Breves artículos para leer (4)
Cuatro artículos.
I)
Bioética del espacio: claves para reflexionar sobre la vida y lo ultraterrestre
Investigador predoctoral en Filosofía y Bioética, Centro de Ciencias Humanas y Sociales (CCHS - CSIC)
El 1 de abril, la misión Artemis II volverá a adentrarse en el llamado espacio exterior, tras más de cinco décadas de ausencia humana en él. Artemis II busca iniciar una nueva era de exploraciones y descubrimientos.
Por ello, mientras la tecnología avanza y posibilita que nuestra especie visite la cara oscura de la Luna, no está de más reflexionar sobre qué significa dar ese salto y qué debemos tener en cuenta desde la Tierra.
La bioética del espacio es una filosofía de la vida, del espacio y, por consecuencia, del tiempo. Son estas tres dimensiones de la realidad las que, siendo independientes, al mismo tiempo convergen en una misma cosa: el cosmos. Así lo analizo en un libro de próxima publicación.
Pensar más allá
La vida tal y como la conocemos ocupa un espacio. Y este espacio no solo permite la extensión del movimiento sino que constituye el ser. Es decir, el individuo se relaciona a través de su contexto, desde su cultura, su sociedad y, además, su medio ambiente natural.
Sin embargo, concebir el cosmos es acercarnos a una noción del espacio inaprensible. Tenemos intuición de los espacios cercanos, terrestres, pero cuando se extienden más allá de nuestra capacidad de visión nos encontramos ante un abismo.
La bioética del espacio observa el mundo –del presente y del futuro– desde una dimensión ética. Se rige por cuatro fundamentos mínimos: el valor vida, la relación entre la tierra y el espacio, la posición biocéntrica y la regulación ético-jurídica.
No hay reflexión filosófica sin una mínima consideración de lo que es la vida, una vida que no solo necesita ser vivida, sino que debe desarrollarse bajo unos mínimos de dignidad y autonomía. Cuando hablamos del valor vida nos referimos a una concepción que da sentido a las relaciones entre humanos y otras especies, en un ecosistema global en donde el individuo es un sujeto que necesita ser tomado en consideración más allá de su utilidad comunitaria, sin jerarquías imperantes.
El valor vida general considera a todo individuo como valioso por el mero hecho de existir. Su valor radica en sí mismo, en primer lugar, y luego en su posición en favor de la salud del medio ambiente. Precisamente, la variedad en las expresiones de la vida –que existan bacterias y también secuoyas, leones y hormigas, seres humanos y tardígrados– rinde fuerza a este valor. El valor vida específico, es decir, operativo, nos ayuda a convivir de tal forma que podamos seguir las lógicas de la naturaleza sin abusos ni soberanías.
Comprendiendo el valor general podemos articular el valor operativo siendo responsables y sostenibles. De este modo, nuestra relación con, por ejemplo, un jaguar podrá ser cautelosa si hay amenaza de un enfrentamiento entre ambos, pero no concebirá al animal como un objeto fetiche al que podemos enjaular y despellejar. Será, en resumen, un individuo al que tenemos que respetar, igual que lo hacemos con los miembros de nuestra propia especie.
Así, imaginar qué hay fuera de nuestro huevo cósmico implica repensar nuestra relación con lo ultraterrestre. La existencia de vida inteligente más allá de los confines de nuestra posibilidad es un síntoma de su valor inherente y su fuerza intrínseca. La viabilidad de vida simple es una esperanza que nos ayuda a comprender qué somos en realidad.
El espacio es constante
La relación respecto a los espacios implica entender que tanto lo que está dentro de nuestro planeta Tierra como lo que está fuera son realidades de una misma cosa, parte de lo que somos. De este modo, tanto el terrestre como el exterior son espacios continuos: la evolución cultural de la Tierra influye en la evolución cultural del cosmos.
El Tratado de 1967, instrumento jurídico clave en la regulación del espacio ultraterrestre, contiene en su artículo II el principio de no apropiación nacional por reivindicación de soberanía. Esto busca asegurar que no se continúen las lógicas expansionistas y extractivistas propias de nuestro planeta más allá de él.
Por ello, la relación entre Tierra y espacio no debe de ser de posesión ni solo de uso, sino de valor, responsabilidad y copertenencia.
Posición biocéntrica
La bioética del espacio se fundamenta en la teoría pero puede ir más allá e intervenir en la conducta. Colocar la vida en el centro nos permite tomar partido en una visión del mundo en donde somos parte y todo con la misma fuerza e importancia.
Ocupar este lugar implica abrazar una posición fuerte, equilibrada y garantista que no pretende ser juez y parte, solo parte. El juez de la vida es inconcebible, porque no existe valorador en un mundo que entiende la vida como un valor inherente
Regular los derechos naturales
La referencia a la regulación ético-jurídica busca comprender el derecho sin someterse a las lógicas antropocéntricas. De este modo, con independencia de la especie, podemos llevar a cabo una ordenación justa, responsable, armoniosa y, sobre todo, centrada en la vida.
