La risa y el humor. Dos miradas

 

Dos artículos sobre la risa y el humor. Miradas diferentes


                                                                                  Tomada de FILOSOFIA&CO


I)


EVOLUCIÓN HUMANA


ANA LOZANO DEL CAMPO


https://elpais.com/ciencia/2026-06-23/una-risa-ancestral-y-otra-puramente-humana-nacen-en-distintas-regiones-del-cerebro.html


Una risa ancestral y otra puramente humana nacen en distintas regiones del cerebro

Identifican dos circuitos detrás de las carcajadas involuntarias y de las que emitimos con intención social analizando años de estimulación intracraneal en este siglo




                                                                 Personas riendo


Quedas con alguien a tomar un café, quizás por primera vez, común en tiempos de aplicaciones de citas. Conversáis y, si la cosa va bien, colocas breves fragmentos de risa suave al final de sus frases. “Te escucho”, “me gusta lo que dices”, interpreta, y te devuelve más risas en instantes elegidos, midiendo volumen y duración. A veces, incluso, reís en sincronía. Pero, en un momento dado, una anécdota certera te arranca una carcajada contagiosa. Se añade así un eslabón a vuestro vínculo, sea añejo o incipiente, mediante un mecanismo espontáneo de conexión social que existe desde hace más tiempo que nuestra especie. Al llegar a casa te sientes muy bien y, por un momento, hasta has olvidado el dolor de espalda con el que amaneciste, y no es casualidad, sino fruto de la evolución.

Nos reímos casi desde que nacemos. Es más, lo hacemos desde antes de ser humanos, como demuestran los estudios comparativos con nuestros congéneres simios y otros carnívoros, que juegan a pelearse y alivian la tensión con expresiones faciales que nos resultan familiares. “La risa espontánea se origina en esos juegos y funciona como señal de que, aunque algún golpe llegue a doler, la intención sigue siendo amistosa”, explica Fausto Caruana desde el Instituto de Neurociencias en Parma, Italia.







Este neurocientífico cognitivo acaba de publicar un estudio sobre las bases cerebrales de nuestra risa junto a Sophie K. Scott, del University College de Londres y experta en la misma área. Ambos sugieren en Trends in Neuroscience, de la prestigiosa editorial Cell Press, que existen dos circuitos bien diferenciados detrás de la risa espontánea y de la voluntaria. Esta diferenciación ya existía desde la perspectiva clínica y la comportamental, pero ahora su revisión, de una treintena de artículos de este siglo, las vincula a dos redes cerebrales que gobiernan nuestra principal expresión de felicidad y disfrute.

Asomarse al cerebro en busca de la risa

Los estudios que recoge esta revisión se han hecho en la fase previa a la cirugía de pacientes con epilepsia resistente a los fármacos. Una vez abierto el cráneo, previa sedación profunda, se les despierta para observar sus reacciones motoras, cognitivas y emocionales ante la estimulación eléctrica de distintas regiones del cerebro. Esto, que por supuesto se controla para evitar cualquier daño, ha permitido mapear la risa que estalla como un acto reflejo, alejada de las áreas vinculadas al lenguaje, pero relacionada con movimiento faciales y emociones heredados de nuestro linaje animal. Y han podido diferenciarla de aquella que elegimos emitir como parte de nuestro discurso y que sí proviene de las áreas donde elaboramos la expresión verbal.

El mapa de la risa emerge de la revisión que Caruana y Scott han hecho de este tipo de intervenciones virtuosas, a las que añaden estudios en modelos animales y una perspectiva evolutiva y neuro-comportamental. Los científicos han logrado dibujar así “una hoja de ruta integral para comprender la arquitectura neuronal de la comunicación no verbal humana”, reza su artículo. La geografía del encéfalo no tiene una nomenclatura sencilla, pero, básicamente, las protagonistas son dos grandes áreas bien conocidas y asociadas a distintos momentos de nuestra evolución: la red cíngulo-temporal, más antigua, está detrás de la risa espontánea; y el sistema motor-opercular lateral, más reciente, aprovecha las redes del habla para elaborar la risa voluntaria.

La risa espontánea, que nace sin premeditarlo mediada por la red cíngulo-temporal, es una vocalización primaria con origen en esos juegos de “peleas” entre animales que buscan evitar agresiones reales, y que en humanos genera vínculos sociales. Pero, además, tiene efecto analgésico, modulando el umbral del dolor. La razón nos la explica Caruana: “Durante la risa espontánea, se modulan los sistemas de la serotonina y las endorfinas responsables del placer que sentimos en presencia de la persona con la que nos estamos riendo. La serotonina fortalece el vínculo social, pero además altera el umbral del dolor, y ahí es donde probablemente se origina el efecto analgésico de la risa”.






