Arte I.El color en el arte y Arte II. Botero
I) Arte I
El color en el arte
https://www.hoyesarte.com/artes-visuales/como-exponer-sobre-algo-que-no-existe_335659/
Cómo exponer sobre algo que no existe
Manuel Fontán del Junco y María Zozaya Álvarez
Obra de Klein
El color no existe, pero el mundo es inimaginable sin él. Como fenómeno -en todos los sentidos- ha estado presente en la reflexión y en las artes desde las pinturas rupestres hasta los experimentos digitales contemporáneos. Con la aparición del arte abstracto en el siglo XX, el color se liberó de la línea y de la representación de la realidad y devino autónomo: en muchos casos, la obra no es más (ni menos) que color puro, y para numerosos artistas de los siglos XX y XXI, esto constituye el centro de su práctica. Como a ellos, a muchos pensadores, escritores y científicos, el color les ha proporcionado abundante materia para la reflexión y el debate, desde Aristóteles, pasando por Ludwig Wittgenstein y hasta hoy mismo.
Lo tienes que ver. La autonomía del color en el arte abstracto presenta la obra de un amplio número de artistas de los siglos XX y XXI para quienes el color es principio esencial y estructurador. La exposición comienza con los primeros experimentos de la abstracción y se centra en el uso del color plano, no modulado por el gesto. Además de pintura, escultura y obra sobre papel, incluye textiles, cerámica, fotografía, instalaciones, cine, vídeo y libros de artista, hasta un total de setenta y nueve obras.
El título de esta muestra subraya un hecho de la manera más directa: que después de todas las teorías filosóficas, científicas, artísticas y lingüísticas; después de todos los intentos por describir su carácter relativo, sus combinaciones, su psicología, sus usos prácticos o las variedades de sus significados ideológicos y culturales; después de todo ello, al final, “el color debe ser visto”. Esta frase de Walter Benjamin, algo modificada para servir de título al proyecto, declara sencillamente que las teorías sobre el color deben dejar paso a su experiencia, que es la que nos convence con rotundidad de cómo existe algo que no existe y nos saca del estupor inicial ante la realidad del color.
La importancia del color ha sido, en efecto, discutida e impugnada a menudo. Para algunos, carece de valor sustantivo, porque es secundario, accidental o decorativo. Para otros, su carácter elusivo es precisamente uno de sus principales valores. Por la que parece la oscuridad de su significado lingüístico, por su sensualismo y su resistencia a la clasificación e identificación teórica, el color ha sido considerado a menudo como “lo otro” respecto de las jerarquías habituales y el sistema de valores de la cultura occidental.
La célebre frase de Klein acerca del sometimiento del color por la línea, devenida esta en escritura, es mucho más que una metáfora brillante: se puede decir que la historia del arte ha sufrido de un cierto daltonismo y, a su vez, se la ha entendido habitualmente sobre todo como una ciencia que describe la evolución de las formas, las cuales, por su parte, se han interpretado como más dependientes de la línea (y el dibujo lineal) que del color y las áreas en las que se expande. En 1974, Rudolf Arnheim escribió que lo contrario es el caso: “Hablando en términos estrictos, todo aspecto visual debe su existencia a la luminosidad y al color. Los límites que determinan la forma de los objetos se derivan de la capacidad del ojo para distinguir entre sí zonas de luminosidad y color diferentes. Esto es válido incluso para las líneas que definen la forma en los dibujos, que solo son visibles cuando la tinta difiere en color del papel”.
Lo tienes que ver. La autonomía del color en el arte abstracto tiene su punto de partida en los primeros experimentos abstractos con el color, como los de Kazimir Malévich (1878-1935) o Iván Kliun (1873-1943) y acaba con trabajos de artistas contemporáneos. Las obras hechas en la Francia de entreguerras, en los países del movimiento De Stijl, en la Unión Soviética del suprematismo y el constructivismo o en la Alemania de la Bauhaus, sentaron las bases del campo expandido por las obras realizadas en la segunda mitad del siglo XX y las primeras décadas del XXI.
Curiosamente, la abundancia y el incremento de bibliografía sobre el color en los ámbitos prácticos, científicos, filosóficos y literarios durante los últimos cincuenta años no ha sido acompañada de manera proporcional por la presencia del color en exposiciones y sus publicaciones. Apenas si se pueden citar unos pocos proyectos y títulos y, en nuestra opinión, su valor no está a la altura de la relevancia del color en la historia del arte, sobre todo considerado este como uno de sus primeros principios. La mayoría de las exposiciones aludidas son muestras colectivas sobre el color como “tema”, concebidas del mismo modo en que se pueden pensar exposiciones sobre el “tema” de la geometría, del paisaje, del cuerpo o de la ventana en la historia del arte. Ninguna de ellas parece haber querido plantear que, con toda probabilidad, la historia del arte ha preterido tradicionalmente al color en favor de la línea, y que solo a partir de la década de los años sesenta del siglo pasado la conciencia sobre la igualdad entre ambos elementos o incluso el carácter primordial del color sobre la línea ha ganado posiciones.
