Artículos Recomendados. L. Padura/ J. Ramos

El Futuro

  • LEONARDO PADURA 
  • Premio Princesa de Asturias de las Letras 2015.


https://lectura.kioskoymas.com/article/281951729216132


 


Hasta que un amigo uruguayo me lo mencionó, no conocía de la existencia de Juan José Castelli, el abogado rioplatense que desempeñó un papel clave en la Revolución de Mayo que condujo a la independencia de España de las hasta entonces llamadas provincias del Virreinato del Río de la Plata. Apodado como El Orador de Mayo, Castelli fue fundamental en la formación de la primera Junta de Gobierno que avanzaría hacia la emancipación de aquellos territorios. Sin embargo, su muerte temprana, en 1812, dos años después del levantamiento, no le permitió ver el futuro desarrollo de las jóvenes repúblicas por cuya independencia había luchado. Agredido por un cáncer de lengua —¿macabro castigo divino?—, se cuenta que antes de morir el antiguo orador y ferviente republicano se comunicaba escribiendo en una pizarra, y que una de sus últimas frases fue —espero que no sea una fake news—: “Si ves el futuro, dile que no venga”.

Definitivamente, Castelli era un visionario, casi un profeta. Porque el siglo XIX que corre luego de la independencia política del que ya sería su país, vivió una época en la que —como en casi todas las nuevas repúblicas latinoamericanas— se sucedieron los golpes de Estado, las dictaduras militares, la corrupción política y hasta las campañas de exterminio de poblaciones originarias bajo el principio de imponer la civilización a la barbarie. Un futuro turbulento que, dibujado en las convulsiones del presente, el orador enmudecido entrevió en el horizonte.


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Imaginar el futuro, incluso proyectarlo, entraña una necesidad humana y, por supuesto, una exigencia política que ha acompañado al devenir civilizado de la especie y se ha hecho presente en casi todas las sociedades. Soñar con un futuro mejor ha sido uno de los grandes anhelos humanos, aunque en esas ansias hayan tenido también un espacio significativo las distopías futuristas que diversos escritores y filósofos han elaborado como advertencias de hacia dónde pueden ir las sociedades del mañana alimentadas por las tribulaciones del presente.

Quizás nunca como en estos tiempos históricos que vivimos se haya podido especular con más argumentos sobre las cualidades del futuro. Sin embargo, lo que complica las expectativas que podamos albergar respecto al futuro es que el desarrollo de las sociedades, gracias a los meteóricos avances tecnológicos y científicos, han acelerado la velocidad de los procesos y ahora el porvenir muchas veces se concreta en un mismo día que será pretérito superado al siguiente. A esta condición habría que añadir las dramáticas complejidades del presente político. Cuando se predijo que no habría más guerras, las guerras imperialistas han vuelto como práctica recurrente, con genocidios incluidos, mientras la amenaza de otras conflagraciones se dibuja en este futuro que estamos viendo llegar. La invasión imperialista de la Rusia de Putin a Ucrania marcó el prólogo de una época que, a todas luces, va a tener en el lugar más destacado la firma del presidente estadounidense, Donald Trump.

Hace justo un año, en este mismo espacio, comentaba que el mundo comenzaba a vivir una época universal que podría ser bautizada como “la era Trump”. Y nadie podrá negar ahora que en los meses que lleva ejerciendo el poder el presidente estadounidense le ha dado su identidad al momento histórico en marcha y ha comenzado a darle carácter de futuro. La sucesión de sus radicales decisiones políticas tomadas con el propósito de “hacer grande América otra vez” y establecer el poderío económico, político, militar de su país ha sido un proceso tan vertiginoso, alimentado con declaraciones diarias y decenas de decretos, que nos permite colegir cómo serán de turbulentas sus acciones en los tres años que le quedan en el poder, sabiendo, además, que pueden ser los últimos de su mandato (digo pueden, no que tienen). La operación estadounidense en Venezuela ha conmocionado al mundo y provocado todas las reacciones posibles. Las declaraciones posteriores de que EE UU dirigirá a Venezuela, recuperará “su” petróleo (el de EE UU en tierras de Venezuela), administrará las ganancias obtenidas por la venta del combustible y solo permitirá que esos dineros se inviertan en la compra de productos estadounidenses, clarifica mucho el propósito económico de la acción militar. El asunto político de la recuperación de la democracia en el país suramericano pasó a un tercer o cuarto nivel de interés y, si acaso, se habla de evitar el caos, que podría ser engorroso, siempre pensando en términos económicos. Pero, justo mientras se desarrollaban estos actos violentos y se les daba fundamento, el presidente estadounidense y sus asesores volvían a lanzar amenazas de invadir, tomar, anexar el territorio danés de Groenlandia con la justificación de la seguridad nacional de su país.

