Artículos para meditar. Ciencia/Sociedad
I) Ciencia
Microplásticos: el ingrediente invisible en tu plato
David García Pérez
(Publicado en univadis.es)
Existe un término que en los últimos años cada vez está más presente en la actualidad cuando se habla de alimentación o salud: los microplásticos. El término microplásticos comenzó a popularizarse en la comunidad científica a partir de 2004, cuando el biólogo marino Richard C. Thompson y su equipo lo utilizaron en el influyente artículo Lost at Sea: Where Is All the Plastic?, publicado en la revista Science. A partir de ese trabajo, el concepto fue adoptado de forma creciente por investigadores, organismos internacionales y medios de comunicación para describir partículas plásticas de menos de 5 mm, convirtiéndose en un término de uso habitual en la investigación sobre contaminación ambiental. En la actualidad, de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), los microplásticos son partículas plásticas de diferentes materiales y formas (fragmentos, fibras, esferoides, gránulos, “pellets”, escamas o perlas, en el rango de 0,1 a 5.000 µm.
¿Qué son los microplásticos y cómo aparecen?
Los microplásticos se clasifican en primarios y secundarios según su origen. Los primarios se liberan directamente al medio ambiente y representan entre el 15 % y el 31 % de los microplásticos oceánicos; sus principales fuentes son el lavado de ropa sintética (35 %) y el desgaste de los neumáticos (28 %). En cambio, los microplásticos secundarios se forman por la degradación de plásticos de mayor tamaño, como bolsas, botellas o redes de pesca, y constituyen entre el 69 % y el 81 % de los microplásticos presentes en los océanos.
Los estudios más recientes confirman que los microplásticos están ampliamente presentes en el agua potable y en numerosos alimentos, lo que convierte la ingesta en una de las principales vías de exposición humana. En 2024, un estudio publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) detectó una concentración muy superior a la estimada previamente de microplásticos en el agua embotellada, lo que refuerza la preocupación por la exposición cotidiana. Ese mismo año, una investigación publicada en The New England Journal of Medicine encontró micro y nanoplásticos en placas de ateroma de la arteria carótida y observó que los pacientes en los que estaban presentes presentaban un mayor riesgo de sufrir infarto de miocardio, ictus o muerte durante el seguimiento. Aunque todavía no se ha establecido una relación causal definitiva, estos hallazgos, junto con la detección de microplásticos en órganos como la placenta, el cerebro y el hígado, respaldan la creciente evidencia de que estas partículas pueden desencadenar procesos de inflamación, estrés oxidativo y alteraciones cardiovasculares, por lo que representan un importante motivo de preocupación para la salud pública.
Los microplásticos en los envases alimenticios
En referencia a los aditivos plásticos presentes en envases alimentarios, un estudio del Instituto de Diagnóstico Ambiental y Estudios del Agua (IDAEA-CSIC), en colaboración con la Universidad de Florencia, ha demostrado que algunos de estos aditivos pueden migrar al pescado durante su almacenamiento doméstico en la nevera y el congelador. La investigación evaluó por primera vez esta transferencia bajo condiciones reales de conservación en frío y constató que la migración aumenta con el tiempo de almacenamiento.
El estudio analizó la migración de aditivos plásticos —como ftalatos, bisfenoles, ésteres organofosforados y plastificantes alternativos— desde distintos envases utilizados para conservar pescado fresco (bandejas de poliestireno, bandejas compostables, films y bolsas de congelación). Para ello, se evaluó salmón, atún y merluza almacenados en refrigeración (48 horas) y congelación (30 días), simulando las condiciones habituales de conservación en los hogares. Los resultados confirmaron la presencia de estas sustancias en todos los envases y su transferencia al pescado tanto en refrigeración como en congelación, siendo el tiempo de contacto un factor determinante. Algunos compuestos, como los bisfenoles, alcanzaron tasas de migración de hasta el 100 %, mientras que el plastificante DEHA superó el 95 % de transferencia en salmón. Además, la migración dependió del tipo de pescado: los compuestos más lipofílicos se acumularon con mayor facilidad en especies grasas, mientras que algunos bisfenoles mostraron una mayor transferencia en pescados con mayor contenido en agua.
El estudio también evaluó la exposición humana a estos contaminantes y concluyó que el pescado almacenado en envases plásticos presenta un mayor riesgo que el pescado recién comprado. En casi la mitad de los escenarios analizados se superó el umbral de riesgo establecido, debido principalmente al bisfenol A, un compuesto asociado a alteraciones endocrinas y potenciales efectos carcinogénicos. Estos resultados respaldan la necesidad de revisar la seguridad de los materiales en contacto con alimentos y de avanzar en la sustitución de aditivos plásticos potencialmente peligrosos.
El futuro de los microplásticos
La presencia de microplásticos en los alimentos constituye un problema creciente de salud pública, ya que estos contaminantes no solo pueden incorporarse a los alimentos a través de los envases, sino que también están presentes de forma natural en determinados productos marinos. Un ejemplo es el estudio realizado por la Agència Catalana de Seguretat Alimentària (ACSA) en 2024, cuyo objetivo fue evaluar la eficacia de los procesos de depuración para reducir la presencia de microplásticos en diferentes bivalvos, como mejillones, ostras rizadas y coquinas. Los resultados mostraron que la depuración disminuye la cantidad total de microplásticos por individuo en un 50 % en mejillones, un 26 % en ostras rizadas y un 26 % en coquinas, lo que demuestra que, aunque este proceso reduce parcialmente la contaminación, no consigue eliminarla por completo.
