Una factoría de genios. F. Soriguer




HISTORIAS DE LA CIENCIA CON MORALEJA 

Federico Soriguer



Capítulos ya publicados:


1.     El precio de la ignorancia. Marcel Proust y compañía. http://joaquinperal.blogspot.com/2025/01/historias-de-la-ciencia-con-moraleja-i.html

2.     La guerra de los huesos.  

http://joaquinperal.blogspot.com/2025/02/la-guerra-de-los-huesos-f-soriguer.html?m=1

3.     Koch, Ferrán y Cajal. Un cruce de historias 

http://joaquinperal.blogspot.com/2025/02/koch-ferran-y-cajal-un-cruce-de.html

 

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                         Una factoría de genios  

 La supervivencia personal y la supervivencia de la especie son las funciones prioritarias de cualquier ser vivo que se precie.  Darwin le puso música a esta regla de oro. La selección natural y la selección sexual son los instrumentos que ha utilizado la evolución para conseguir estos objetivos. Una evolución que como bien dejó dicho Monot en su seminal libro es el resultado del azar y la necesidad. 

Pero, ¿por qué dejarlo al azar?, debió de pensar el señor  Karl Grahan cuando decidió en 1979 crear un  banco de esperma de genios. Aunque resulte hoy increíble el banco de esperma estuvo operativo hasta 1999 año de la muerte del fundador. El señor Grahan no era un científico sino un próspero comerciante que había hecho una fortuna inventando unas gafas irrompibles. Creía que la raza humana se estaba volviendo cada vez más tonta, -una cuestión que no se puede descartar a priori. Grahan había llegado a la conclusión de que no se podía esperar ni un minuto más y que la manera de revertir esta peligrosa deriva era llenando el mundo con los descendientes genéticos de los ganadores de los premios Nobel, a los que se les suponía portadores de las mayores capacidades intelectuales.  Naturalmente seleccionar a las mujeres receptoras de tan preciado semen también era importante, así que decidió que serían mujeres blancas, heterosexuales, casadas y virtuosas (esto lo suponemos nosotros).  Incluso para aquella época y con estos talentos el señor Grahan puede ser considerado sin demasiados remordimientos no solo como un ferviente eugenetista sino también racista, supremacista y machista, utilizando la terminología de hoy.  Pero, además, con lo que se sabe hoy (y también ya entonces) Grahan era un ignorante. 

Su iniciativa, en realidad, había llegado demasiado tarde. Seguramente creyó estar aún en el periodo de entreguerras cuando la eugenesia gozaba en todo el mundo anglosajón de muy buena salud. Había sido un comerciante que promocionó su banco de esperma en la prensa como un gran proyecto para salvar a la humanidad. Pero tras la guerra los horrores del nazismo no habían sido completamente en balde. Además, los nuevos descubrimientos científicos sobre el concepto de raza, de gen, de la epigenética y de la importancia de la diversidad genética para la supervivencia de las especies, habían desplazado a la herencia y con ella a la eugenesia, del pedestal en la que estuvo colocada en la explicación científica de la naturaleza humana.

Cuando comenzaron las críticas en los medios Grahan ya había reclutado el semen de tres premios Nobel. De dos nunca se supo su nombre, pero sí del tercero   William Shockley, un supremacista blanco, nostálgico de las políticas eugenésicas de Hitler, que creía que los negros eran intelectualmente inferiores. Un ejemplo claro de la sobrevaloración del IQ y del reduccionismo con el que a lo largo del siglo XX se había estudiado la inteligencia humana. Hoy sabemos que no existe tal cosa como una inteligencia humana en abstracto sino una inteligencia “para qué”, y mucho menos que exista un gen o genes que aisladamente la expresen. Es decir, que se puede ser un genio en física de partículas y un perfecto imbécil en otros muchos aspectos de la vida.  En todo caso fueron los únicos premios Nobel que se prestaron a ceder su esperma, así que Grahan fue rebajando el listón, comenzando el reclutamiento del esperma de jóvenes científicos, más que listos bien parecidos, pues ya se sabe que la cara es el espejo del alma, y con vocación de ser “hombres del Renacimiento” lo que, además de no saber muy bien de qué se trata, solo puede ser valorado por otro hombre del Renacimiento, propiedad que no parecía acreditar el señor Grahan.  

Al final, como dice  en su libro el periodista David Plotz[1], que investigó a partir de 2001 esta historia, el banco   Graham aceptaba el semen de casi todos los voluntarios. “Olvídate de los premios Nobel; el banco de esperma Nobel estaba aceptando hombres que no le desearías a tu ex novia ", escribe con indudable ironía, Plotz. Lo sorprendente es que siempre hubo mujeres que, a pesar de ser público el fraude del banco de genios del señor Grahan, siguieron acudiendo a él para recibir los espermas.   La credulidad no es una virtud sino un defecto, que no sabemos si será heredable, lo que ponía más difícil aún el éxito de los resultados de su empresa.  

