Pensamiento y cultura. Cuatro artículos

Tres artículos destacados





I)

Esplendor y derrota


https://lectura.kioskoymas.com/article/282187951788457


Manuel Jabois


Un día, Borges se subió al tren para ir a Mar del Plata. Llevaba con él una novela policial que abrió nada más sentarse, y desatendió, como siempre, la recomendación de su oculista de que no leyese con poca o mala luz. Leyó —leía— con tanto fervor que cuando se hizo de noche apoyó la cabeza en la ventanilla para aprovechar los últimos rayos del crepúsculo. Consiguió terminar la novela adivinando las palabras, y se quedó dormido. Cuando volvió a abrir los ojos, escribió su biógrafa María Esther Vázquez (Borges. Esplendor y derrota), tuvo delante “un festival de luces de colores que se movían brillantes y hermosísimas”. Eso duró un momento: luego se hizo la oscuridad. Se había quedado prácticamente ciego. Por fin ciego, habría que decir, porque sucesivos desprendimientos de retina habían dejado ya su vista maltrecha a la espera de una estocada final y esperada, que seguro tenía que ver con la lectura compulsiva. Pero por uno de sus ojos aún podía ver algo, un rincón mínimo de realidad con unos pocos colores cambiados (el azul era verdoso, el marrón era violeta) que se traducía, por ejemplo, en que podía ver una baraja de cartas, pero no el jugador que las barajaba. Borges no quería perder ese delicado hilo, y como el doctor le advirtió que si agachaba la cabeza podría desprenderse del todo la retina, su postura pasó a ser siempre erguida, con el mentón en alto, la espalda recta, provocando a su paso admiración y envidia: el aspecto del viejo Borges era mejor que el del inmediatamente anterior, el encorvado señor; la ceguera le había regalado un porte nuevo, una manera nueva de andar por las calles. Quizá, por miedo a perder lo poco que nos queda, los seres humanos desenterramos algo nuevo e insólito para evitar rompernos: lo que en Borges podría parecer altivez o soberbia, era miedo. Todo es miedo a partir de cierta edad, especialmente la belleza. Como dice María Esther Vázquez, árboles sin raíces y sin ramas que sólo desean llegar en pie al final.


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II)

LA PARADOJA DEL CAUTIVERIO CREATIVO


Francesco Olivo


https://www.lavanguardia.com/cultura/20250312/10469017/todos-escritores-han-ido-carcel.html



                                                                   Miguel de Cervantes


La italiana Daria Galateria publica un ensayo sobre los autores que sufrieron cautiverio y cómo la prisión se convirtió, en algunos casos, en un espacio de libertad


La represión estimula el ingenio e incluso la inspiración artística. Con este razonamiento se puede llegar a una conclusión extrema: el único espacio real de libertad en el mundo es la cárcel. Es necesario hacer una premisa: la regla solo vale para los escritores, o mejor dicho, “para lo que los escritores cuentan sobre sus experiencias y, sobre todo, para aquellos con un cierto sentido del humor”.


Daria Galateria, refinada autora italiana y catedrática de literatura francesa en la Universidad La Sapienza de Roma (ha editado la primera edición comentada en el mundo de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust), después de haber leído miles de “memorias”, encontró un punto común en esos textos: “Quienes han estado en prisión han encontrado en ella un beneficio artístico, incluso como escape de la verdadera cárcel del escritor: el escritorio”. Así, decidió recopilar las historias de 43 autores que, aunque a menudo tienen poco en común, comparten la experiencia de haber pasado un tiempo duro, pero valioso, dentro de una celda, desde donde, quizás por aburrimiento, se dispone de más tiempo para concentrarse y observar el mundo con mayor claridad. De esta idea nació un libro delicioso y divertido, erudito sin ser pesado, Condenados a escribir. Escritores entre rejas, publicado en Italia en 2012 y traducido por primera vez al español (por Francisco Campillo) para la editorial Impedimenta.


Václav Havel solo podía escribir una carta a la semana... y sin humor

La lista de encarcelados es larga y, sobre todo, variada. Comienza en el siglo XVIII (“por eso no incluí a Cervantes”, explica ella) y llega hasta el siglo XX. Están aquellos que deben su gloria a la cárcel (o a la fuga), como Giacomo Casanova y el héroe del Risorgimento italiano Silvio Pellico. Quienes aprovecharon el encierro para aprender sobre la naturaleza de su pueblo, como Fiodor Dostoievski. Jorge Semprún encontró en una letrina en el campo de Buchenwald un pequeño oasis de libertad de palabra. Cuando Jean Cocteau leyó por primera vez Nuestra Señora de las Flores de Jean Genet, lo recomendó a los editores parisinos diciendo que Genet, “habiendo pasado toda su vida en la cárcel, era un hombre verdaderamente libre”. Su consagración literaria le permitiría pasar de casi recluso de por vida a una figura clave de la literatura del siglo XX.