Esto ayuda a estar en el mundo de una manera ordenada y protegida, con garantías. Así, solo queda ir más allá del pacto social hacia un pacto ecológico, donde se tengan en cuenta la función y utilidad de la naturaleza pero también –y sobre todo– su valor.
La bioética del espacio ayuda a pensar en un futuro alejado del antropocentrismo, el colonialismo y las dualidades. Y así, proporciona una idea de mundo que no solo necesita ser imaginado sino también habitado. De esta manera, podemos adentrarnos nuevamente en lo ultraterrestre desde la comprensión de que vida y ética son una misma cosa.
Esta nueva etapa de la exploración espacial debe servir no solo para preguntarnos hacia dónde queremos ir, sino también quiénes somos y desde que posición deseamos partir.
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II)
Cuestión de unos días
- MANUEL VICENT
https://lectura.kioskoymas.com/article/282351161273920
Esto será cuestión de unos días, decían los felices agüistas en aquel balneario cerca de Viena el 28 de junio de 1914. A la hora del té a la sombra de los tilos una orquesta de violines y pistones tocaba un vals. En medio de esta perfecta armonía, de repente, la orquesta dejó de sonar. Algunos oyentes rodearon a un guardia que en ese momento estaba fijando en un tablón la noticia de que en Sarajevo el archiduque Francisco Fernando, heredero del trono del imperio austrohúngaro, había sido asesinado. Nadie dio demasiada importancia a ese hecho, de modo que el vals volvió a sonar de nuevo desde el mismo compás en que se había interrumpido.
Poco después empezó la I Guerra Mundial. Esto será cuestión de unos días, decían aquellos felices bañistas ataviados con pamelas y sombreros blancos. Fue una guerra de trincheras, de cuerpo a cuerpo, a bayoneta calada que empezó con un vals y duró cuatro años. Murieron casi 22 millones de personas. Así sucedió también aquel 17 de julio de 1936 en España. Llegaron las noticias de que los militares se habían levantado en África contra la República. Esto será cuestión de unos días, decía la gente mientras muchos preparaban el equipaje para irse de veraneo. Fue una tragedia cainita de tres años a sangre y fuego de la que este país tardó mucho en recuperarse.
También había amanecido un día radiante el 1 de septiembre de 1939. Alemania invadía Polonia. La radio transmitió junto a los bramidos de Hitler un éxito fulgurante. Esto será cuestión de unos días, decía la gente sin percatarse de que estaba comenzando la II Guerra Mundial, que produjo 70 millones de muertos. Hoy mientras la gente celebra fiestas, llena los bares y vive la vida con toda normalidad en algún lugar del planeta se produce un bombardeo. En efecto, piensas que esta también podría ser una cuestión de unos días, pero esta vez, sin saber por qué, el azar bélico ha añadido una extraña variable que vuelca el tablero y a tu alrededor el mundo se cae a pedazos.
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III)
¿Qué es Palantir? ¿Tecno-fascismo?
A continuación un artículo publicado en La Vanguardia sobre este tema.
El mundo según Palantir: la tecnológica publica un manifiesto que hace saltar las alarmas
Daniel Rodríguez Caruncho
La empresa de Peter Thiel aboga por el “poder duro” basado en el software y una mayor implicación de Silicon Valley en la industria militar
Entre todas los gigantes tecnológicos de Silicon Valley, hay uno que suscita especial temor: Palantir.
La compañía presidida por Peter Thiel –el magnate ultra que cree que democracia y libertad son incompatibles– quiere ser el ojo que todo lo ve. En los últimos años ha desarrollado sofisticadas herramientas de análisis de datos e inteligencia artificial que sirven tanto para perseguir a inmigrantes en Estados Unidos como para lanzar bombardeos masivos sobre Irán. Y ese software le ha permitido amasar cada vez más poder: la empresa no solo se ha infiltrado en todas las capas de la Administración Trump –de la CIA al Pentágono, no hay organismo federal que no trabaje con ella–, sino que mantiene tratos con múltiples gobiernos europeos –incluido el español, que recurrió a sus servicios en el 2023–.
Las asociaciones de derechos humanos hace tiempo que alertan de que los productos de Palantir a menudo se emplean para vulnerar las libertades civiles más básicas, pero eso no ha hecho mella en la actividad de la empresa. Es más, la tecnológica presume de su visión descarnada del mundo: el pasado fin de semana, publicó en sus redes sociales un manifiesto que resume su ideario, y que parece pensado para armar revuelo.