Las investigaciones de David Plotz demostraron que ni un solo bebé terminó heredando el ADN de los tres únicos premios Nobel incluidos en el banco que, de los 217 niños nacidos por inseminación del banco, una gran cantidad procedían de muy pocos donantes (uno solo de ellos, por ejemplo, había producido 30 niños) y que muchos de los donantes habían, incluso, engañado a Grahan. Un hombre había depositado su simiente en el banco alegando, falsamente, tener un coeficiente intelectual de 160, otro era el hijo de un ganador del Premio Nobel y otro, en fin, fue un medallista de oro olímpico, por poner tres ejemplos que nada tienen que ver con el proyecto original del iluminado negociante que quiso salvar el mundo, de la por él observada creciente decrepitud intelectual, mediante un banco de semen de genios.  

Grahan fue un visionario y pionero en la creación de bancos de semen a la carta. Ofertaba semen en función de su calidad, tal como en la tienda especializada se ofertan frigoríficos. Sus presupuestos eran despreciables, racistas, supremacistas y machistas, pero la idea, desprovista de estas connotaciones prendió (por ejemplo, los bancos de semen son una realidad aceptada y son ya numerosos los bancos de esperma que ofrecen semen bajo catálogo).   

El progreso científico en la manipulación genética, las posibilidades de selección de embriones, y de intervención biomolecular in vivo sobre la estructura del DNA, el diagnóstico prenatal, los abortos selectivos, etc. han abierto las puertas a una nueva eugenesia que, al contrario que aquella eugenesia selectiva del banco de genios de Grahan,  se presenta como una eugenesia positiva.  En todo caso estamos asistiendo en los últimos tiempos a una vuelta a un biologicismo radical que pone todo su empeño en el gen, olvidando los aspectos sociogénicos en la construcción de la naturaleza humana.  Pero la naturaleza necesita de la diversidad, del azar del caos, para poder expresar todas sus posibilidades. Es lo que habitualmente llamamos libertad. Libertad biológica para que al azar pueda construir el futuro de la especie y libertad social para que los humanos podamos autodeterminarnos. Poder conciliar ambas libertades con el empeño humano de gestionar el futuro es uno de los grandes retos que tienen que afrontar la investigación científica y tecnológica de los próximos tiempos. 

Es bien conocido como Darwin se ponía nervioso cuando veía a un pavo real. Esa cola extraordinaria no parecía muy útil para la selección por competencia. Le surgió así la idea complementaria de la selección sexual. En la mayoría de las especies sexuadas existe una llamada a reproducirse cuanto más mejor y, por parte de los machos (¿a las hembras les da lo mismo?)  a transmitir su linaje. También ha sido así en la especie humana y aunque polémica, la teoría del patriarcado explicaría buena parte de la historia reproductiva de los humanos hasta hace no demasiado. En los últimos tiempos el traer hijos a este mundo no es tan imperativo como lo fue a lo largo de la historia. En la mayoría de los países industrializados la fertilidad ni siquiera alcanza la tasa de reposición de la especie. 

Sin embargo, por alguna razón, quizás una llamada atávica desde lo más profundo del pasado evolutivo, hay hombres que siente una pulsión irresistible a dejar su legado genético a cuanta mayor descendencia. Es el caso, por ejemplo, del llamado semental de Rotterdam, el Dr.  Jan Karbaat, director de una clínica de fecundación asistida en  Barendrecht (Holanda) quien  inseminó a cientos y probablemente a miles de mujeres con su esperma. Karbaat tenía una alta estima de sí mismo y, por “el bien de la humanidad” y “como un regalo a las mujeres”, se convirtió en el principal donante de semen de su propia clínica en la que a lo largo del tiempo nacieron más de 6000 niños.  Karbaat murió en 2017, aunque al parecer en los últimos años, viejo y operado de próstata,  ya no pudo ejercer su tan altruista como agotadora  labor[2] (un motivo que al parecer adujo en su defensa durante el juicio al que fue sometido). 