Chester Himes, uno de los más grandes narradores de la violencia y la marginalidad, le debe a la cárcel sus peores momentos, como la tortura, pero también su redención, desde el momento en que su madre le regaló una máquina de escribir. Los editores no tardaron en ver la oportunidad: cuando Guillaume Apollinaire fue encarcelado injustamente por el robo de la Gioconda, Jacques Chardonne, director de la editorial Stock, le escribió extasiado: “Sale usted de prisión más célebre de lo que era cuando entró; su libro es de los más buscados. Todo esto bien vale algo de aburrimiento”.


Jorge Semprún (1923-2011), político, escritor e intelectual español. Por guerrillero comunista, fue deportado a Buchenwald. Archivo

Para sobrevivir se necesita una pluma y papel, pero incluso quienes no los tienen se las ingenian: como el marqués de Sade, quien durante su encarcelamiento en la Bastilla (1784-1789) escribió su obra más dura, Los 120 días de Sodoma, en un rollo de papel de 12 metros de largo y apenas 11 cm de ancho.


Otro elemento esencial es la ironía. Voltaire, arrestado en 1717 por escribir versos ofensivos contra el regente Felipe II de Orleans, engañó a la policía asegurando que todos sus documentos estaban en el excusado. La autoridad parisina encargada de las letrinas, Madame l’Intendante Merdière, tuvo que supervisar la búsqueda, lo que terminó en un desastre: la fosa séptica se derrumbó, inundando el sótano del edificio con un hedor insoportable. La propietaria del inmueble, indignada, demandó y ganó un juicio contra la Corona por los daños causados.


La escritora Goliarda Sapienza, encarcelada por robo: tomó las joyas de una amiga para salir de la rutina burguesa  Angelo Pellegrino

Sin embargo, el sarcasmo podía volverse un arma de doble filo: el gran dramaturgo Václav Havel, quien más tarde se convirtió en presidente de la República Checa (o Checoslovaquia), fue encarcelado por el régimen socialista en un campo de prisión. Tenía derecho a escribir una carta a la semana a su familia, con una condición: estaba estrictamente prohibido cualquier indicio de humor. Pero Havel se preguntó: ¿Cómo se puede contar un lugar infernal como ese sin un poco de humor? Imposible. Así que, en lugar de escribir “régimen”, escribía “el punto focal socialmente evidente del no-yo”.


Para las mujeres, la tesis es aún más válida: “Para muchas, la cárcel representó la primera oportunidad real de autonomía.”, dice Galateria. “Fuera siempre tenían que cuidar de otros: maridos, hijos, padres; dentro, solo estaban ellas mismas”. La escritora italiana Goliarda Sapienza (1924-1996) se dio cuenta de ello y, cansada de la vida burguesa sin estímulos y de los “no” de los editores, se dejó arrestar tras robar las joyas de una amiga rica. La experiencia con las otras reclusas fue decisiva para inspirarla, y L’Università di Rebibbia (el nombre de la cárcel de Roma donde estuvo detenida) se convirtió en el éxito que había esperado toda su vida. Bastaba con ir a la cárcel.


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III)




«El conocimiento es lo único que asegura nuestra supervivencia»


Dalia Alonso entrevista a Jesús Maestro, Catedrático de Teoría de la Literatura


https://ethic.es/entrevista-jesus-g-maestro/



Jesús G. Maestro (Gijón, 1967) es un ‘influencer’ muy particular. Catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en la Universidad de Vigo, su defensa a ultranza de la educación pública, de calidad y gratuita lo ha llevado a subir a YouTube clases magistrales y análisis literarios de todo tipo. Hasta el momento, están disponibles en la red más de 1.400 vídeos que lo han convertido en el profesor de Literatura más viral y querido por los internautas.  Su último libro, ‘Una filosofía para sobrevivir en el siglo XXI’ (HarperCollins), se presenta como un manual de recursos para vivir con libertad y contra la ignorancia.