El texto, estructurado en 22 puntos, se basa en el libro La república tecnológica, publicado el año pasado por el director ejecutivo de la compañía, Alex Karp; y aboga por una mayor implicación de Silicon Valley en la industria militar estadounidense. Ya basta de fabricar solo productos de consumo: toca responsabilizarse de la defensa nacional. “Si un marine pide un rifle mejor, tenemos que fabricarlo, y lo mismo sucede con el software”, se lee en el documento, en el que también se pide abrazar un “poder duro” basado en las nuevas tecnologías. “La era atómica está terminando, y una nueva era de disuasión construida sobre IA está a punto de comenzar”, asegura Palantir.
Asimismo, en el manifiesto se exige al Gobierno estadounidense que reestablezca el servicio militar obligatorio, y se reclama el fin de “la neutralización de posguerra de Alemania y Japón”. Otro punto provocador es el que insta a Occidente a abandonar la idea de inclusión: “Debemos resistir la tentación superficial de un pluralismo vacío y hueco”, afirma la compañía, la cual en el pasado se ha reivindicado con orgullo como “completamente anti woke”.
Desde que comenzó a circular en redes, el manifiesto ha recibido críticas furibundas, y de los flancos más variados. Desde la izquierda, el exministro de Finanzas griego Yanis Varoufakis, dijo: “Si el mal pudiera tuitear, esto es lo que haría”; y desde la derecha, el politólogo estadounidense Richard Haniana se preguntaba: “¿Quién diablos se creen que son?”. Por su parte, el filósofo belga Mark Coeckelbergh describió el texto de Palantir como un “ejemplo de tecnofascismo”, mientras que el empresario y analista geopolítico francés Arnaud Bertand habló de una peligrosa “agenda ideológica” que promueve el “choque de civilizaciones”. Incluso Alexander Dugin, el gurú ideológico del Kremlin, expresó su disgusto, asegurando que el manifiesto era “iliberal” y “antihumanista”.
Y entre todas las reacciones, una lectura más escéptica: la del parlamentario británico Martin Wrigley, del Partido Liberal Demócrata, quien declaró que el documento “es o bien una parodia de una película de Robocop, o bien un inquietante discurso narcisista de una organización arrogante”.
A Palantir ya le va bien el ruido: presentarse como una compañía capaz de mover los hilos del mundo le sirve para atraer nuevos clientes y, sobre todo, disparar su cotización en la bolsa. En la última semana, el precio de sus acciones ha subido más de un 10%.
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IV)
Que conste mi asco
Sergio del Molino
https://lectura.kioskoymas.com/article/281663966596047
En una interpelación digna de un repetidor de sexto de primaria, Santiago Abascal ha llamado Juanma Moruno al candidato popular a presidir la Junta de Andalucía. Hay que alabar la madurez del aludido, que no se ha dado por tal, a diferencia de su partido, que ha corrido a las faldas voxeras para demostrar que, a ellos, lo moruno no les gusta ni en pinchitos. De ahí los pactos en los que cierran el grifo a Cáritas (aunque luego lo medio abran), que se hagan la picha un lío exigiendo no sé qué arraigos a los extranjeros y boicoteen la regularización en las administraciones que controlan.
Además de los insultos paranomásicos, el ambiente de patio de recreo se nota en la actitud abusona del machote que acosa al débil. PP y Vox se han coligado para darle una buena tunda a los más desgraciados y frágiles. Los quieren humillar, que sufran una ordalía administrativa, vagando de ventanilla en ventanilla, haciendo colas de madrugada, desorientándolos en los laberintos burocráticos que manejan. Los ayuntamientos del PP se han propuesto hacer de cada trámite un pequeño infierno: tal vez no puedan frenar la regularización, pero se la van a hacer sudar, recordando a los beneficiarios en cada paso que no son nadie. Porque pueden. Como el bruto de la clase que pega collejas al pringadete.
Es tristísimo que un partido de Estado que ha gobernado y ha aprobado también varias regularizaciones y nunca ha desbarrado con asuntos migratorios se preste a un maltrato sobre los más débiles e indefensos de la sociedad, señalados por los ultras como la fuente de todo mal, solo porque un señor con rasgos morunos ha llamado Moruno a un candidato suyo. Basta echar un vistazo a la paciencia de estos desgraciados en las colas de los ayuntamientos, a sus ropas de segunda mano, al orden conmovedor de sus carpetas, listas para la inspección desdeñosa del funcionario, que ha recibido la instrucción de hacerles volver mañana, como cuando Larra; basta contemplar de lejos esa dignidad de suela gastada, digo, para encenderse de la rabia que ellos no pueden permitirse.
Indigna la frivolidad de los matones y asusta la impunidad con la que se asienta sobre una sociedad que ya no sanciona el racismo. Que moruno sea un insulto en el país del mudéjar y de Averroes, donde hablamos la única lengua romance que suspira invocando a Alá, donde hasta la capital tiene nombre islámico, y esta eligió como patrona a una deidad sincrética de etimología árabe, la Almudena, revela una ignorancia tan embrutecida que no sé cómo empezar a combatirla. Al menos, que conste mi asco.



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