Filosofía. Paseando entre los clásicos. D.Hernández de la Fuente

 

Paseando entre los clásicos

Alicia en el país de la filosofía


David Hernández de la Fuente


Escritor, traductor y profesor universitario español especializado en la antigüedad clásica


(Publicado en La Razón)


                                                          Aristóteles y Platón con otros discípulos


Hoy concluye esta contribución semanal en el periódico La Razón, que ha pretendido traerles semanalmente una actualización de la filosofía y la literatura clásicas para tiempos modernos, y me gustaría acabar con un pequeño cuento dedicado a una muchacha simbólica: una chica joven, quizá de 14 años, llamada Alicia. Ya saben que, en griego, este nombre quiere decir «Verdad» y que no otra cosa hemos de buscar, según la filosofía, en el tiempo que nos quede.


Al comienzo, la muchacha, claro, estaba plácidamente recostada en un prado cerca de un manantial, en un estado de duermevela, cuando se tienen todas las iluminaciones mágicas y verdaderas y se reciben algunas epifanías. En ese dulce tránsito entre vigilia y sueño, la chica empezó a soñar que perseguía a un animalillo -quizá un conejo blanco, ciertamente uno de esos personajes auxiliares de los cuentos- que la condujo a una caverna subterránea. Pero luego ese animalillo devino la típica criatura del umbral que nos ayuda a cruzar la puerta entre el mundo ordinario y el extraordinario, en un viaje al inframundo -la caverna de las ideas- que, como de costumbre, conduce al conocimiento de verdades más allá de lo aparente.


En esta historia, Alicia no solo viajó al país de las maravillas -que también-, sino al país de la filosofía.

Sócrates, Platón o Marco Aurelio, como otras escuelas filosóficas, han demostrado que son una buena guía para la época de las redes sociales y no caer en el pensamiento único que existe hoy en día.


El prado florido se tornó un lugar de la Arcadia y el animalillo parecía una criatura caprina, acaso un sileno, como decían que semejaba Sócrates, con su fealdad proverbial. El conejo blanco de esta Alicia de la caverna filosófica fue Sócrates, y su recorrido el del conocimiento. La muchacha ha ido conociendo la filosofía antigua, que nos ha acompañado durante estos meses y que vamos interiorizando ahora que vienen los meses estivales y el descanso después de un año lectivo intenso.


Nos ha acompañado no solo el proverbial Sócrates sino también su discípulo, el académico Platón y también el discípulo de éste, el inteligentísimo Aristóteles, que tuvo que “matar al padre” simbólicamente y rechazar la teoría de las ideas para que el mundo avanzara hacia la ciencia empírica que hoy nos gobierna. 

Pero antes de Sócrates estaban los presocráticos, a los que se ha pasado a revisar a lo largo del año. Estos nos han enseñado que lo más arcaico es lo más moderno  desde los milesios, Tales, Anaxímenes y Anaximandro-, pues empezaron a teorizar sobre los patrones que debían subyacer tras el mundo aparente de los sentidos: aun hoy hay que seguirles en nuestro vuelo autónomo hacia el conocimiento. 


El camino de Alicia fue abriendo puertas de esa caverna deslumbrante, las de la física, la metafísica, la política, la ética o la estética, en todo el rango de las disciplinas. Tras los anteriores filósofos vinieron los pitagóricos, con sus números, su teoría del alma y la reencarnación; y aún más allá nos encontramos con Parménides y los eleatas, y su implacable lógica en pos del pensamiento puro y abstraído de lo sensorial. Vino luego Heráclito con sus enigmáticas perlas y más allá, Anaxágoras y Empédocles. Finalmente estaban los atomistas, que iniciaban el camino de la modernidad.


Y después de platónicos o peripatéticos vino la cohorte de filósofos de época helenística y romana: los inefables cínicos, «punks» antes del «punk», contra-viniendo costumbres y escandalizando al burgués; los epicúreos haciendo filosofía en su jardín, con su materialismo y tranquilidad de espíritu, lejos del mundanal ruido de la política y la escala social; y los estoicos, que desde el principio se plantearon un escenario alternativo al epicúreo en el que la razón gobernaba, siempre en pos de las lecciones de su principio rector. 


El viaje ha sido inolvidable, entre ideas y doctrinas que permanecen, un verdadero «manual», breve pero certero, o una serie de «medicinas para el alma» como las de Epicuro, o unas «meditaciones» que nos permiten resistir todos los embates dela realidad, como las de Marco Aurelio. Alicia ya va despertando a la edad adulta y se da cuenta de que lo más importante es no dejar de pensar con los clásicos. 


Se ha percatado de que sus ideas son relevantes aplicables hoy, en medio de la crisis de valores y de la democracia, entre los vaivenes económicos y sociales, y con la irrupción de internet, las RRSS y la IA. Alicia ahora usará mejor estas herramientas o, quizá se irá absteniendo de algunas. Ha aprendido que Platón y Homero nos sirven más que Instagram o TikTok y que es mejor una charla amistosa en el simposio que una discusión en WhatsApp.


Espero que el viaje haya valido la pena y les haya animado a reflexionar en torno a las antiguas pero certeras doctrinas que nos han transmitido los ancianos de la tribu.

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