Por su parte, la risa controlada por el sistema motor-opercular lateral es estratégica y dependiente del contexto, pues se trata de un sistema voluntario, refinado y vinculado con el control motor del habla. Por tanto, tiene detrás una intencionalidad e incluso se coordina con las personas con las que se está hablando. En el estudio señalan que ambos tipos de risa presentan distintas colocaciones de lengua y laringe y que somos capaces de diferenciarlas: la espontánea la identificamos como más auténtica y contagiosa, mientras que la voluntaria podemos asociarla a quien la emite, porque posee señales identitarias gracias a que podemos controlarla, como el habla.

La ‘Piedra Rosetta’ de nuestro encéfalo

Sin embargo, el estudio también detecta una región que conecta ambos circuitos: el área motora suplementaria anterior (pre-SMA). Es interesante descubrir que existen puentes que conectan el “cerebro ancestral” con el más “moderno”, puesto que añade una capa más de complejidad a nuestra mente. En este sentido, Caruana menciona el yoga de la risa (laughter yoga) como ejemplo de cómo nuestro cerebro podría transitar de un tipo de risa a otro, básicamente, convirtiendo una carcajada voluntaria inicial es otra espontánea.

“Como ya he mencionado, la activación del circuito de la risa espontánea dispara cascadas de endorfinas, serotonina y dopamina. Un caso interesante aquí es el del yoga de la risa, donde una risa voluntaria colectiva puede derivar en una genuina risa espontánea con potenciales efectos beneficiosos. Esto tiene dos posibles explicaciones: o bien al escuchar la risa colectiva se activan neuronas espejo que reclutan el circuito responsable de la risa espontánea, o bien el área motora suplementaria, que conecta ambos sistemas, es la interfaz neuronal entre ambos tipos de risa”, explica el neurocientífico.

Los autores se aventuran a comparar la risa con la Piedra Rosetta, porque “proporciona una ventana única a una extraordinaria variedad de fenómenos”, afirma Caruana. “A través de su estudio, podemos investigar las relaciones sociales, la analgesia endógena, la interfaz entre vocalizaciones y lenguaje, los circuitos neuronales detrás de las emociones y trastornos neurológicos como la epilepsia gelástica, la incontinencia afectiva o la cataplexia, por nombrar algunos ejemplos”, añade. Creen que estudiando la risa podrían llegar a comprender mejor otras vocalizaciones emocionales, quizás con efectos analgésicos similares, pero que no se manifiestan tan fácilmente en pruebas de estimulación cerebral. “Quizás cuando lloramos o gritamos de dolor no solo estamos comunicándolo al resto, sino modulando también ese dolor”, conjetura Caruana.

Ejemplos en la cultura pop

Hablar de risa espontánea puede llevar a muchos a recordar algunos famosos ejemplos de la cultura popular. Es casi inevitable pensar en el Joker, a quienes los autores atribuyen ese síndrome de incontinencia afectiva que mencionaba Caruana. Este supervillano de los cómics de Batman y llevado al cine, entre otros, por Joaquin Phoenix en 2019, explotaba en risas, fuera de lugar e incomprendidas, por un posible daño cerebral en la red cíngulo-temporal. Esta risa no era muy contagiosa, como sí lo era, sin embargo, la que hacía flotar en el aire al Tío Albert en Mary Poppins (1964).

Caruana alude a otros elementos de la cultura popular cuando se le pregunta por cómo se puede trasladar todo esto a nuestras relaciones cada vez más digitales: “Los emojis ayudan hoy en día a resolver posibles ambigüedades en nuestro comportamiento digital: si le digo a un amigo ´cállate’ o ‘eres un idiota’, puede dudar si voy en serio o en broma. Un emoji que equivalga a la risa es una versión moderna del lenguaje que nuestros ancestros ya hablaban, la función que cumplen en este ejemplo es la misma”.

                                                   ***

II)

Teoría breve del buen humor


Jorge Freire


https://ethic.es/teoria-breve-buen-humor



El humor, desde la noche de los tiempos, desopila, esto es, desobstruye las cañerías del entendimiento, y de paso corroe la solemnidad de los pedestales y nos baja a la tierra, recordándonos que nada es para tanto.




