La hoguera de los libros. W. Gallardo

 La hoguera de los libros


Por Walter Gallardo


Para LA GACETA - BERLÍN

(Publicado en La Gaceta. Tucumán.Argentina)



La imagen de un libro ardiendo nunca ha sido un buen augurio para las sociedades. “Allí donde se queman libros, se termina también quemando personas”, escribía el poeta Heinrich Heine a principios del siglo XIX en Almansor. Más de cien años después, aquella frase cobraría el carácter de una profecía: el 10 de mayo de 1933, hordas nazis alentadas por el ministro de Propaganda, Joseph Goebbels, encenderían simultáneamente gigantescas hogueras en 34 ciudades de Alemania con los libros de los escritores señalados como enemigos del pueblo, incluidos los de Heine, ajeno a esta ola de odio en su tumba de París desde 1856. A partir de entonces, como se sabe, llegaría un periodo de oscuridad y muerte.



                                          BERLÍN. La quema de libros orquestada por Joseph Goebbels en 1933.


Si caminamos hoy por la espaciosa y arbolada avenida de Berlín llamada Unter den Linden, desde la puerta de Brandeburgo en dirección a Alexanderplatz, a mitad de camino, en Bebelplatz, encontraremos el epicentro de aquella barbarie. Una cubierta de cristal al ras del suelo, como si se tratara de una ventana al pasado, permite observar una biblioteca subterránea, inquietantemente vacía, iluminada con reflectores que acrecientan el blanco desolador de los estantes desnudos. La obra pertenece al artista Micha Ullman y se instaló en los 90 para subrayar lo que fue el preludio de una monumental catástrofe. Desde allí y mirando

alrededor, se descubre el mensaje inequívoco de los pirómanos y sus mentores: el espacio elegido para la hoguera está rodeado de la Ópera, la Biblioteca Nacional y la Universidad Humboldt, entre otros edificios donde habita la cultura.


Como si la historia estuviera construida en gran parte por contradicciones o por imágenes multiplicadas a través del espejo de los tiempos, en este caso nos acerca pormenores inverosímiles, aunque reales. Cuentan que aquella noche caía una copiosa lluvia sobre la ciudad y eso impedía que el fuego progresara. A medida que iban pasando los minutos, las multitudes enardecidas comenzaron a desesperar al ver que su propósito se podría frustrar. Y cuando todos los intentos ya parecían haber fracasado, se les ocurrió la idea de acudir a los bomberos para encender las piras. Como es de imaginar, nadie estaba en condiciones de decir no a los adictos al régimen, de manera que 20.000 volúmenes alimentaron el fervor de los incendiarios.


Contra el olvido


Al leer este detalle, es fácil transportarse literariamente a Fahrenheit 451, la novela de Ray Bradbury. El protagonista, el bombero Guy Montag, vivía en una sociedad como aquella en la que los libros estaban prohibidos. Como miembro de unos escuadrones organizados por el gobierno, su tarea consistía en quemar cuanto ejemplar estuviera a su alcance. La obsesión oficial tenía como objetivo aplastar cualquier intento de pensamiento crítico. Y sospechaba, con acierto, que la lectura lo incentiva. En uno de esos operativos, Montag quedaría impactado por la imagen de una mujer que se inmola con su biblioteca, que prefiere sacrificar su vida antes que ver sus libros en llamas. A partir de allí, el bombero se sumaría a los ciudadanos para ejercer una peculiar resistencia: salvar libros memorizándolos. Su rebeldía hecha de simples recuerdos acabará costándole la persecución. No olvidar, viene a decirnos el autor, es tan imprescindible como peligroso.

La memoria, no obstante, suele ser frágil y selectiva, incluso insuficiente.

Las hogueras donde actualmente sucumben los libros arden de otro modo: tienen una condición sibilina, algo más sutil, aunque igualmente cínica y perversa. Se  ama censura y se ejerce a través de recodos legales. 


Así, en una de las democracias más antiguas, la de Estados Unidos, el cercenamiento del derecho a elegir qué leer ha alcanzado las dimensiones de un país autocrático. No es algo nuevo, pero se ha intensificado en la misma proporción que el fanatismo político. 


Curiosamente Fahrenheit 451 es uno de los más de 10.000 libros prohibidos en las bibliotecas escolares estadounidenses. Y muchos de ellos, paradójicamente, coinciden con los prohibidos en Rusia. Los títulos enviados a los infiernos son, por distintas razones, desconcertantes. 

Van desde obras de premios Nobel como John Steinbeck o Toni Morrison, pasando por Matar un ruiseñor, de Harper Lee, un clásico ganador del premio Pulitzer; o El señor de las moscas, de William Golding, una novela declarada de lectura imprescindible en las escuelas británicas; también Un mundo feliz, en la que Aldous Huxley imagina una sociedad dichosa a partir de la eliminación de la diversidad cultural, la religión, el arte y el amor; o 1984, ese libro de George Orwell cuya trama se ha tomado tantas veces como paradigma de la opresión. Sólo del prolífico Stephen King se han censurado 16 obras, entre ellas la famosa Carrie.


Pero esto no queda ahí: en defensa de los libros y los lectores llama la atención que en el país de la libertad cada otoño, desde 1982, se celebre con creciente éxito “La semana de los libros prohibidos”, organizada por la Asociación de Bibliotecas de Estados Unidos y Amnistía Internacional con el fin de generar conciencia de la situación.


Criterios de censura


¿Cuáles son los criterios para condenar un texto al ostracismo en una sociedad supuestamente independiente, diversa y democrática? La respuesta inquieta por su sectarismo: el 40% de las obras censuradas tienen a personajes negros en papeles destacados, mientras otro 20% incluye en el título referencias al racismo o la raza. Pero por encima de todo, nada resulta más perseguido que los libros con protagonistas homosexuales o escenas de sexo.

Según la asociación de escritores PEN America, los impulsores de estas campañas de derribo de la cultura tienen nombres reconocibles por su activa presencia pública: Moms for Liberty, Parents Defending Education o No Left Turn in Education. 

Su financiación proviene de donantes ampliamente conocidos por ser ricos y, sobre todo, por sus ideas radicales.

La lucha, como sucede cuando un bando sólo es noble y el otro, millonario, está siendo ganada hasta ahora por el segundo. Tal vez por ello, al revisar la historia, cae con peso demoledor una pregunta cargada de desaliento:

¿Qué ha cambiado desde aquellas famosas hogueras nazis?

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