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Mercedes y la semiótica

  • LEILA GUERRIERO


https://lectura.kioskoymas.com/article/282282441865263


                                                                 Mercedes Sosa


Mercedes Sosa, fallecida en 2009, fue la mayor exponente de la música folklórica de su país, la Argentina. Nació en Tucumán, donde una radio lleva su nombre: Radio Nacional Mercedes Sosa. Está coordinada por Enzo Ferreira, un dirigente del partido oficialista, La Libertad Avanza. Días atrás, Ferreira reposteó un tuit de alguien que se refería a Sosa como “esa gorda era un cáncer”. Ferreira agregó: “Gorda comunista”. Cuando los posteos generaron polémica, Ferreira dijo, primero, que eran “piezas de humor negro” y, después, que solo hizo “una descripción física e ideológica”. 


Como periodista y licenciado en Ciencias Políticas, es razonable que pueda comprender que aunque las palabras gorda y comunista no son ofensivas en sí, gorda suele usarse como insulto y comunista como una etiqueta despectiva. Sumar una descalificación física con una etiqueta ideológica utilizada como estigma produce un efecto acumulativo y genera lo contrario a una descripción: el reduccionismo a un estereotipo negativo. Para explicarse, Ferreira publicó en Instagram: “¿Estuve mal? En parte sí, y lo reconozco; pero hay cosas innegables que como periodista siempre voy a sostener con pruebas y argumentos. La cultura va mucho más allá de defender figuras emblemáticas, también tiene que ver con nuestras prácticas como ciudadanos y/o autoridades”. 


El texto no aclara en qué parte considera que estuvo mal, ni cómo su práctica como ciudadano y autoridad, llamando a Sosa “gorda comunista”, incide en la cultura. Hay otras prácticas más desapercibidas. Su cuenta de X es @malevo97. El Malevo Ferreyra fue un policía tucumano que participó de tortura y desapariciones en esa provincia durante la dictadura militar de 1976. Es posible que el señor Ferreira no tenga nada que ver con el Ferreyra aquel, que no mantenga una admiración lejana ni la tímida voluntad de un homenaje, pero no estaría mal que se interesara por una cosa que se llama semiótica.


                                  ***

Solo en un día


“Comete tres veces el mismo pecado y acabarás por creer que es lícito”. Proverbio judío

Puede que Netanyahu tras hacerlo en Gaza, Cisjordania y en el Líbano, lo crea ya así.


“La mente del fanático es un insaciable agujero negro, que engulle todo lo que hace la vida luminosa y

soportable”. Wole Soyinka



Ayer tenía mi hogar, estaba ocupada con los colegios de mis hijos, en reparaciones de mi

casa, en llegar a fin de mes con mi sueldo y pensaba como mejorar el porvenir de mi

familia. Con todas las limitaciones, éramos felices en mi querida Beirut.

Pasó solo un día y ahora estoy hundida. Mi casa destruída, mis hijos sin escuela, mi

marido herido en un camastro de un hospital en ruinas y nos tuvimos que alejar kilómetros

de nuestra ciudad, pernoctando en una tienda de campaña miserable, sin agua y

agradecidos por haber recibido un plato de comida. Mi vida, mi mundo y el de los míos

desapareció, se vino abajo, fue destruido.

¿Qué hicimos mal?, me preguntaron mis hijos. No le supe responder. ¿Es justa la vida?

¿O solo somos objetivos víctimas de la maldad y el terror que se encarnan en

Netanyahu,Trump o los ayatolás?

El Shaitán hebreo que ahora lidera ese pueblo vecino, ha decidido nuestro exterminio.

¿Tendrá desmemoria de lo que su pueblo ha sufrido desde siempre? ¿O es que actúa

simplemente como שָׂטָן, el adversario del pueblo judío que los desvía de su camino?

No habrá pensado que por cada uno que mata habrá creado decenas de nuevos

enemigos.

¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo? ¿Alguien parará esto?

O ¿alguien vendrá en nuestra ayuda?. Enmudezco, abrazo a mis hijos, les tapo los

oídos para que no oigan el estruendo de las bombas y ahora solo puedo llorar…

Rania


Un silencio compartido

  • JUAN JOSÉ MILLÁS

Hay gente, entre nosotros, que viene de otro sitio. La enfermera, por ejemplo, que hace días me sacó sangre en un centro de salud venía de otro sitio. Cuando éramos pequeños, un amigo mío y yo tropezamos, al volver del colegio, con un hombre muy alto que venía también de otro sitio. Se manifestó y se desmanifestó ante nuestros ojos en cuestión de segundos. Mi amigo y yo no nos dijimos nada hasta que un día, siendo mayores, nos encontramos en la calle y fuimos a tomar un café. Le pregunté si se acordaba de aquella escena y dijo que prefería no hablar de esas cosas. Pagué yo.


Hay personas que en la parada del autobús no esperan el autobús: esperan otra cosa. Eso es lo que quiero decir. Los que vienen de otro sitio no siempre lo saben. Tampoco se trata por tanto de una invasión organizada; más bien de un error administrativo del universo, una confusión de expedientes. Almas asignadas a un mundo que no es el suyo, cuerpos prestados, biografías aproximadas. Por eso, algunos parecen estar aprendiendo el funcionamiento de las cosas sobre la marcha: cómo se pide una copa de vino, cómo se espera el turno en la pescadería, cómo se finge interés cuando alguien habla de un bulto que le ha salido en la ingle.


Cuando volví al centro de salud para recoger los resultados, vi en la sala de espera a un hombre aturdido, con la boca abierta. Respiraba con dificultad, como si el aire de aquí le fatigara más que el de su lugar de origen. Durante un segundo, al pasar a su lado, pensé que iba a decirme algo en un idioma desconocido, pero que de algún modo entendería. No dijo nada. Nadie dice nada. Hay un pacto tácito entre los que vienen de otro sitio y los que creemos venir de aquí. Ellos no explican, nosotros no preguntamos. Seguimos entrando en el metro, sacándonos sangre, tomando café con viejos amigos que prefieren no hablar de ciertos asuntos. Y el mundo funciona, más o menos, gracias a esos silencios compartidos.

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