Artículos muy interesantes/de Andrés Fdez/Rodríguez SJ/Mulet
A continuación comparto con vosotros tres artículos muy interesantes:
1) El culo nos hizo humanos
2) ¿Por qué los colores producen diferentes sentimientos en las personas?
3) La falacia del darwinismo social
1)
El culo nos hizo humanos
A. Victoria de Andrés Fernández
Profesora Titular en el Departamento de Biología Animal, Universidad de Málaga
Pocas partes de nuestra anatomía recaban más atención que nuestro trasero.
Foco de atracción indiscutible, los artistas han sabido desde siempre que las nalgas actúan como un poderoso imán para nuestras miradas. Por eso sus desnudos siempre han sido especialmente concienzudos a la hora de tratar esa protruyente sección de nuestros cuerpos. Desde la belleza perfecta del trasero de La Venus del Espejo velazquiana a la maravilla gluteica del Perseo de Bevenuto Cellini, tengo que reconocer que esa doble curvatura que corona nuestra porción aboral (en el extremo opuesto a la boca) me parece un prodigio de la naturaleza.
Venus del espejo, de Diego Velázquez. https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Diego_Vel%C3%A1zquez_-_Rokeby_Venus.jpg,
Pero no se confundan, mi veneración no va solo por la vía estética. Mi total fascinación es por lo que supuso su morfología para hacer de los Homo sapiens lo que somos.
Monos culones
El diseño del trasero humano es bastante peculiar. Si nos fijamos en nuestros primos evolutivos más cercanos (chimpancés, bonobos, gorilas y orangutanes), sus traseros no son especialmente globosos ni protuberantes muscularmente (aunque las callosidades, coloraciones o tumefacciones que lo puedan adornar contribuyan a destacarlos desde el punto de vista visual). Haciendo una comparativa proporcionada al tamaño corporal, los culos humanos resultan considerablemente más grandes, más redondeados, más musculosos y más proyectados dorsalmente.
Y eso ¿por qué? Pues el aspecto clave del cambio drástico de los traseros estuvo en el hecho de que nuestros antecesores se pusieron de pie. Algo tan difícil como caminar con dos puntos de apoyo en vez de con cuatro implicó bastantes cambios. Y para evitar darnos de bruces contra el suelo, fue imprescindible cambiar de nalgas.
Un culo nuevo que revolucionó nuestra historia
La bipedestación supuso una remodelación total de nuestro esqueleto. Reorientando el sacro, acortando y girando las crestas ilíacas y remodelando isquiones y pubis, se consiguió una pelvis mucho más adaptada a la posición erguida y capaz de soportar todo el peso que se le vino encima del tronco y la cabeza.
Además de una cadera más resistente, la cabeza del fémur (esférica) y el acetábulo (el hueco donde encaja esa bola) maximizaron su superficie de contacto, lo que redujo la presión sobre una articulación sobrecargada con tanto peso y mejoró nuestra estabilidad.
Pero en anatomía, los cambios nunca son aislados. Los músculos que se insertaban en este nuevo armazón óseo también cambiaron sustancialmente. Así, aunque nuestras nalgas estén constituidas por los mismos músculos que las de nuestros ancestros arborícolas (glúteos, piriforme, obturador externo, obturador interno, gémino inferior y gémino superior), sus formas se transformaron, especialmente las de los tres pares de glúteos. Y este cambio de forma supuso un prodigioso cambio de función.
Para empezar, nuestro gluteus maximus o glúteo mayor sufrió un extraordinario desarrollo que lo proyectó dorsalmente haciéndolo “respingón”. Así, el que hoy es el músculo más grande de nuestra anatomía dejó de ser sólo un estabilizador lateral (como ocurre en el resto de primates) para permitir dos cosas importantísimas. Por una parte, estabilizar el cuerpo erguido (y sin que colapse la pelvis) cuando levantamos una pierna para dar un paso. Por otra, algo muy interesante para un mono que acaba de bajar del árbol: poder salir corriendo teniendo solo dos “patas”.
Sí, tener un espectacular glúteo mayor con gran parte de sus fibras insertas directamente sobre el fémur es lo que posibilita la propulsión del cuerpo durante la carrera. La prueba la tenemos en el poderío de glúteos mayores exhibido en una final olímpica de 100 metros lisos.
Por su parte, el glúteo medio, que abduce la cadera (separa el muslo del eje central del cuerpo), estabiliza la pelvis durante la marcha a dos piernas. Lo consigue porque, cuando un solo pie está apoyado, el glúteo medio del lado de apoyo evita que la pelvis caiga hacia el lado contrario.. Por eso César, el caudillo de la rebelión simiesca en El Planeta de los Simios, camina balanceando bruscamente las caderas. Este andar, como de pato, es el que manifiestan las personas con lesiones en estos músculos, lo que se conoce como la marcha de Trendelenburg.
Estables sobre dos patas
El tercer glúteo, el menor, pasa de tener una orientación posterior a otra más lateral, lo que contribuye también a la estabilización al controlar el movimiento “fino” cuando caminamos o corremos. Lo consigue porque, al contraerse, mantiene “la bola” del fémur bien metida en la cavidad del acetábulo mientras el cuerpo se mueve. Así evita que aparezcan dolores laterales de cadera por sobrecarga de la articulación cuando el peso del cuerpo la presiona.