«Miedo, mentira y culpa son las tres fuerzas principales que gestionan el mundo»: así de tajante comienza su libro. El miedo es a lo diferente, las mentiras vienen de las redes sociales y las noticias falsas, pero ¿cómo se articula la culpa en el siglo XXI, en plena revolución digital?


La culpa en el siglo XXI se articula como se articuló toda la vida, en el primer o segundo milenio antes de nuestra era o en cualquier otra etapa. La culpa consiste en hacer creer al ser humano que es responsable de lo que no es. Determinadas religiones nos hacen creer que somos culpables de un pecado original que nosotros no cometimos nunca, y a través de un sacramento nos liberan de esta culpa. Imprimir un sentimiento de culpa en el ser humano es el primer paso hacia el dominio de ese ser humano. Ese sentimiento de culpa ha ido cambiando a lo largo de la historia dependiendo los credos religiosos, las filosofías y las ideologías, que siempre tratan de establecer lo que está bien y lo que está mal.


«Antes todo era pecado, ahora todo es delito». ¿Cuál es el pecado original de nuestra era?


Son muchos, y dependen siempre de quién detenta la potestad de codificar lo que está bien y lo que está mal. Lo que para unos es un pecado para otros es una virtud; eso depende del tipo de creencia que cada uno tenga, por ejemplo, para un materialista el pecado es ser espiritualista, y viceversa. En los tiempos de antes lo que se imponía como código para regular la conducta de la gente era la religión, y hoy día lo que se impone como código son las ideologías. Son diferentes formas de organizar las creencias colectivas.


«Si somos inteligentes y no hacemos nada con ello somos inteligentes asintomáticos»


Usted define el conocimiento como «una ofensa en tiempos de barbarie». También habla de la filosofía y la ciencia y de las falacias de la nueva universidad. ¿De qué hablamos cuando hablamos de conocimiento?


El conocimiento es aquello que permite mejorar las condiciones de la vida humana. El conocimiento de una enfermedad permite curarla, el conocimiento de la ingeniería permite al ser humano llevar a cabo obras para vencer obstáculos naturales, el conocimiento de las lenguas permite a la gente comunicarse… El conocimiento es algo que exige una libertad y que no se puede desarrollar a espaldas de la libertad; está destinado, insisto, a mejorar las condiciones de la vida humana y esto es lo más importante. Privado de conocimiento, el ser humano no puede vivir: nos matan las enfermedades, las incidencias climáticas, los animales… El ser humano está obligado a desarrollar constantemente sus posibilidades de conocimiento para no morir. El conocimiento es lo único que asegura nuestra supervivencia en un mundo saturado de adversidades.


También afirma lo siguiente: «La interpretación de la realidad no es, en sí misma, conocimiento de nada. Si no haces algo útil con lo que estudias, interpretas o sabes, te engañas a ti mismo». ¿Qué es hacer algo útil con el conocimiento? O por el contrario, ¿qué es hacer algo inútil?


Hacer algo inútil es no hacer nada con él: no vas a tener la razón teórica, es necesario tener la razón práctica. Si somos inteligentes y no hacemos nada con ello somos inteligentes asintomáticos, por decirlo cómicamente. El conocimiento que no da lugar a hechos útiles es un conocimiento inútil. Yo puedo saber mucho de música, pero si no sé interpretar al piano una sonata de Mozart, es como si no supiera nada. El movimiento se demuestra andando.


Ante el conocimiento, la «emotiocracia», el imperio de las emociones, concepto formulado por el filósofo Carlos Javier González Serrano y desarrollado por usted en el libro: «Ya no es la libertad, sino la felicidad, el objetivo de nuestro tiempo». ¿Nos quieren alienados y felices?


Yo diría que no es que «nos quieran», sino que la gente se quiere a sí misma alienada y feliz. Uno no se convierte en alguien alienado por la felicidad a menos que uno mismo lo quiera y lo acepte. Nadie nos obliga a ser felices: cada uno escoge o rechaza los elementos que quiere. Un ejemplo son las redes sociales: hay personas que usan las redes sociales para unas cosas, otros para otras, otros para nada y otros para todo. Es como la alimentación: tenemos a nuestra disposición una serie de alimentos, y hay gente que escoge solo tomar azúcar o carne o verdura, pero nadie les obliga a ello. Nos quieren alienados o felices imperativamente, pero cada uno tiene libertad de elegir lo que quiere o lo que no quiere. En nuestra sociedad la gente parece preferir la felicidad y el dinero a la libertad, y esto es revelador, porque no siempre ocurrió así, con las características con las que hoy se produce. Hoy tenemos determinadas condiciones socioeconómicas que no se daban hace cien años, como las redes sociales o la digitalización de la experiencia humana, que han introducido cambios muy precipitados que todavía no se han asimilado. Las redes provocan en los adolescentes efectos hasta cierto punto comparables con los que pudo tener la irrupción de la droga en los años 70 u 80. Las redes causan problemas de salud física y mental a muchos adolescentes, aunque no son las únicas responsables, también hay otros factores que la educación no es capaz de resolver.


