Historias de la Ciencia. Semmelweis/ F. Soriguer
HISTORIAS DE LA CIENCIA CON MORALEJA
Federico Soriguer
ENTREGA Nº 21
Semmelweis
Capítulos ya publicados
1. El precio de la ignorancia. Marcel Proust y compañía. (http://joaquinperal.blogspot.com/2025/01/historias-de-la-ciencia-con-moraleja-i.html)
2. La guerra de los huesos.
(http://joaquinperal.blogspot.com/2025/02/la-guerra-de-los-huesos-f-soriguer.html?m=1)
3. Koch, Ferrán y Cajal. Un cruce de historias (http://joaquinperal.blogspot.com/2025/02/koch-ferran-y-cajal-un-cruce-de.html)
4. Una factoría de genios
(http://joaquinperal.blogspot.com/2025/03/una-factoria-de-genios-f-soriguer_7.html%.)
5. Cajal, Río Hortega y los “Fake News .
(http://joaquinperal.blogspot.com/2025/03/cajal-rio-hortega-y-las-fake-newsv-f.html)
6. No es la raza, imbécil.
(https://joaquinperal.blogspot.com/2025/04/no-es-la-raza-imbecil-vi-f-soriguer.html)
7. Lombroso.
(https://joaquinperal.blogspot.com/2025/04/lombroso-vii-historias-de-la-ciencia.html)
8. Pero, ¿existe tal cosa como el método científico?
(https://joaquinperal.blogspot.com/2025/04/historias-de-la-ciencia-octava-entrega.html)
9. El caso Lysenko: Ciencia burguesa frente a ciencia proletaria
(https://joaquinperal.blogspot.com/2025/05/historias-de-la-ciencia-lysenko-9.html)
10. TUSKEGEE
https://joaquinperal.blogspot.com/2025/06/historias-de-la-ciencia10- entrega.html
11. (Primera parte) Piotr (Pedro) Kropotkin. Cuando la ciencia y la política son inseparables (PIMERA PARTE).
(http://joaquinperal.blogspot.com/2025/07/historias-de-la-ciencia-kropotkin-f.html)
12. (Segunda parte). Piotr (Pedro) Kropotkin. Cuando la ciencia y la política son inseparables.
(https://joaquinperal.blogspot.com/2025/08/historias-de-la-ciencia-11-entrega-2.html)
13. La expedición de Balmis. Un ejemplo de altruismo científico. (Primera parte)
http://joaquinperal.blogspot.com/2025/09/historia-de-la-ciencia-entrega-n-13-1.html
14. La expedición de Balmis. Un ejemplo de altruismo científico. (Segunda parte)
http://joaquinperal.blogspot.com/2025/09/historia-de-la-ciencia-entrega-n-13-2.html
15. Fidel Pagés. El descubrimiento de la epidural. Divinum opus sedare dolorem es. https://joaquinperal.blogspot.com/2025/10/el-descubrimiento-de-la-epidural.html