Y, entre amenaza y amenaza, lanzaban advertencias por su comportamiento a Colombia y a México y, por supuesto, a Cuba —en la mirilla geopolítica estadounidense desde los tiempos de la proclamación de la doctrina Monroe y la política de esperar la caída de “la fruta madura”—, ya sometida a una política de máxima presión.


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La frase fatalista de que todo tiempo pasado fue mejor incluso puede parecernos justa. Personalmente suelo tener la sensación de que los de mi finca hemos vivido una última fase de cierta lógica de los comportamientos sociales, a pesar de que podemos exhibir las cicatrices de muchas de las heridas sufridas en nuestros tiempos. Por ello, como mismo podemos dudar de las bondades del pasado, podemos recelar de las manifestaciones de este candente futuro que va emergiendo ante nuestros ojos. Creo que pocos pueden dudar del peligro en que se encuentra hoy la democracia en todas sus manifestaciones. Si la expansión de las posibilidades de conocimiento, información, participación que propiciaron las nuevas tecnologías han ido derivando hacia el foro público de unas redes sociales en donde incluso los líderes de los países democráticos mienten impunemente, es porque todo forma parte del proceso de degradación política y social en curso en el cual, como nunca, la mentira se ha convertido en un activo político que circula con desvergonzada libertad. Vivimos tiempos de cinismo y desparpajo.


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Los cubanos, como es mi caso, hemos adquirido una perniciosa sospecha sobre la calidad del futuro. A mi generación se le prometió un porvenir luminoso que se alcanzaría tras innumerables sacrificios y aceptaciones. Se nos dijo incluso que “el socialismo es el futuro de la humanidad”. Pero ahora hemos visto pasar por nuestro lado un tiempo vital en el que tantos compatriotas están viendo cómo la vida se les consume en una oscuridad tan real que incluye apagones: un panorama que muy poco se parece a la venidera luminosidad prometida. Y, como nos hemos vuelto perspicaces, ya no esperamos mucho de lo que vendrá y mucha gente filosofa: “No te quejes de cómo estás esta semana; la que viene va a ser peor”.

Definitivamente, creo que hoy somos muchos los que podemos pensar como Juan José Castelli. El problema es que todo indica que, convocado por los más fuertes y poderosos, ese futuro ha llegado ya. Es este presente que no hubiéramos querido reclamar en donde, por unos pocos ejemplos, los organismos internacionales y los acuerdos y tratados sobre las relaciones de convivencia entre Estados, se han convertido en proclamas obsoletas a las cuales no se considera ni se respeta por unos y otros. En el que el modelo económico en ascenso es el perverso sistema chino, mezcla letal de capitalismo y comunismo. En el que la violencia y la mentira se levantan como prácticas políticas. En fin, que el futuro vino y la verdad es que no tiene buena pinta.



Los perseguidos

  • JORGE RAMOS Jorge Ramos, periodista mexicano afincado en Estados Unidos, presentó durante cuatro décadas el Noticiero Univisión. En 2025 fue galardonado con el premio Ortega y Gasset a la trayectoria profesional.


https://lectura.kioskoymas.com/el-pais/20260118/page/8



          Fotografía tomada por A. Gray en represión trumpista tras el asesinato de R.N. Good 




Las imágenes son de terror.

Una mujer es arrastrada sobre la nieve por un agente federal de Estados Unidos mientras uno de los testigos grita que está embarazada. Ocho agentes —los conté— rodean a un inmigrante y luego varios de ellos se tiran sobre él a pesar de que ya tiene las manos tras su espalda y la cabeza contra el piso. Un niño camina, sin rumbo fijo, y cuando le preguntan dónde está su mamá apenas puede decir que se la llevó la migra (así se le conoce a ICE, la policía migratoria de Estados Unidos). Un agente le pone la rodilla en el cuello a un hombre que ya no se mueve. Conductores son detenidos sin motivo alguno, solo por la manera en que se ven, y les rompen con un martillo la ventana del auto para sacarlos por la fuerza. Padres y madres son separados a jalones de sus hijos en los pasillos de un edificio gubernamental luego de acudir a una cita para regularizar su situación migratoria.


