El agente naranja. L. Guerriero// Imagen que define. J.J Millás


I)

El Agente Naranja

Leila Guerriero

https://lectura.kioskoymas.com/article/282187952401873


Tuve una pesadilla. Soñé que, dentro de algunos años, el Agente Naranja, presidente superpoderoso, belicista y violento de la nación más potente del planeta, decidía que el mandatario que gobernaba mi país en ese momento, un hombre por cierto oscuro, tiránico y corrupto, incordiaba sus planes, así que bombardeaba Buenos Aires, secuestraba al presidente y a su mujer acusándolos de manejar, ellos dos solitos, una red narco que envenenaba a los ciudadanos de su nación —nación responsable de que las drogas fueran el negocio más provechoso de las últimas décadas, puesto que allí se había declarado la guerra contra las sustancias en los años setenta, transformándolas en mercancía codiciadísima—, que los encarcelaba y proclamaba que, de ahora en más, en mi país mandaba él, el Agente Naranja, o, si no, alguno de sus Naranjitos, y que se iba a cobrar el favor de habernos liberado del tirano llevándose, a cambio, unos cuantos litros y/o toneladas de nuestros recursos: agua, petróleo, minerales. 

Soñé que nadie gritaba mucho ni se indignaba mucho ni se resistía mucho, y que entonces, ante la ausencia de indignación, gritería y resistencia, el Agente Naranja empezaba a hacer lo mismo con otros presidentes de otros países, que también le caían mal y le complicaban los planes, acusándolos de diversas cosas disparatadas.

 Soñé que armaba, en una cárcel de su patria, una colección de Presidentes Indeseables, los reemplazaba por muchos Naranjitos y creaba un mundo a su medida imponiendo el gusto personal y el capricho, permitiendo que gobernaran soberanamente solo aquellos mandatarios que pensaban como él, y que nunca nadie se indignaba ni gritaba ni se resistía, aunque algunos lanzaban comunicados invocando el respeto a leyes internacionales que, de todos modos, hacía rato que el Agente Naranja había borrado del mapa, y que era así como empezaba el fin de los tiempos, la Era de la Sumisión.

                                        ***

II)


Una imagen que los define


Juan José Millás



              Javier Milei recibe a José Antonio Kast en la Casa Rosada, el 16 de diciembre de 2025 en Buenos Aires.


Si la extinta reina de Inglaterra mostraba sus perritos a los invitados de honor, Milei presume de ese artefacto que no ladra, pero enseña los dientes. La motosierra como mascota del hogar. Milei y Kast la acarician con la actitud de quien posa junto a un caniche o a un sabueso de raza. La brutalidad, claro, no reside en la máquina, que carece de inteligencia y alma, sino en los dos bípedos, que deberían gozar de ambas. La motosierra convertida en emblema, en programa político, en pensamiento aspiracional. Pero la motosierra no corta con la precisión o el talento del bisturí. Arrasa porque no distingue entre la rama seca y la viva, entre lo superfluo y lo imprescindible. Que dos dirigentes políticos se representen a sí mismos mediante ese objeto revela una concepción del mundo en la que gobernar se parece a la tala. Han reducido, en fin, la complejidad económico-social a mero estorbo que impide el paso del mercado o de las ideas (lo de las ideas es un decir).

Resulta inquietante la satisfacción con la que se ­exhiben junto a ella. No hay pudor ni conflicto moral. Hay sed de sangre y huesos astillados, como si el dolor ajeno fuera una variable de carácter técnico. Como si la cultura, la educación o la sanidad fueran obstáculos a los que conviene aplicar un tratamiento de acero y fuerza bruta. El Estado convertido en serrín. El humanismo, en cambio, implica duda, cuidado, escucha, quizá también un poco de silencio: lo contrario de lo que simboliza el animal de compañía de Milei. No es, como se deduce de la sonrisa de los retratados, una foto provocadora, sino una foto triste.

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