16 Creadores contra científicos. Por una tilde, ¡que no haría yo por una tilde!
https://joaquinperal.blogspot.com/2025/11/historias-de-la-ciencia-entrega-n-16-f.html
17. Egas Moniz y la psicocirugía
https://joaquinperal.blogspot.com/2025/12/historia-de-la-ciencia-con-moraleja-17.html
18. Dr. Placebo
https://joaquinperal.blogspot.com/search?updated-max=2026-01-20T07:06:00-08:00&max-results=11&m=1
19. Madame Curie y la primera guerra mundial), (autora:Drª Maricruz Almaraz.. https://joaquinperal.blogspot.com/2026/02/historias-de-la-ciencia-madame-curie-y.html
20. Gabriela Morreale y las Hurdes
https://joaquinperal.blogspot.com/2026/03/historias-de-la-ciencia-gabriela.html
ENTREGA Nº 21
Semmelweis
La historia de Semmelweis es bien conocida, pero me impresionó de tal manera la primera vez que la leí que no me resisto a incluirla en esta selección de historias científicas. Fue fue en la carrera, aunque no en las clases de Microbiología e Higiene cuyo catedrático era un latifundista extremeño, histriónico e imprevisible, que suspendía a todos los alumnos que se llamaban Castillo que era el nombre de un veterinario al que acusaba de no haber salvado a los cerdos de su finca. Tampoco en la cátedra de Farmacología cuyo titular lo era también de Terapéutica física y de Historia de la Medicina que al no tener claro cuando comenzaba una asignatura y terminaba la otra consiguió que muchas generaciones de estudiantes saliéramos sin saber ni historia ni farmacología ni terapéutica física, aunque en lo personal yo debiera estarle muy agradecido pues el hecho de que fue compañero de mi abuelo Carlos, también médico durante la guerra civil, bastó para que me diera matrícula de honor en las tres asignaturas de la que era titular. Tampoco fue en la cátedra de obstetricia y ginecología cuyo responsable tenía un libro en el que no figuraba la fiebre puerperal. No, la primera vez que me hablaron de Semmelweis fue por el viejo y cascado titular de la cátedra de patología general que al menos nos enseñó semiología y a explorar a los enfermos. Nunca olvidé esta historia.
Fue unos años más tarde cuando, “clínico de día y científico de noche” intentaba reconciliar a la clínica con la ciencia, me encontré los trabajos de Semmelweis sobre sepsis puerperal, en un libro sobre filosofía de la ciencia[1], como ejemplo universal de la manera de hacer ciencia por los científicos. Por primera vez, aquel joven clínico atribulado, que intentaba sacar paradas cardiacas en las guardias, mientras en el laboratorio de investigación montaba las técnicas de estimulación de la lipolisis por AMPc en células adiposas aisladas, se encontraba a un clínico que hizo investigación clínica y que era puesto como ejemplo de investigación científica en los libros de filosofía de la ciencia. Y eso, lo diré con modestia, fue para aquel confundido aprendiz de clínico y científico, un regalo del cielo.
El hombre (como especie) es un animal “inacabado”[2] que ha ido experimentado unos rápidos cambios corporales, cómo el caminar erecto, la bipedación, el estrechamiento del canal del parto y el gran aumento del tamaño del cráneo. Todos fueron imprescindibles para la construcción del Homo sapiens como animal cultural y tecnológico. Pero ha pagado un alto precio por su acelerada evolución. Especialmente la mujer y los recién nacidos a la hora del parto. De hecho, a lo largo de la historia humana la mortalidad materna o del recién nacido o de ambos no era infrecuente. Aún hoy la mortalidad materna es muy diferente entre países, oscilando entre Sierra Leona (~1360 por 100.000 nacimientos), República Centroafricana (~880 por 100.000 nacimientos) y Chad (~850 por 100 000 nacimientos) y en el otro extremo Finlandia, Grecia, Islandia y Polonia con un índice de 3 muertes maternas por 100.000 nacimientos[3].
