tal vez conciliaría a estos malhumorados creadores, consigo mismo y con la ciencia. Una cuestión sobre la volveremos si es que la corriente que empuja a este librito nos vuelve a llevar a esta misma playa, pues el mundo es tan complicado, los retos que nos plantea son de tal naturaleza que parece imprescindible un armisticio entre las ciencias y las letras que nos permitan pensar juntos el futuro del mundo. Y aunque algunos vivan aun en el siglo XIX, cada vez hay más gente convocada alrededor de este empeño de conciliar las ciencias con las letras
Pero por ahora y por no hacer esto interminable dejaremos este asunto aquí aparcado.
[1]Peio H. Riaño. “Sólo” o “solo”: 10 años de insumisión en la RAE por una tilde. https://elpais.com/cultura/2020-07-29/diez-anos-de-insumision-en-la-rae-por-una-tilde.html?outputType=amp
[2] Félix Ovejero Lucas. El compromiso del creador. Ética de la estética. Galaxia , 2014.
[3] Albert. Camus . Note Books, 1942-1951, pp: 140-151 (citado en Ronald Aronson. Camus y Sastre. La historia de una amistad y la disputa que le puso fin. Universidad de Valencia/Universidad de Granada, 2006. https://books.google.es/books?id=PUJJ8bKvCBEC&pg=PA86&lpg=PA86&dq=Prefiero+los+hombres+comprometidos+albert+camus&source=bl&ots=tvUdx8Rqpy&sig=ACfU3U0zI7enTVmHUDJpPkyx22MzwGsAEQ&hl=es&sa=X&ved=2ahUKEwj0p5mUjdrhAhUMzhoKHbUtBiUQ6AEwB3oECAgQAQ#v=onepage&q=Prefiero%20los%20hombres%20comprometidos%20albert%20camus&f=false
[4] Denis Dutton. El instinto del arte. Belleza, placer y evolución humana. Planeta, 2014





Muy buena argumentación la tuya, pero pienso que el debate es inútil con quienes se autodenominan CREADORES abusando de soberbia.
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