Aunque el humor haya terminado en el mostrador del bromista y se nos antoje tan fútil como un chascarrillo de barra de bar, nació con la gravedad de la receta médica y del cirujano con serrucho. En tiempos de la vieja medicina hipocrática, el humor era una suerte de jugo: la secreción que recorría la geografía subterránea de las personas, gobernando sus arrebatos, sus calenturas y, en general, esas oscilaciones absurdas por las que el mismo compañero de oficina que en la cena de empresa te abrazaba con efusión te mira hoy como si fueras una carta de Hacienda. Todo depende, en fin, del humor con que esté uno…

La medicina galénica llamaba buen humor a la entente cordiale entre los cuatro inquilinos del cuerpo: la sangre del entusiasta, la flema del mustio, la cólera amarilla del iracundo y la bilis negra del melancólico. Conceptos errados que encerraban mucha verdad. Al fin y al cabo, ¿qué es nuestro estado de ánimo sino una negociación perpetua entre corrientes que, abandonadas a su capricho, reventarían las bajantes e inundarían el salón? Galeno pudo equivocarse de tuberías, pero no de edificio.


Toda comicidad nace de una descolocación. La teoría kantiana del humor lo explica como un derrumbe súbito de la expectativa. Puede ser la solemnidad hinchada que un alfilerazo guasón revienta con ruido de pedorreta. O puede ser la mudanza inesperada de registro: no es lo mismo llamar a tu madre mamá que «ascendiente de proximidad genética inmediata y titular del domicilio intrauterino en que se gestó el abajo firmante».

El ejemplo contrario, más peligroso para la libertad ambulatoria, consistiría en entrar en una sala de vistas, llegarse al juez y decirle: «Señoría, con la venia: qué cara de mono gasta usted». Claro que no habría en ello distancia cómica, sino la abolición de toda distancia, así como la comparecencia del principio de realidad en forma de pareja de la Guardia Civil.

Toda comicidad nace de una descolocación

Cuando el alma no se las arregla para mantener cada fluido en su cauce, aparece el malhumorado, esto es, el mal ventilado: aquel que deja escapar por cada juntura de su discurso los vapores de una comicidad fermentada en cuba de vino peleón. Qué le vamos a hacer si el humor corroe la costra, no la carne. El problema del mal humor es que hay carcajadas que, en vez de ventilar la habitación, revientan la ventana con el vecino dentro.

Filosofía y humor son primos hermanos, aunque ambos nieguen el parentesco. La filosofía teme que la sorprendan riendo, no sea que le quiten el birrete, y el humor teme que lo sorprendan pensando, no sea que le cierren la verbena y le encasqueten unas notas al pie; pero los dos nacen del mismo instante en que uno mira el mundo y nota que le bailan los goznes y le cruje la tramoya. Si la filosofía, Aristóteles dixit, nace del asombro, el humor nace del asombro de ver al Estagirita pisar una piel de plátano.

El buen humor sería, entonces, un disolvente de solemnidades; nada que ver, sobra decirlo, con el almíbar buenrollista del humor a favor de obra, que deja las instituciones pegajosas. En cuanto al humor incisivo o al humor corrosivo, quien usa tales términos incurre en pleonasmo; si el humor no roe, no limpia; y si no limpia, no es humor, sino risa floja. Pero no basta con roer ni con ser ácido…

Si Estebanillo González, inolvidable picaruelo, pudo ser llamado «hombre de buen humor» no era porque gozara de un equilibrio hipocrático; tampoco porque salpicara de dicharachos cada frase: la ocurrencia perpetua es una modalidad de incontinencia, y no hay vejiga mental que resista semejante desparrame. Un loro que habla una vez causa carcajadas; un loro que opina sobre la coyuntura nacional cada cinco minutos termina siendo desplumado, guisado y servido en pepitoria, con perejil encima. El humor exige silencio, demora, acecho y oportunidad.

El «buen humor» de Estebanillo, protagonista de la novela culminante del género picaresco, se debe a que, metido hasta el corvejón en el barrizal barroco, supo convertir sus sinsabores en peripecia, sin por ello dejar hacer una higa al poder y un corte de mangas al destino. El humor no necesita locales de stand up comedy con taburetes altos y ladrillo visto: a lo largo de los siglos le han bastado figones, trincheras, cotolengos, salas de espera, calabozos, aparcamientos y tanatorios porque cualquier esquina sirve para que un par de desgraciados intercambien unas palabras desopilantes antes de que la vida les pegue otra patada en los riñones. Porque el humor, desde la noche de los tiempos, desopila, esto es, desobstruye las cañerías del entendimiento, y de paso corroe la solemnidad de los pedestales y nos baja a la tierra, recordándonos que nada es para tanto.

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