En los últimos siglos uno de los motivos de mayor preocupación para los obstetras era la fiebre puerperal, descrita ya por Hipócrates, aunque no existe más referencias de ella hasta 1652 en la ciudad alemana de Leipzig desde donde se propagó por toda Europa, siendo mencionada con esta terminología en 1716 por Edward Strother.[4] Parece que fue el obstetra australiano Thomas Denman (1733–1815), el primero en sugerir que la fiebre puerperal era contagiosa y probablemente ligada a los médicos que atendían a las pacientes.[5] En el siglo XVIII la mortalidad de las mujeres con fiebre puerperal era muy alta, a veces del 90 %, muy especialmente en los hospitales, por lo que las mujeres tenían terror a dar a luz en los mismos. Esta fue la razón de que un médico húngaro que trabajaba en Viena se diera cuenta de que, si los facultativos se lavaban las manos antes de explorar a las enfermas, la enfermedad prácticamente desaparecía. “¡Dios sabe la cantidad de mujeres que he enviado prematuramente a la tumba¡” escribió Semmelweis lleno de desesperación al comprobar que todo era una cuestión de higiene.[6]
Ignaz Philipp Semmelweis, nació en 1818 en Hungría, entonces parte del imperio austríaco, cuya capital era Viena. Comenzó estudiando derecho en la Universidad de Viena en 1837, pero en 1838 cambió a medicina. En 1844, ya en Viena y durante su periodo de doctorado hizo amistad con destacados médicos como Karl von Rokitansky (uno de los fundadores de la anatomía patológica), Josef Skoda (pionero de los métodos de auscultación) y Ferdinand von Hebra (uno de los padres de la dermatología), que habían sido profesores suyos en la Universidad de Viena. Con 28 años fue nombrado asistente de la primera clínica ginecológica de Viena, donde la fiebre puerperal hacía estragos. Semmelweis, comenzó a recopilar información, a cuantificar datos y a reflexionar sobre lo que estaba ocurriendo. Consultó los archivos y registros del hospital maternal de Viena desde su apertura en 1784 hasta 1848.
Elaboró tablas con los datos de partos, defunciones, y tasas de mortalidad para esos años, registrando grandes diferencias en la tasa de mortalidad, entre años y entre salas, hasta confirmar, finalmente, el efecto de la atención obstétrica por parte de los estudiantes de medicina que eran quienes atendían a las mujeres de la Clínica 1, que solían hacer las autopsias de las pacientes fallecidas, en comparación con las tasas menores entre las pacientes asignadas a las matronas en la Clínica 2, que no tenían contacto con los estudios anatómicos en cadáveres.
Lo sorprendente es que estos datos no llamaran la atención de otros médicos ni de la dirección de la clínica, incluso cuando Semmelweis informó de ellos, que debían considerarlo “normal” o en todo caso, lo atribuían a causas extravagantes algunas de las cuales puso a prueba como hipótesis auxiliares.
Clínica I (estudiantes de medicina) | Clínica II (Matronas) | |||||
Año | Nacimientos | Muertes | Mortalidad (%) | Nacimientos | Muertes | Mortalidad (%) |
1841 | 3036 | 237 | 7,8 | 2442 | 86 | 3,5 |
1842 | 3287 | 518 | 15,8 | 2659 | 202 | 7,6 |
1843 | 3060 | 274 | 9,0 | 2739 | 164 | 6,0 |
1844 | 3157 | 260 | 8,2 | 2956 | 68 | 2,3 |
1845 | 3492 | 241 | 6,9 | 3241 | 66 | 2,0 |
1846 | 4010 | 459 | 11,4 | 3754 | 105 | 2,8 |
Total | 9,92 | 3,38 | ||||
Semmelweis concluyó con la elaboración de una nueva teoría, atribuyendo la fatal enfermedad a una "materia cadavérica" que sería transportada por las manos de los médicos y estudiantes que tenían a su cargo la atención de las madres en trabajo de parto en la Clínica 1, El doctor Klein que era el jefe de la sala 1 donde trabajaba Semmelweis, rechazó las conclusiones de Semmelweis, e impuso sus propias teorías que iban desde la brusquedad de los estudiantes a la hora de realizar los exámenes hasta el hecho de que la mayor parte de ellos fuesen extranjeros, procedentes de Hungría, sobre todo. De hecho, Klein llegó a expulsar a 22 de sus estudiantes, quedándose tan sólo con 20, pero esto no mejoró la situación entre las mujeres que acudían a la clínica para dar a luz.