Eso le pasó a Dylan López Contreras, un estudiante venezolano que fue arrestado en mayo del 2025 luego de una cita migratoria de rutina. Hoy sigue encarcelado en Pennsylvania. Su madre Raisa me contó que no les “dieron ninguna explicación” tras su arresto. Mientras, Dylan se pregunta desde la prisión: “¿Por qué haciendo las cosas bien tiene que pasarnos esto a nosotros?”.

Adelys Ferro, directora del Venezuelan American Caucus, uno de los grupos defensores de los derechos de los inmigrantes en Estados Unidos, también tiene una pregunta: “¿Qué le hicimos a Trump?”. Muchos venezolanos, me dijo Adelys hace unos meses, se sienten “traicionados, desilusionados, decepcionados y aterrorizados”. “Yo creo que los venezolanos somos la punta del iceberg de una campaña antiinmigrante que está haciendo lo imposible por sacar del país a la mayor cantidad de latinos”, afirma.


Desde que Trump llegó a la presidencia, en enero del 2025, han deportado a 600.000 personas y casi dos millones más se han autodeportado. Esto significa que, por primera vez en al menos medio siglo, más inmigrantes han salido de Estados Unidos que los que han entrado, según confirmaron la institución Brookings y el centro Pew. Esto convertirá rápidamente a Trump en el “deportador en jefe”, un título extraoficial que por mucho tiempo tuvo el exmandatario Barack Obama, quien deportó a tres millones de indocumentados durante sus ocho años en la presidencia.


Y supongo que, en este caso, Trump llevará con orgullo ese título. Hace poco,

en un discurso, Trump se preguntó: “¿Por qué solo traemos gente de países de mierda (shithole countries, dijo en inglés)? ¿Por qué no podemos traer gente de Suecia y Noruega, solo algunos pocos? O de Dinamarca. Envíennos alguna gente buena. En cambio, siempre estamos trayendo gente de Somalia, o de lugares que son un desastre”.

En las familias donde uno o todos sus miembros son indocumentados suele haber un plan. Todos saben que tienen el derecho de no responder a las preguntas de los agentes si los detienen y no abrir la puerta a menos que les presenten una orden firmada por un juez. Aunque, en el caos de una detención, los agentes de ICE suelen hacer lo que quieran. Por eso, los adultos saben que, si los arrestan, la primera llamada debe ir a un familiar, no a un abogado (ya que no siempre están disponibles).


La rapidez con la que Trump está persiguiendo y deportando a inmigrantes, sobre todo latinoamericanos, no tiene precedente. Y lo nuevo es el fenómeno de la autodeportación. Muchos indocumentados —y hay cerca de 14 millones en Estados Unidos, según el centro Pew— han tomado la difícil decisión de regresar a sus países de origen en lugar de enfrentarse diariamente a la incertidumbre de ser detenidos y separados de sus familias.

Como Yocari Villagómez, de 23 años, nacida en México y quien llegó a California cuando tenía 11. “Yo tomé la decisión de autodeportarme porque asistí a mi entrevista de residencia (ya que está casada con un estadounidense) y fui detenida”, me dijo. Pasó tres meses en un centro de detención de migrantes y, como no encontró un proceso legal para quedarse, se autodeportó a Tijuana. “Llegar de vuelta a mi país, ya siendo una persona adulta, fue muy difícil porque no tenía un plan”.


Estados Unidos fue, por muchas décadas, el país de las segundas oportunidades. Ya no lo es. Hoy es el país de los perseguidos. El color de tu piel o tu acento al hablar inglés pueden culminar en una detención injustificada o peor, si no tienes los documentos para quedarte en el país.

Trece de cada 100 latinos que dieron su voto a Trump en las elecciones presidenciales del 2024 ya no lo harían, de acuerdo con una encuesta de la organización Unidos. Pero ya es demasiado tarde para arrepentirse. Cuando Trump hablaba en campaña de que quería perseguir y deportar a millones, en realidad estaba hablando de gente como ellos.

El 2026 viene mal. Trump está desatado y nadie, ni el Congreso o la Corte Suprema, se atreve a ponerle límites. Lo peor aún está por venir.

Posdata. Las entrevistas que aquí aparecen salieron originalmente en mi podcast Así Veo Las Cosas (YouTube).

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