«Esta oleada que vivimos de falso puritanismo no es más que una incapacidad para asumir la realidad»


Entre los lectores de literatura, cada vez abundan más los nuevos puritanos. He leído a gente que dice que no va a leer tal o cual clásico porque muestra violencia sexual, racismo… ¿Aplicar a la literatura los actuales criterios de moralidad también es parte de esa creciente falta de comprensión lectora que padecemos?


En realidad, esto no es ninguna novedad a lo largo de la historia de la literatura. Si la libertad es lo que los demás nos dejan hacer, la literatura es lo que a lo largo de la historia la religión, la filosofía y las ideologías nos han permitido escribir. La literatura es todo aquello que no se ha podido censurar. Esta oleada que vivimos en el siglo XXI de falso puritanismo no es más que una incapacidad para asumir la realidad, pero no es la primera vez que se produce en la historia. La literatura siempre se ha enfrentado a la limitación de la libertad: es una construcción humana totalmente racional que se abre camino hacia la libertad a través del pensamiento dialéctico, y siempre ha tenido enemigos. La filosofía nació declarando la guerra a la literatura, con Platón expulsándola de su Estado. El idealismo que hay hacia la filosofía como un sistema de saberes y conocimientos es un idealismo galopante. La filosofía es una forma popular de administrar creencias religiosas.


También veo una cierta tendencia a simplificarlo todo en el nombre de la divulgación, a dotarlo de emociones. Pienso por ejemplo en eso de que «lo grecolatino está de moda», cuando en realidad no se lee a los autores grecolatinos en sí, sino a otros que hablan de estos autores y los «mastican» mezclando teoría y subjetividad. ¿Estamos condenados a perder la lectura directa en pro de interpretaciones?


La lectura directa se perdió hace mucho. Hoy el conocimiento de los autores clásicos es nulo: en primer lugar, la gente no conoce ni el latín ni el griego a nivel de lengua, y, en segundo lugar, la literatura grecolatina está ignorada. Son simplemente nombres que además se limitan a Homero, Ovidio, Horacio y poco más. Por otro lado, y dentro de la tradición de la literatura sapiencial está este libro, Una filosofía para sobrevivir en el siglo XXI, un libro que está en contra de los libros de autoayuda y que forma parte de una tradición ensayística muy grecolatina que está destinada a la autodefensa intelectual y a la educación intelectual del ser humano, lo que Gracián llamaría «un espejo de príncipes».


«Cuando se habla de inteligencia emocional yo me echo a reír: ¿hay alguna inteligencia que no sea emocional?»


Afirma también que «sentir exige pensar». ¿Se puede enseñar a pensar?


Se puede enseñar a pensar mejor y a pensar peor, pero el pensamiento es el resultado de un ejercicio que, más que enseñar, se practica. Es como enseñar a enseñar, es algo que no tiene sentido. No hay receta para ser un buen profesor ni para aprender a aprender. Cuando se habla de inteligencia emocional yo me echo a reír: ¿hay alguna inteligencia que no sea emocional? A la inteligencia no llega nada que no haya pasado antes por las emociones y los sentidos, pero eso ya lo sabemos desde Aristóteles. Vivimos en un mundo dominado desde el siglo XVIII por la hegemonía cultural del mundo anglosajón, que no tiene capacidad contemporáneamente para analizar la literatura. Y como no saben qué hacer con ella, han inventado un concepto idealista y falso de «cultura» donde se trata de reemplazar la literatura por cultura, de ahí el triunfo de los estudios culturales frente a los literarios. Tratan de reducir una en la otra, como si fuera soluble. La cultura es una invención anglosajona de los pueblos que no tienen literatura.


Usted es profesor universitario desde hace más de 30 años, y en el libro es muy crítico con el profesorado que se queja de lo mal que está la educación, pero luego no hace, en su opinión, nada por ella. ¿Se han desentendido los profesores de su profesión?