Esta exposición aspira a ofrecer, por el contrario, una perspectiva inusual sobre la realidad del color, sin limitarse a lo monocromo ni a la selección de obras típicas de una muestra colectiva más o menos representativa. La perspectiva adoptada aquí es consciente de una cierta “cromofobia” (David Batchelor) y de un menosprecio del color que ha afectado también a la historia del arte tal y como la desarrollan las instituciones en sus colecciones y muestras, lo que explicaría que, a pesar de la creciente importancia del color, no se le hayan dedicado muchas exposiciones o estas no hayan ido más allá de su tratamiento meramente temático.
Manuel Fontán del Junco es director de Museos y Exposiciones de la Fundación Juan March, y María Zozaya Álvarez, jefe de Proyecto Expositivo en esta institución. Ambos han comisariado Lo tienes que ver. La autonomía del color en el arte abstracto.
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El color toma forma de exposición
Cecilia Bernal / Luis Domingo
TIPO DE EVENTO:
Exposiciones, Gratis
FECHA:
Del 28 de febrero al 8 de junio de 2025
COMISARIO:
Manuel Fontán del Junco y María Zozaya Álvarez
Más información
LUGAR:
Fundación Juan March, Madrid
La Fundación Juan March de Madrid sorprende, y también arriesga, con su nueva exposición, Lo tienes que ver. La autonomía del color en el arte abstracto. Esta muestra reúne 79 obras de más de 30 artistas de los siglos XX y XXI, obras en las que el color se ha liberado de la forma, en las que se independiza de la línea, no tiene que representar ninguna realidad ni narrativa y es completamente autónomo, algo que sucede cuando el arte se hace abstracto.
Al adentrarme en las salas de la Fundación me encontré con un proyecto expositivo que, a pesar de la limitación espacial, se desplegaba con una riqueza visual y conceptual abrumadora. Cada obra parecía dialogar con la siguiente, creando una narrativa cohesiva sobre la evolución y la experimentación del color en el arte moderno y contemporáneo.
La exposición se articula en torno a la idea de que el color, más allá de ser un elemento compositivo, posee autonomía. Esta premisa se refleja en la selección de obras, que abarcan desde pinturas y esculturas hasta instalaciones y piezas audiovisuales. La cita de Umberto Eco -«el color no es un asunto fácil»- resuena a lo largo de la muestra, invitándonos a reflexionar sobre la complejidad y la subjetividad de nuestra percepción cromática.
La obra Memorias imaginadas, de Mitsuo Miura, da la bienvenida a la muestra con una instalación que transforma el espacio expositivo en un paisaje abstracto y estilizado a través de torres creadas con lazos de colores que emulan un bosque sagrado lleno de tonalidades vibrantes.
Uno de los aspectos más fascinantes de la exposición es cómo aborda la naturaleza del color como una construcción cerebral. La idea de que los colores no existen intrínsecamente en los objetos, sino que son interpretaciones de nuestro cerebro ante estímulos lumínicos, se materializa en varias de las obras presentadas. Esta reflexión nos lleva a cuestionar la realidad tal y como la percibimos y a apreciar el papel del arte en desvelar estas sutilezas.
Entre las piezas que más captaron mi atención se encuentra la instalación de Olafur Eliasson Colour Spectrum Kaleidoscope, que invita a interactuar con su entorno de manera lúdica y reflexiva. La obra consiste en un gran caleidoscopio hexagonal, fabricado con espejos dicromáticos de diversos colores y montado sobre un trípode de madera a la altura de los ojos.
Al mirar a través de él, el público observa cómo su entorno y los movimientos de otros visitantes se reflejan en múltiples facetas y tonalidades, creando una experiencia visual dinámica y envolvente. Eliasson, conocido por sus instalaciones que exploran la percepción y la interacción con la luz y el color, utiliza este caleidoscopio para desafiar nuestra manera de ver el mundo, mostrando cómo nuestra percepción puede reorganizarse y reconfigurarse fácilmente.
Por su parte, Carlos Cruz-Diez aporta una dimensión cinética al recorrido. Su intervención, dentro de una habitación en colores pastel, invita a movernos en el espacio para demostrar que el color es dinámico y que nuestra percepción de él puede variar con el movimiento y el tiempo. La obra de Cruz-Diez es un testimonio de cómo el color puede ser independiente de la forma y generar sensaciones de profundidad y sutileza.