A pesar de estar convencido de su hipótesis Semmelweis fue descartando mediante hipótesis auxiliares otras posibles razones, muchas de ellas defendidas por sus propios colegas, para explicar aquellas diferencias: la angustia que causaba el sonido de la campanilla del acólito que precedía al sacerdote, cuando éste se dirigía para administrar los sacramentos a las moribundas; “cambios atmosférico-cósmicos-telúricos”, la vergüenza que sentían las mujeres ante los estudiantes, el hacinamiento y la mala ventilación, la falta de pericia obstétrica de los estudiantes de medicina, la forma en la que yacían las mujeres, de espaldas o de lado en una u otra sala. Hubo, sin embargo, un hecho decisivo y casual: la muerte de su amigo Kolletschka, profesor de medicina legal, quien recibió una herida penetrante en un dedo, producida por el escalpelo de un estudiante con el que estaba realizando una autopsia, y murió después de una corta agonía durante la cual mostró los mismos síntomas de las víctimas de la fiebre puerperal.
También los hallazgos de su necropsia fueron en todo similares a los hallados en las madres y sus hijos víctimas de la fiebre puerperal, aunque por esa época no se había descubierto todavía el papel de los microorganismos en ese tipo de infecciones, Semmelweis comprendió que la “materia cadavérica” que el escalpelo del estudiante había introducido en la corriente sanguínea de Kolletschk, había sido la causa de la fatal enfermedad de su colega. Semmelweis defendió con vigor su descubrimiento y la salud de sus pacientes, “Hay que terminar con la matanza”, escribió. De nuevo Semmelweis puso a prueba esta nueva hipótesis. Ordenó que todos los estudiantes de medicina se lavaran las manos con una solución de cal clorurada antes de reconocer a ninguna enferma. La mortalidad puerperal comenzó a decrecer, y en el año 1848 descendió hasta el 1,27% en la Clínica 1, frente al 1,33 % de la Clínica 2.
Sin embargo, los resultados no fueron aceptados inmediatamente por la comunidad médica. De hecho, los principales cirujanos y obstetras europeos (con la excepción de Skoda, Rokitansky, Hébra), ignoraron o rechazaron su descubrimiento, argumentando que no era posible reproducir los resultados de su experimento, que había falseado la estadística y otros muchos argumentos en su contra.
Faltaba aun años para que Pasteur identificara las causas microbiológicas de las infecciones y, por otro lado, la comunidad médica no estaba dispuesta fácilmente a aceptar que eran ellos los agentes de la infección. Semmelweis sufrió el rechazo de sus colegas y algo más adelante escribiría una carta abierta en la que denunciaba lo que estaba sucediendo, que es una especie de Moi J'accuse de Èmile Zola contra la medicina (y por extensión contra la ciencia), que debería ser leída (eso lo digo yo) junto al juramento hipocrático a los jóvenes estudiantes de las facultades de medicina y a los asistentes a los cursos de metodología de la investigación: “Me habría gustado mucho que mi descubrimiento fuese de orden físico, porque se explique la luz como se explique no por eso deja de alumbrar, en nada depende de los físicos. Mi descubrimiento, ¡ay!, depende de los tocólogos. Y con esto ya está todo dicho... ¡Asesinos! llamo yo a todos los que se oponen a las normas que he prescrito para evitar la fiebre puerperal. ¡Contra ellos, me levanto como resuelto adversario, tal como debe uno alzarse contra los partidarios de un crimen! Para mí, no hay otra forma de tratarles que como asesinos. ¡Y todos los que tengan el corazón en su sitio pensarán como yo! No es necesario cerrar las salas de maternidad para que cesen los desastres que deploramos, sino que conviene echar a los tocólogos, ya que son ellos los que se comportan como auténticas epidemias...”.
En el hospital de Viena, prevalece la opinión del doctor Klein, su jefe, y el 20 de marzo de 1849 Semmelweis es expulsado de la Maternidad (se celebró un pseudo concurso con otro candidato), trasladándose a Budapest en plena revolución húngara, siendo aceptado en la Maternidad de San Roque, pasando los siguientes años escribiendo en secreto su principal obra: “De la etiología, el concepto y la profilaxis de la fiebre puerperal”, trabajo que por fin publica en 1861, más de una década después de la experiencia de Viena. En ella Semmelweis se lamenta de que: “… La literatura médica en los últimos 12 años continúa pletórica de informes sobre epidemias de fiebre puerperal, y en 1854 en Viena, donde nació mi teoría, 400 parturientas murieron de fiebre puerperal. En los textos de medicina mis enseñanzas son ignoradas o atacadas...”.
