Ofélia, el amor intermitente de Pessoa. W. Gallardo
LA GACETA Literaria
Ofélia, el amor intermitente de Pessoa
Por Walter Gallardo
(Publicado en La Gaceta. Tucumán. Argentina)
Fernando Pessoa dividía la vida en dos: “La verdadera es la que soñamos en la infancia. La que continuamos soñando de adultos en un sustrato de niebla; y la falsa es la que vivimos en convivencia con otros, que es la práctica, la útil, aquella en la que terminan metiéndonos en un cajón”. Sin embargo, sabemos de sus intentos de tener muchas más de dos mediante recursos imaginativos, propios de un hombre excéntrico y solitario como lo fue él desde su infancia: valiéndose de aquellos 72 heterónimos que utilizó en su obra, es decir, 72 escritores con biografía, rasgos definidos de personalidad y estilos literarios muy diferentes; o buscando en el esoterismo conectarse con el mundo de los muertos y en la astrología encontrar algún mensaje oculto del destino, o simplemente enviándose cartas a sí mismo desde niño para generar amistades ficticias, aquellas que no traicionaran los secretos compartidos.
Pero no eran las únicas maneras de multiplicarse. A las rutinarias mudanzas de personalidad, había que sumar las otras más literales, de una casa a otra, que alcanzaron unas veinte sólo en Lisboa. En todas ellas, junto a sus dos baúles, uno con libros y el otro con escritos inéditos, llevaba como huéspedes a sus escritores inventados, sobre todo a los que acudía con más frecuencia: Álvaro de Campos, Ricardo Reis, Bernardo Soares y Alberto Caeiro.
Y a pesar de estar habitado por tanta gente, de tener en su interior un coro de voces, “todos ellos” coincidirían en enamorarse de la misma persona. Se llamaba Ofélia Queiroz, era la menor de ocho hermanos y pertenecía a una conocida familia burguesa de la ciudad. De acuerdo con su propio testimonio, tenía 19 años cuando el poeta, a sus 31, la besó por primera
vez. Ocurriría en la oficina donde ella acababa de iniciarse como dactilógrafa y él llevaba ya algunos años trabajando como traductor de correspondencia comercial. Se trató de un ardiente arrebato, confesaría él a su vez, admitiendo que la timidez lo impulsaba a actuar con una avergonzada torpeza.
Desde entonces surgiría una historia juguetona, intermitente hasta la exasperación e innecesariamente clandestina. Tal vez el miedo al compromiso o a caer en la vulgar normalidad, hizo que Pessoa acabara resistiéndose con pesar a un sentimiento genuino: “Ella hacía gestos inocentes, se reía en el fondo de sus ojos/Pero serpientes invisibles/
la hacían pertenecer al mundo…/ Sí, eso habría podido ser…”, se lamentaba cuando ya parecía demasiado tarde.
La relación tuvo dos etapas separadas por casi una década y nunca se consumó del todo ni tampoco acabó definitivamente. La primera fue apasionada pero breve: apenas duraría unos pocos meses; la segunda, casi al final de la vida del autor, caótica y cargada de una nostalgia por lo que nunca podría ser. Gran parte del romance transcurriría por escrito, como si también formara parte de un universo literario. Lo testimonian las casi cincuenta cartas que él le escribió, en su mayoría publicadas en 1978 con un texto introductorio de la mismísima Ofélia; o las más de cien de ella, reunidas en otro libro que vio la luz en 1996, cinco años después de su muerte.
Así llegamos a saber que ni siquiera enamorado Pessoa renunciaría a su personalidad múltiple. Firma muchas de esas cartas como Álvaro de Campos, ingeniero naval, algo que enfadaba a Ofélia; sabía que su amante les daba entidad de personas reales a todos esos escritores apócrifos, por lo cual debía de concluir que no salía con uno sino con dos extraños individuos. En las primeras, Pessoa emplea un lenguaje sobreprotector y edulcorado (“Mi pequeño Bebé”, “Boquita dulce”, “Mi Bebé pequeño y travieso”), lleno de diminutivos (“mi Nininha”, “Ofelinha”), incluso cursi, algo que consideraba inherente a las pasiones: “Las cartas de amor, si hay amor, tienen que ser ridículas”, escribía él escudándose en su heterónimo, a quien llamaba con sinceridad “mi querido amigo”.
En la segunda etapa, todo cambiaría. Su ánimo se ensombrece y muestra la desazón de alguien apremiado ya por el tiempo y con la conciencia equivocada, según lo refrenda hoy la historia, de haber fracasado en sus ambiciones literarias: allí encontramos al mismo Álvaro de Campos, el más prolífico de sus heterónimos, en un desahogo íntimo con forma de poema titulado Tabaquería: “Seré siempre el que no nació para eso. Seré siempre sólo el que tenía algunas cualidades, seré siempre el que aguardó que le abrieran la puerta frente a un muro que no tenía puerta”. Y más adelante: “Viví, estudié, amé y hasta tuve fe/ Hoy no hay mendigo al que no envidie sólo por ser él y no yo”. Ofélia, por su lado, cuenta sobre esa etapa: “Fernando, especialmente cuando estaba bajo de ánimo, no lograba creer que yo lo amaba. En una carta me dice: ‘Si no puedes amarme, fíngelo, pero fíngelo tan bien que yo no me pueda dar cuenta’”. No obstante, no todo Pessoa era desdicha y añoranza en esos años, también se permitía una gran cuota de humor salpicado de ironía: en alguna ocasión, desde la taberna de Abel Pereira da Fonseca, allí donde solía pasar muchas tardes, le envía a Ofélia una foto en la que se lo ve bebiendo una copa de su aguardiente favorito, “Águila Real”. “En flagrante delitro”, dice la dedicatoria que lleva su nombre.
Sin resentimientos, el romance se agotaría por la indecisión e inestabilidad del escritor. En una carta del 29 de septiembre de 1929, le confiesa a Ofélia como en una resignada declaración de ruptura: “…mi vida gira en torno a mi obra literaria, buena o mala que sea, o pueda ser. Todo el resto en mi vida tiene un interés secundario… De casarme, sólo lo haría con usted.
Queda por saber si el matrimonio, el hogar (o como quieran llamarle) son cosas compatibles con mi vida interior. Lo dudo.”
Pessoa murió joven, a los 47 años, en 1935. Tres años después, Ofélia Queiroz se casaría con el dramaturgo Augusto Soares. Al parecer fue feliz, pero jamás negó ni olvidó el fuego de aquel amor juvenil. Quedaría viuda en 1955. Ajena a la curiosidad general, en especial de los estudiosos pessoanos y periodistas, su larga vida transcurrió con discreción. Murió a los 91, en la ciudad donde aún se recuerda el famoso romance con el poeta.
Sus restos descansan en un lugar no revelado de ese cementerio lisboeta con un nombre inigualable: Cementerio de los Placeres.



Siempre nos faltará Pessoa y los poetas como él. Nos hace falta como el aire.
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