Los profesores son muchos y no podemos hablar como si todos se comportaran igual. Lo que sí es cierto y resulta innegable es que todos nos quejamos de nuestro trabajo, y esto es legítimo, la queja siempre es razonable, pero las cosas no pueden terminar en una queja: hay que hacer algo para que lo que nos hace quejarnos pueda solucionarse. Ante el problema de la educación hay muchas soluciones; yo, por mi parte, he optado por dar las clases con la mayor calidad posible que puedo y ponerlas a disposición de todo el mundo. Soy partidario de una educación pública, abierta, gratuita y de calidad, pero eso hay que trabajarlo. Por esa razón quise publicar mis clases de manera abierta, que todo el mundo pudiera tener acceso al conocimiento literario. Algo se consigue, pero cada profesor es responsable de lo que hace, de su trabajo y de sus logros. Hoy tenemos a nuestra disposición unas técnicas que hace veinte años no teníamos, como la posibilidad de publicar una exposición y ponerla a disposición de todo el mundo a través de un medio audiovisual. Hay gente que no tiene dinero para pagarse una matrícula o asistir a clases universitarias, y es una manera de hacérselo llegar. Yo he puesto 1.500 vídeos de clases mías a disposición de todos aquellos que tengan conexión a internet. Utilizo la inteligencia de la que dispongo para interpretar la literatura y hago públicas estas interpretaciones. Podemos quejarnos de lo mal que está la educación, pero yo opto por ejercer educación pública de calidad y no solo solicitarla.


«Podemos quejarnos de lo mal que está la educación, pero yo opto por ejercer educación pública de calidad»


No puedo terminar esta entrevista sin preguntarle por el Quijote, una de las obras clave en su trayectoria. En el mundo de la revolución tecnológica y la emotiocracia, ¿qué lecciones para el día a día nos aporta la gran obra de Cervantes?


Sobre todo que los idealistas conducen al fracaso. El Quijote es una obra que esencialmente nos enseña que los idealistas son los recursos humanos del totalitarismo y que conducen al fracaso a cualquier sociedad. El idealismo es un miedo a la realidad, y por ello el idealista censura la realidad. En el idealismo están los principales problemas que explican el fracaso del ser humano, pues el idealista es incompatible con la realidad. Si Alemania hubiera entendido el Quijote, no se hubiera metido en empresas idealistas que llevaron a ese país a dos fracasos universales seguidos.



IV)


Entrevista y nuevo libro




Richard Powers, ganador del Pulitzer y el National Book Award, aborda las redes sociales, los magnates tecnológicos y la crisis climática en ‘Patio de recreo’ “La IA es el triunfo total del capitalismo”


Jorge Morla entrevista a Richard Powers


https://lectura.kioskoymas.com/article/282145002120099


La cara de Richard Powers (Evanston, Illinois, 67 años) aparece al otro lado de la pantalla sonriente. El Zoom es casi la única forma de entrevistar a un escritor que desde hace una década vive en soledad plena y comunión con la naturaleza en una cabaña en las Smoky Mountains, al pie de la cordillera de los Apalaches (Estados Unidos). “Esto es magnífico. Si miro por la ventana, veo riscos, veo montes”, comenta con una sonrisa este autor que destaca por sus ficciones tecnológicas y que tiene un radar excepcionalmente bien afinado para el futuro digital.


Galardonado con un sinfín de premios, se hizo con el National Book Award por su novela El eco de la memoria, en 2006, y en 2019 ganó el Pulitzer de Ficción por El clamor de los bosques, todo un fenómeno editorial que le alejó de la ciencia ficción y dio un giro a su escritura hacia el ambientalismo. Ahora regresa con Patio de recreo (AdN), una obra que de alguna manera une esas dos obsesiones: la ficción tecnológica y la advertencia climática. “Pero no son dos cosas distintas, creo que están interconectadas: los ecosistemas de los que surgimos y los ecosistemas que creamos”, explica.


En Patio de recreo la acción se centra en Todd Keane, un magnate tecnológico que padece demencia y que rememora su infancia, su vida universitaria y la creación de Playground, una red social con elementos de videojuego, mezcla de Reddit e Instagram, que le dio fama y riqueza y que da título a la novela. Keane, creador de potentes inteligencias artificiales, interactúa y recuerda a las personas que se cruzan en su vida y que de una forma u otra han confluido en Makatea, en la Polinesia Francesa, una isla en medio de un referéndum sobre si quiere servir de base a un consorcio de empresas tecnológicas californianas interesadas en usarla como base para la fabricación de islas artificiales.