En 1854, ingresa como profesor en la Maternidad de la Universidad de Pest, y a partir de ese momento prácticamente en ese centro desaparece la mortalidad por sepsis puerperal. Poco a poco comienza con problemas de comportamiento[7], y tras un periodo de declive intelectual, es internado en 1865, falleciendo poco después con 47 años, habiendo diferentes versiones de la causa de su muerte, todas truculentas.
Semelweis no vio en vida reconocidos sus esfuerzos y sus investigaciones sólo fueron aceptadas muchos años después de su muerte, cuando Louis Pasteur confirmó la teoría de los gérmenes como causantes de las infecciones y descubrió el Streptococcus (1860), mostrando que era la causa de la infección puerperal, y con Joseph Lister quien en 1865 siguiendo las investigaciones de Pasteur, implementó el uso de los métodos de asepsia y antisepsia en cirugía.
He comentado al principio el fuerte impacto que en el periodo de formación postgrado tuvo para mí el conocimiento de las investigaciones de Semmelweis y de su vida. Siempre me pareció sorprendente la dificultad de los médicos para aceptar hechos científicamente probados. En el caso de Semmelweis, además, ni siquiera fue original en sus propuestas. Antes que él ya había habido diversas iniciativas sobre el uso de la higiene de las manos. En 1843 Oliver Wendell Holmes, en USA publicó “La Contagiosidad de la Fiebre Puerperal (The Contagiousness of puerperal fever)” donde señalaba, en contra de la creencia popular, que la causa de la fiebre puerperal era el contagio entre las pacientes transmitido por sus médicos, recomendando expresamente que “un médico dedicado a atender partos debe abstenerse de participar en necropsias de mujeres fallecidas por fiebre puerperal, y si lo hiciera deberá lavarse cuidadosamente, cambiar toda su ropa, y esperar al menos 24 h antes de atender un parto”[8].
En 1773 y 1795, siguiendo la teoría de la causa “miasmática” de las infecciones, diferentes autores habían publicado recomendaciones sobre la conveniencia de tomar medidas higiénicas en la atención a las mujeres con sepsis puerperal. En 1795 Alexander Gordon demostró la naturaleza contagiosa de la fiebre puerperal vehiculada por las manos de los médicos y matronas [9]. Incluso LJ Boër, a quien el Dr. Klein sustituyó en 1823 al frente de la maternidad de Viena había comenzado a aplicar a principios del siglo XIX normas similares a las indicadas por Gordon, consiguiendo reducir la mortalidad materna hasta el 0,9 %. Lo sorprendente es que el doctor Klein, dejará de aplicarlas, con lo que la mortalidad de las mujeres tras el parto subió hasta el 29,3 %, (una de cada tres mujeres).[10]
Debieron ser muchos los factores que influyeron en que los estudios de Semmelweis tardaran tanto en ser reconocidos.[11] El particular carácter del propio Semmelweis, el que no publicara él personalmente los resultados de sus investigaciones hasta años después, sino algunos jóvenes colaboradores suyos en congresos internacionales, la crisis política dentro del imperio austrohúngaro. En todo caso el peso de la tradición y la influencia de los maestros han tenido una enorme influencia en la práctica médica por lo que no es sorprendente que, a pesar de la existencia de antecedentes, las propuestas de Semmelweis que chocaban con las ideas médicas dominantes tuvieran tantas dificultades para ser aceptadas. Por otro lado el que no hubiera podido demostrar la “causa” influyó en que importantes líderes de la medicina como Rudolf Virchow, en una época fuertemente biologicista, consideraran poco científicos sus trabajos.