Además, la presencia de Yves Klein con sus icónicas obras en azul intenso ofrece un contraste meditativo dentro de la exposición. Klein, conocido por su obsesión con el monocromo, nos sumerge en la pureza y la infinitud del color, despojándolo de cualquier representación figurativa y elevándolo a una experiencia casi espiritual.
La exposición también dedica espacios a las teorías artísticas y científicas del color desarrolladas desde el siglo XVIII. Estos segmentos proporcionan un contexto histórico y académico que enriquece la comprensión de las obras expuestas, mostrando cómo la percepción y el uso del color han evolucionado a lo largo del tiempo.
Lo tienes que ver es una muestra imprescindible para quienes deseen explorar la profundidad y la versatilidad del color en el arte. La Fundación Juan March ha logrado crear un espacio donde la reflexión y la emoción convergen, ofreciendo al visitante una experiencia enriquecedora a través de un intenso viaje cromático. No se la pierda.
– Los comisarios de la exposición son Manuel Fontán del Junco, director de Museos y Exposiciones de la Fundación Juan March, y María Zozaya Álvarez, jefe de Proyecto Expositivo en esta institución. También ha contado con el asesoramiento de los historiadores Paul Smith (University of Warwick), David Batchelor (artista y escritor) y Esther Leslie (Birbeck College).
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ARTE II
Botero
Botero visto por su hija
Sònia Hernández
Con más de 110 obras, la primera gran exposición del artista colombiano en Barcelona, y la mayor realizada en España, constituye más que una muestra, un placer, como Botero quería que fuera su pintura
Entrevista a Lina Botero en la Exposición de su padre, Fernando Botero en el Palau Martorell, Barcelona, jueves 13 de febrero de 2025.
Lina Botero ante la pintura ‘Homenaje a Mantegna’, que su padre pintó el año en que nació ella, 1958
Para Fernando Botero (Medellín, Colombia, 1932-Mónaco, 2023) “pintar era como tomar helado de chocolate”, la pintura era su vida, y la vida una celebración. Con estas breves afirmaciones resume su hija, la productora, comisaria e interiorista Lina Botero Zea (Bogotá, 1958), buena parte de la esencia de la pintura del maestro colombiano, a quien no recuerda haber visto ni un solo día de su vida sin pintar o dibujar.
Ya desde su infancia admiraba la pasión de su progenitor: “Yo lo que más le envidiaba era que tenía un brillo en los ojos como de niño chiquito. Era increíble, cuando yo era pequeña, me parecía que mi papá era un ser mágico, porque todos los demás papás eran hombres de empresa, abogados… y cuando tú eres niño lo único que quieres es pintar y dibujar, y mi papá eso era lo que hacía. Me parecía que había un mundo mágico en su mundo”, recuerda sin disimular la emoción que le suscita la evocación de la energía del artista.
Fernando Botero: 'El presidente y sus ministros', 2011 Colección privada
Lina, como sus hermanos Fernando y Juan Carlos, crecieron conscientes de que para su padre “no había nada más importante que su trabajo y su pintura; y nos inculcó también ese respeto por el trabajo de un artista, que me parece fundamental. No hay nada más importante que la vocación y la pasión de una persona, por eso lo que hay que hacer es fomentar y apoyar esa pasión”. Ella llegaría a convertirse en su más estrecha colaboradora, y asegura que todavía oye cómo le habla su padre.
Ahora, junto con la co-comisaria Cristina Carrillo de Albornoz, presenta una amplia selección del trabajo del artista en Barcelona, en el Palau Martorell, en una exposición producida por Arthemisia, que quiere poner de relevancia la excelencia de Botero en las diferentes técnicas artísticas, así como su relación con España y la importancia de los referentes de los que aprendió y en los que siempre se inspiró.
/ “Lo que más le envidiaba era que tenía un brillo en los ojos como de niño chiquito”, dice Lina Botero de su padre
A pesar de que su vida no estuvo exenta de dolor y tragedias, y aunque la exposición también reserva un espacio a las obras que el artista dedicó a la violencia que castigaba su país y el horror que le causaron las imágenes de las torturas en la prisión de Abu Ghraib (Irak), la hija insiste en recordar la vital entrega a la que fue su pasión y el optimismo de su padre: “Mi papá era una persona de una alegría absoluta, se ve en el humor que tienen sus cuadros. Estaba lejos de ser una persona melancólica o lúgubre”.
Ella nació el mismo año en que su padre pintó uno de los cuadros más destacados de la exposición de Barcelona, Homenaje a Mantegna , con el que obtuvo el primer premio en el XI Salón Anual de Artistas Colombianos, en 1958. La pieza se muestra por primera vez en esta exposición. Se le había perdido la pista durante décadas, hasta que la sala de subastas Christie’s informó recientemente a la familia de su salida a la venta y de que la había adquirido una prestigiosa colección de Estados Unidos.