¿Suena demasiado a ciencia ficción? Bueno, el año que viene se cumplirán 30 años de la publicación de Galatea 2.2, una novela en la que Powers describía, con precisión aterradora, el entrenamiento de la red neuronal de una IA generativa. Aunque viva en una cabaña, Powers tiene las antenas bien puestas en todo lo que se refiere a proyecciones sobre el futuro. “Galatea era un cuento de hadas, una fantasía, pero hoy no hay nada en ese libro que Chat GPT 4 no pueda hacer mucho mejor”, reconoce. Sabe bien de lo que habla: Powers fue profesor en Stanford durante muchos años, la semilla de lo que hoy es Silicon Valley, y desde allí vio de primera mano la revolución tecnológica.


“Estuve presente en el nacimiento de esas primigenias redes sociales. Pude ver cómo cambiaban a la gente, cómo creaban nuevos tipos de hostilidad y agresión. Y ahora ya es imposible pensar en la humanidad lejos de estos parámetros tecnológicos de las redes sociales”, continúa.


¿Cómo se conjuga, entonces, esa forma de vida ermitaña con el desarrollo de ficciones altamente tecnológicas? 

“Bueno, en primer lugar tengo que decir que no soy Unabomber [ríe para referirse al ermitaño terrorista estadounidense que enviaba cartas bomba]. Estamos hablando por Zoom. No estoy aislado, ¡nadie está aislado! Eso sí, si miro por la ventana veo estos riscos y bosques… Hace poco he visto cómo un oso negro venía a esta misma ventana y empezaba a arañarla. Por una parte, me sentía en el siglo XIX; por otra, busqué en internet qué hacer cuando un oso se acerca a tu casa”.


De esos mismos Apalaches en los que Powers vive ha surgido J. D. Vance, el vicepresidente de un Gobierno en el que los multimillonarios tecnológicos tienen mucho peso. ¿Se basó en algún modelo real para crear a su Keane? 

“En Patio de recreo comencé a crear un personaje basado literalmente en Elon Musk, pero me di cuenta de que no era creíble en términos de ficción. He intentado humanizar a esa figura [la del milmillonario tecnológico] con sus propios traumas psicológicos y sus dramas cotidianos”, cuenta.


Liberarse de las élites


En Desconcierto (2021) hay un perfil similar al de Donald Trump, “alguien que desmantela la democracia a base de destruir las normas sociales”, recuerda. “Lo que Trump y Musk pueden hacerle juntos a la democracia es peor que nuestras peores pesadillas”, sentencia. “Esta oligarquía… la sociedad sabe lo que puede hacer con el Estado y cómo quiere desmantelarlo. Pero es complejo porque, a la vez, sus votantes, por alguna razón, creen que esta gente puede liberarlos de las élites, cuando no hay nada más elitista que ellos”.


¿Cree Powers que en el mundo real la gente puede escoger sobre los movimientos tecnológicos, o les son impuestos? 

“El problema con oponerse a la fantasía libertaria que viene de Silicon Valley es que está mucho más conectada a la fantasía capitalista que ningún otro movimiento anterior. La IA representa la victoria total del capitalismo”, dice. “¿Podemos oponernos al sistema al completo?”, se pregunta. “Bueno, ¿cómo fue vencido el colonialismo? Por la oposición política. ¿Y la esclavitud? Lo mismo, como el voto femenino. Esos cambios sociales no llegaron de arriba, fueron las víctimas de estos procesos históricos los que dijeron no”.


“El sistema hoy depende de nuestros apetitos, pero están colonizados por lo que el capitalismo propone: individualismo, comodidad instantánea, no sabemos pensar en nosotros mismos fuera de este marco”, razona. Y vuelve a la famosa cita de Fredric Jameson: “Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”.


“Sigo pensando que hay una salida para que la humanidad no acabe en la doble catástrofe que el capitalismo ha creado: cambio climático y la extinción de especies”, cuenta. “Hay una gran tradición espiritual en la humanidad que nos dice que el significado no se encuentra en la acumulación, sino en la atención. No se encuentra en las posesiones, sino en estar presente. Y sí, podemos crear historias que empujen hacia esa transformación de consciencia”. Precisamente en eso está Powers.


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