Esto último es especialmente interesante. De entre los que lo criticaron unos lo hicieron por cuestionar las bases sobre las que ellos habían desarrollado su práctica sin valorar la pulcritud científica del diseño de sus investigaciones y otros por no considerarlas suficientemente científicas al no haber podido demostrar la causa. Es este un error bastante extendido en la investigación científica en general y en la investigación clínica en particular, pues el objetivo de la ciencia no es, generalmente, la búsqueda de la causa, pues la causa última de cualquier acontecimiento es inasible para la ciencia que siempre pospone al paso siguiente la búsqueda de la causa última.
Es por esto que se suele decir que la búsqueda de la causa última no es un objetivo de la ciencia sino si acaso de la teología. En realidad, la ciencia tiene objetivos más modestos y se conforma con “explicaciones” que a veces son suficientes para que se solucione un problema o para que funcione un sistema. De hecho, así fue en el caso de la sepsis puerperal que antes de conocerse la mnnncausa y de disponer de antibióticos, la explicación de los mecanismos intermediarios fue suficiente para encontrar soluciones muy eficientes.
A lo largo de la historia los médicos han aprendido por acumulación de la experiencia. Este es el típico aprendizaje inductivo tan querido para filósofos de la ciencia como Bacon pero cuyas reglas y problemas (de la inducción) son bien conocidas por la historia y la filosofía de la ciencia.[12] Como se ha comentado arriba los experimentos de Semmelweis son motivo de estudio por los epistemólogos y filósofos de la ciencia quienes llaman al tipo de razonamiento usado por Semmelweis razonamiento inductivo por eliminación. Pero ¿es realmente un razonamiento inductivo o no hubo por parte de Semmelweis algunas presunciones, hipótesis o premisas que le llevaron a diseñar una estrategia que culminó con el descubrimiento de la antisepsia?
De hecho, en el complejo, largo y laborioso proceso de uno de los más importantes descubrimientos médicos, aquí solo resumido, se pusieron a prueba numerosas hipótesis auxiliares ya comentadas. Incluso una vez comprobado el efecto del lavado de manos de los médicos sobre la mortalidad parece que volvieron a hacerlo a la manera antigua, aumentado de nuevo la mortalidad, algo que ningún comité de ética de ningún hospital hoy, autorizaría, pero faltaban aún más de un siglo para que se inventara el nombre de bioética por Potter un cirujano americano y en aquel momento (solo) los médicos decidían lo que era o no bueno para los pacientes. La historia personal de Semmelweis, sin embargo, a la postre resultó dramática, aunque lo fue más para los miles de mujeres que pudieron haberse salvado de haberse impuesto la tesis de Semmelweis.
El ejemplo de Semelweis es de especial interés para la investigación clínica. Aun hoy hay quien duda de que la clínica sea una ciencia. Para quienes así piensan la clínica sería una disciplina aplicada y práctica que por su propia naturaleza es incompatible con el método y el rigor de la ciencia. Que la única ciencia posible seria la investigación biomédica. Para quien crea que exagero solo tienen que leer las declaraciones de algunos investigadores básicos cuando aluden como uno de los problemas de la actual pandemia del Covid19 a que el protagonismo lo hayan llevado los médicos (léase clínicos) en lugar de los científicos. No es este el momento de recuperar aquí este debate, pero el hecho es que, aunque algunos duden de su existencia, haber investigación clínica la hay, como demuestra el caso de Semmelweis.
Porque lo que distingue la investigación clínica de la biomédica es la índole de las preguntas. Preguntas sobre la etiología y la patogenia, desde luego, donde la investigación clínica se emparenta con la biomédica, pero también preguntas sobre el diagnóstico, el tratamiento o sobre la calidad y la gestión clínica. Preguntas que, por otro lado, solo puede ser hechas por los clínicos. Sin embargo, en los últimos años el modelo clínico está cambiando. Los jóvenes médicos son entrenados más en la cultura de la gestión que en el de la tradición hipocrática de servicio y más en el modelo tecnológico de ensoñaciones patognomónicas que en la lógica estocástica y en la gestión de la incertidumbre. El nuevo modelo sanitario necesita técnicos que resuelvan sus asuntos, gestores de listas de espera o de balances de resultados y no médicos con pensamiento crítico capaces de poner en cuestión todo el andamiaje en cualquier momento del proceso.