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Su fascinación por dialogar con la pintura italiana de todos los tiempos y su capacidad para entender y actualizar los vastos universos de otros genios de la pintura es uno de los méritos por los que sus descendientes, estudiosos y admiradores reclaman para Botero un lugar de honor en el canon de los grandes maestros. Así lo defiende la exposición que acoge el Palau Martorell y que sus hijos vinieron a presentar a Barcelona a mediados de febrero después de su paso por Roma.
En México y sus muralistas, en opinión de su hija, el genio de Medellín aprendió a mirar su propia realidad y a aferrarse con más fuerza a las raíces de su Colombia natal. Gigantes de uno y otro lado del océano. Velázquez fue otro de los pintores que versionó. En el Palau Martorell puede observarse una Menina sin firmar porque, como cuenta su hijo Juan Carlos, lo realizó siguiendo las descripciones que Ingres escribió a un amigo cuando creyó descubrir los secretos estilísticos del genio de Sevilla. Al de Medellín le pareció que el cuadro que había resultado finalmente pertenecía más a Velázquez que a Fernando Botero.
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Veló porque sus hijos fueran capaces de construirse su propio mundo mágico tal y como él lo había hecho. Lina y sus hermanos residieron un tiempo en París con su padre: “Entonces, en lugar de preguntarnos por nuestras calificaciones en la escuela, nos preguntaba si habíamos ido a ver las películas de Fellini o de Vittorio de Sica o qué exposiciones habíamos visto o qué libros habíamos leído”.
Afirma la co-comisaria de la muestra, Cristina Carrillo de Albornoz, que Lina “heredó el ojo de su padre y la estética de su madre”, Gloria Zea, quien llegaría a ocupar, entre otros cargos, la dirección del Museo de Arte Moderno de Bogotá, de la Ópera de Colombia y de la entidad que se transformaría en el Ministerio de Cultura. Esa mirada y esa estética se fueron moldeando cada día que Lina asistió al maestro en su taller.
Fernando Botero: 'Baño del Vaticano', 2006 Colección privada
En el 2012 recibió el encargo de comisariar la gran muestra organizada por el Museo Palacio de Bellas Artes de México para celebrar los ochenta años del artista. Siguieron otras exposiciones en China, Roma o Madrid. Recuerda especialmente el último año, cuando ya estaba reducido por la enfermedad y por la tristeza de haber perdido a su última esposa, Sophia Vari, y ella lo acompañaba cada día al estudio, “su recinto sagrado”, comenta.
Las conversaciones se producían al finalizar la jornada de trabajo, porque en el interior del taller aparentemente se obraban varios milagros: la encarnación de sus obras, por un lado, y el rejuvenecimiento del artista por otro, ya que “parecía como si de repente perdiera diez años. A sus 91, se movía por el estudio ágilmente, extasiado. Y yo veía lo que estaba pintando, que eran unas acuarelas con una frescura increíble y con un trazo de hombre joven, pero detrás de su mano estaba la experiencia y la carga de tantos años de trabajo”, recuerda.
Fernando Botero: 'El Picnic', 2001 Colección privada
El universo imaginativo creado por el artista sigue bien vivo y no deja de expandirse. Lina, con sus dos hermanos, Fernando y Juan Carlos, han creado una fundación para seguir difundiendo el legado del padre, pero, también, para seguir descubriéndolo. Tras la muerte del maestro, en septiembre del 2023, fue tarea de los hijos inventariar y recuperar las obras acumuladas en los talleres de París, Colombia, Nueva York y Montecarlo.
“Me llena de orgullo sentir que, junto con mis hermanos, estamos continuando el legado de mi papá a través de la Fundación Fernando Botero, a través de la organización de importantes exposiciones internacionales y a través de publicaciones y de material audiovisual. Me enorgullece la responsabilidad que nos ha caído y es una forma extraordinaria de comunicar este universo tan completo y esa riqueza que es su mundo”, detalla.
Entre los hallazgos que se han dado en los últimos años, se encuentra un conjunto de pinturas que el artista había pretendido olvidar, o por lo menos mantener lejos, en el estudio de Nueva York, tras la muerte de su hijo Pedrito –está presente en un retrato en pastel de la exposición– en 1974. La tragedia marcó la obra de Botero y su vida, y se divorció de su segunda mujer, Cecilia Zambrano.
Cuando Lina y sus hermanos acceden al almacén donde se guardaban esas obras es uno de los momentos más emotivos del documental Botero, estrenado en el 2019, que ella produjo y dirigió el realizador canadiense Don Millar. Una nueva entrada en el universo imaginativo de un hombre que se empeñó en convertir la vida en una celebración.
Fernando Botero. Un maestro universal. Comisariada por Lina Botero y Cristina Carrillo de Albornoz. Palau Martorell, Barcelona, www.palaumartorell.com. Hasta el 20 de julio
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