En este contexto, la Unión Europea aprobó en 2024 una nueva regulación para restringir progresivamente el uso de bisfenoles, entre ellos el bisfenol A, en materiales en contacto con alimentos, una medida que entró en vigor en enero de 2025 y que concede un periodo de transición de treinta y seis meses para su aplicación definitiva. Asimismo, la Unión Europea continúa reforzando su estrategia para reducir la contaminación por microplásticos mediante el Reglamento (UE) 2023/2055, en vigor desde octubre de 2023, que prohíbe de forma gradual la comercialización de productos con microplásticos añadidos intencionadamente, como determinados cosméticos, detergentes, fertilizantes o materiales de relleno para césped artificial, con el objetivo de evitar la liberación de unas 500.000 toneladas de estas partículas al medio ambiente en las próximas décadas.
En definitiva, la creciente evidencia científica pone de manifiesto la necesidad de reforzar las medidas destinadas a reducir la contaminación por microplásticos y la exposición de la población. En esta línea, la Organización Mundial de la Salud aboga por intensificar la investigación sobre sus efectos en la salud humana, desarrollar métodos estandarizados para su detección y reducir la contaminación por plásticos en origen como estrategia preventiva. Estas recomendaciones refuerzan la importancia de impulsar políticas coordinadas a escala internacional que permitan minimizar la presencia de microplásticos en el medio ambiente y en la cadena alimentaria.
II)
Sociedad
El peso de las palabras
Desplazadas
Juan José Millás
https://elpais.com/eps/2026-06-21/el-peso-de-las-palabras.html
¿Pero qué hay de esta mujer sin nombre, con un bebé sin nombre, qué hay de esta pobre mujer “desplazada” de su hogar?
El término desplazado (o desplazada, puto genérico incapaz) suele pasar por la lavandería antes de salir a escena. Está ahí, colgado de la percha, como un traje, para que lo utilicemos sin culpa. “Miles de desplazados”, decimos, y continuamos tan frescos porque no los vemos, no los imaginamos, no somos capaces de ponernos en su lugar. Desplazamos ligeramente una silla de su sitio para pasar la escoba. Desplazamos la cama unos centímetros para cambiar las sábanas. Desplazamos el cursor por la pantalla del ordenador para buscar porno. Desplazamos una maceta para que le dé el sol, o una pieza de ajedrez para huir del jaque, o el peso del cuerpo de una pierna a otra para…
¿Pero qué hay de esta mujer sin nombre, con un bebé sin nombre, qué hay de esta pobre mujer “desplazada” de su hogar en la República Democrática del Congo? Sin nombre ni ella ni el niño, y con la espalda cargada de un colchón y cuatro cosas más. No huye solo de un punto en el mapa. Deja atrás sin duda una cocina, una esterilla, una puerta, unos vecinos, una sombra familiar, una cama, un vaso, una butaca. Una geografía física, sí, pero sobre todo un espacio sentimental. Detrás de cada “desplazamiento” hay un estallido, una amenaza, un tanque, un grupo de violadores armados. El lenguaje tiene estas trampas. Llamamos “desplazados” a quienes han sido desalojados de sus vidas. Las fotografías devuelven a veces a la realidad el peso que las palabras habían perdido en las conversaciones. Todos vivimos “emplazados” en una red invisible de afectos, costumbres y rutinas que esta mujer acaba de perder.
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La migración no es un problema
- SERGIO DEL MOLINO
https://lectura.kioskoymas.com/el-pais/20260624/281681146593786/textview
Un experto en ficciones, Jorge Volpi, acaba de escribir un manifiesto breve y directísimo (Invasión alienígena: el falso problema migratorio) que se puede resumir en esta frase final: “El problema no es la migración, sino quienes afirman que la migración es un problema”. Y es un problema porque hacen pasar sus ficciones por realidades, convenciendo a muchos de que hay una invasión en marcha.
Llevo mucho tiempo diciendo lo mismo, pero lo digo mal. Con perífrasis, con matices, con datos, con ejemplos, con historias, con metáforas y con alusiones históricas al nomadismo y a la errancia. Volpi me ha convencido de que no merece la pena tanto traje: a este debate hay que salir desnudo y decidido. No, los inmigrantes no incrementan la delincuencia. No, los inmigrantes no desbordan las fronteras. No, los inmigrantes no desplazan a los trabajadores locales. Y, sí, los inmigrantes siempre se integran, como cualquiera que construye una nueva vida lejos de donde nació, pero en el proceso también dejan algo de sí mismos en la cultura de acogida: palabras, un acento, una manera de condimentar los platos, quizá alguna costumbre cotidiana… Nada dañino, nada que no pueda leerse como un enriquecimiento.
Son verdades del barquero fácilmente contrastables. Cualquiera puede comprobarlas con tres clics, pero no importa lo claro que se digan o lo mucho que se repitan. Quienes decidieron que la migración es un problema cerraron las orejas hace tiempo a cualquiera de estos asertos. La gente como Volpi y como yo no predicamos en el desierto —lo cual siempre tiene un prestigio coqueto: ¿a qué escritor no le gusta sentirse incomprendido de vez en cuando?—, sino para una audiencia de convencidos, y eso nos hunde en la frustración de no convencer a nadie.
Si la elocuencia y la verdad de los hechos no bastan para deshacer esta bola de fanatismo y xenofobia, quizá haya que pasar al tono acusatorio: declarar enemigos a los más frágiles de la sociedad es, como poco, canallesco. Bramar prioridades nacionales ante personas que ni siquiera tienen derecho al sufragio ni a casi ninguno de los recursos que justifican la condición de ciudadano es de un matonismo abominable, y demonizar con un acrónimo administrativo (menas) a los chavales con vidas quebradas que malviven en centros de acogida es, como poco, contrario a toda la caridad de esa cristiandad de la que se presumen estandarte. A ver si así, señalando su miseria, conseguimos lo que con la razón y los datos no logramos.
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