La necesidad curricular científica de las instituciones médicas que imponen los tiempos actuales, se están resolviendo mediante la creación de espacios de investigación básica vinculados a los departamentos clínicos. Una idea que dada la asimetría en la demanda de unos y otros (gestionar conocimiento los “verdaderos científicos” y gestionar unidades sanitarias, los clínicos), este dando lugar a que los líderes clínicos, en vez de orientar las investigaciones sobre preguntas clínicas, cuya competitividad es menor pues es más difícil hacer y publicar un buen estudio de cohortes que uno experimental o en células, por poner un único ejemplo, acaban construyendo su currículo sobre el currículo de los investigadores básicos y sobre cuestiones, por lo general, bastantes alejadas de los intereses de la clínica y por tanto de los pacientes.
Mientras tanto, la gran masa de clínicos de las grandes instituciones (verdaderos OPIS) permanecen ajenas a la creatividad científica, limitándose a resolver dentro de la cadena de producción del sistema, los problemas de alta prevalencia y baja complejidad, sin plantearse críticamente más innovaciones que las que vienen impuestas por los procesos asistenciales institucionales o, si acaso, participar en la selección de pacientes para las grandes cohortes de ensayos clínicos privados que son hoy una importante fuente de financiación de las fundaciones de investigación. En todo caso, hagan o no los clínicos suficiente investigación científica, la cultura científica es también importante para que no ocurra como en la época de Semmelweis cuando el resto de los médicos, con excepciones, no supieron romper las cadenas de la inducción que les permitiera aceptar las conclusiones de quien había sabido mirar de manera diferente y demostrarlo con rigor científico. Y, hacerlo hoy, además, sin que clínicos como Semmelweis y, desde luego, los pacientes tengan que pagar el precio altísimo que en esta historia pagaron Semmelweis y las mujeres.
[1]J.A. Diaz. C. Ulises Mouline. Fundamentos de filosofía de la ciencia. https://losapuntesdefilosofia.files.wordpress.com/2017/12/diez-moulines-fundamentos-de-filosofia-de-la-ciencia-moulines.pdf
[2] Soriguer Escofet, F. J. C. (2021). Un animal inacabado. Una historia del cuerpo humano. Málaga: Fundación Málaga / Ediciones del Genal.
[3] OMS, UNICEF, UNFPA. Evolución de la mortalidad materna: 1990-2015». Salud sexual y reproductiva (Ginebra (Suiza).
[4] https://history.rcplondon.ac.uk/inspiring-physicians/edward-strother-0
[5] https://en.wikipedia.org/wiki/Thomas_Denman_(physician)
[6] Comentario en Bill Bryson. El cuerpo humano. Guía para ocupantes, RBA, 2010, pp.332
[7] llega a pegar pasquines por las paredes de su ciudad en los que advierte a los padres de las mujeres embarazadas del riesgo que corren si acuden a los médicos y sufre alucinaciones.
[8] Ignaz Semmelweis. https://es.wikipedia.org/wiki/Ignaz_Semmelweis#cite_note-:0-6
[9] Dunn PM (1998). «Dr Alexander Gordon (1752–99) and contagious puerperal fever». Arch Dis Child Fetal Neonatal Ed 78: F232-F233.
[10] Ignaz Semmelweis. https://es.wikipedia.org/wiki/Ignaz_Semmelweis#cite_note-:0-6
[11] Noakes TD, Borresen J, Hew-Butler T, Lambert MI, Jordaan E. (2008). «Semmelweis and the aetiology of puerperal sepsis 160 years on: an historical review». Epidemiol. Infect, 136, 1–9.
[12] Federico Soriguer. Si don Santiago levantara la cabeza. La lógica científica contada en 101 historia nada científicas. Madrid, Incipit.2016.




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