No ha sido el único caso. Recientemente uno de los escándalos más famosos de los últimos tiempos ha sido el del multimillonario americano Jeffrey Epstein. Epstein  era inmensamente rico, tenía propiedades por todo el mundo, desde mansiones hasta una isla privada en el Caribe, un paradisíaco picadero ahora revelado como un pasaje del terror (el documental de Netflik sobre el personaje no ahorra detalles)[3] y por la que pasaron muchos de sus amigos. Pero era, sobre todo, un depredador sexual disfrazado de filántropo, acusado y recientemente condenado por abusar de niñas menores de edad.   Su caso no hubiera tenido nada de extraordinario de no haber sido por la enorme red de relaciones  personales y financieras con personalidades del mundo de la política, como Bill Clinton y Trump, de la sociedad como el principie Andrew de Inglaterra y de las ciencias, como Steven Pinker, Jaron Lanier, (pionero en el campo de la realidad virtual), Kip Stephen Thorne (reciente premio Nobel de física ), Eric S. Lander (genetista y matemático del MIT),  Stephen Jay Gould, Stephen Hawking, Murray Gell-Mann, Oliver Sacks o  Frank Wilczek,  entre otros, asistieron a reuniones organizadas por Jeffrey E. Epstein. Organizaba encuentros y cenas, llamadas” cenas multimillonarias” a las que acudieron científicos muy conocidos y laureados, como muchos de los citados, en busca de financiación. Al menos es lo que dijeron todos ellos en el juicio de Epstein, “que estaban más interesados en su dinero que en sus ideas”. Así debió ser, desde luego, pues el personaje nunca las ocultó.

Epstein admiraba al movimiento transhumanista y fue su patrocinador.  Eugenetista convencido, mostraba su admiración por el fallido proyecto del Dr.  Grahan, y en múltiples ocasiones a principios de la década de los 2000 contó a científicos y empresarios el proyecto de  usar su rancho de Nuevo México como base donde las mujeres serían inseminadas con su esperma y darían a luz a sus bebés[4].  Con estos antecedentes no es sorprendente que defendiera la criocongelacion y que expusiera en público en algún momento su deseo de que su pene y su cerebro (¿por este orden?) se crio-congelasen tras su muerte.  Juzgado y condenado, el personaje parece que no era más que un vulgar pedófilo con dinero, demostrando que algunos hombres llevan colgado entre las piernas su cerebro, lo que me recuerda a ese chiste de un niño de tres años que un día mientras se bañaba y señalándose a los genitales le pregunta a su madre: Mamá, ¿es esto el cerebro? Y la madre con sorna le contestó, no hijo, todavía no. 

El caso Epstein es un ejemplo de cómo un sociópata con poder se convierte en un personaje atroz. Tener demasiado dinero puede ser difícil de gestionar, pero lo más duro es poder controlarse a uno mismo de cintura para abajo.    

Quizás no sea ocioso recordar en este momento que, si bien hay ciertas habilidades que pueden ser transmitidas genéticamente, la inteligencia es un concepto que no tiene una definición unívoca ni una manera estándar de ser medida. Que no existe una inteligencia en abstracto sino, en fin, una inteligencia para qué, y que las emociones, la memoria, la voluntad y la razón no pueden ser separadas arbitrariamente. Por eso, quizás una de las mejores aproximaciones que recuerdo sea la de José Antonio Marina, cuando  define a la inteligencia como la capacidad que cada uno tienen para negociar con sus propios límites[5]. Recordar en fin que la reproducción sexual es un hallazgo de la evolución para aumentar la diversidad cuya garantía está en manos de las leyes de la probabilidad. Que el empeño de gestionar la reproducción sexual es un viejo sueño que periódicamente tiende a dar rienda suelta a las fantasías eugenésicas.  Por eso es muy pertinente recordar esta historia de un improbable encuentro entre Einstein y Marilyn, historia que todo lector que llegue hasta aquí habrá ya oído en alguna de sus versiones.  Querido Albert, le sugiere Marilyn: ¿Se imagina usted los niños tan inteligentes y tan guapos que usted y yo podríamos tener? ¿Sí, me los imagino, querida Marilyn, pero le recuerdo que tenemos las mismas posibilidades de que ocurra exactamente al revés? Una historia que hoy puede ser considerada políticamente incorrecta, por lo que pido de antemano disculpas. 

 

[1] David Plotz. The Genius Factory: The Curious History of the Nobel Prize Sperm Bank  1 octubre 2006

 

[2] Los '400 hijos' del semental de Rotterdam. https://www.elmundo.es/cronica/2017/06/05/5933feb0268e3e676c8b4571.html

[3] Jeffrey Epstein: Asquerosamente rico. https://www.netflix.com/es/title/80224905

 

[4] James B. StewartMatthew Goldstein and Jessica Silver-Greenberg. Jeffrey Epstein Hoped to Seed Human Race With His DNA.. https://www.nytimes.com/2019/07/31/business/jeffrey-epstein-eugenics.html

[5] José Antonio Marina. Teoría de la inteligencia creadora. Anagr,a, Barcelona, 1993. 

Comentarios

  1. Interesante, bien relatado, con muy buen criterio y que además sirve para olvidar un rato la realidad actual nacional e internacional

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  2. Interesante y ameno en el desarrollo de conceptos dificiles a veces de definir.

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  3. Tronchante relato de uno de los múltiples ejemplos de la estupidez humana . Gracias

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