Los glúteos medio y menor consiguieron estos efectos biomecánicos no tanto por un cambio de forma, sino por alterar la orientación de sus fibras. Al disponerlas horizontalmente, facilitaron la abducción y la estabilización bípeda. Su alineación en los simios, mucho más vertical, es lo que les procura esa facilidad pasmosa que tienen para trepar.
En esta auténtica revolución arquitectónica que sufrimos los primates que nos volvimos bípedos, los ligamentos también se reorganizaron funcionalmente. Por poner un ejemplo, el gran desarrollo que experimentó el iliofemoral nos permitió estar de pie sin apenas gasto muscular. Los isquiotibiales, por su parte, se volvieron unos ayudantes estupendos de los glúteos mayores para procurar el esprint.
La guinda del pastel
Pero no nos engañemos. Unas nalgas bonitas requieren del efecto “culito de melocotón”. Es decir, necesitan esfericidad.
De eso se encarga el elemento remodelador por excelencia, esto es, una grasa bien distribuida. Pero ojo, el criterio estético no fue el que primó a la hora de que la selección natural dispusiera “grasa aquí y grasa allá” en nuestros traseros. Fue su polivalente funcionalidad. Y es que el tejido adiposo de las posaderas actúa como un cojín natural protegiendo los huesos de la pelvis (el sacro y el isquion, fundamentalmente), disminuyendo la presión al sentarnos (al mejorar la distribución de fuerzas) y absorbiendo gran parte de los impactos al caminar o correr.
Por si fuera poco, recientemente se ha descubierto que la grasa de las nalgas tiene propiedades protectoras frente a la resistencia a la insulina, la diabetes tipo 2 y muchas enfermedades cardiovasculares. La grasa, pues, fue la responsable de que el trasero terminara siendo un “invento” redondo.
Ya sabe, a partir de ahora, cuando se le vayan los ojos tras el redondito, proporcionado y aterciopelado trasero del Hermafodito de Villa Borghese, no sienta mucho cargo de conciencia. En realidad, tan solo está corroborando una gran verdad biológica: que el culo nos hizo humanos.
***
2)
¿Por qué los colores producen diferentes sentimientos en las personas?
Gabriel Rodríguez San Juan
Profesor de Psicología del Aprendizaje, Universidad del País Vasco
Hay colores que nos acompañan toda la vida. El verde de un jardín que ya no existe, el rojo del traje de aquel superhéroe o el azul oscuro de algo que preferiríamos olvidar. Aprender esas asociaciones no fue una elección: simplemente ocurrieron en el transcurso de nuestra vida. Y cuando volvemos a encontrar esos colores –en una pared, en una camiseta, en un atardecer– algo se mueve por dentro, antes de que hayamos tenido tiempo de pensar.
Algunas de esas asociaciones no son solo nuestras. Quienes vivieron situaciones similares suelen tender a sentir algo parecido ante los mismos colores. Pero quienes nunca estuvieron en ese jardín o se perdieron esa película posiblemente sentirán cosas distintas.
¿De qué manera los colores pueden llegar a despertar emociones y por qué estas pueden ser tan distintas en una persona u otra? Para responder estas preguntas, necesitamos primero entender bien qué es exactamente un color.
Una cosa es el mundo y otra nuestra experiencia de él
La primera idea que tenemos que considerar es algo contraintuitiva: los colores no están ahí afuera. En el mundo, no hay manzanas “rojas”. El color rojo es una creación de nuestro cerebro. Isaac Newton nos ayudó a entenderlo con uno de sus experimentos más célebres. Hizo pasar un rayo de luz por un prisma y reveló algo sorprendente: la luz se descomponía en tonalidades distintas.
Así empezamos a descubrir varias cosas. Primero, que la luz se compone de ondas de distinta longitud. Y, además, que la manzana es un trozo de materia que absorbe casi todas las longitudes de onda pero refleja las de alrededor de 700 nanómetros. La manzana no es roja. El rojo lo empieza a fabricar nuestro cerebro cuando los fotorreceptores de nuestras retinas reaccionan ante esas longitudes.
Hoy conocemos bastante bien los procesos físicos que transforman esas variables físicas en señales neuronales. Pero eso no basta para entender qué es el color. Para ir más allá, recurriremos a un experimento mental que propuso el filósofo Frank Jackson en la década de 1980.
El rojo que nadie puede explicarle a Mary
Imaginemos a Mary, una científica que sabe absolutamente todo sobre física y neurociencia del color, pero que ha vivido toda su vida en un mundo en blanco y negro. ¿Qué ocurrirá si un día abandona ese mundo de grises y ve una manzana roja por primera vez?
Aunque conozca toda la teoría y cada área cerebral implicada en la percepción del color, experimentará algo completamente nuevo que ningún libro le ha enseñado: cómo se siente el rojo. Esa experiencia subjetiva e intransferible es lo que los filósofos llaman qualia: el “cómo se siente” algo desde dentro.
La ciencia todavía no entiende bien cómo nuestro cerebro genera experiencias tan ricas y subjetivas a partir de meros disparos neuronales. Lo que sí sabemos es que esas vivencias a las que llamamos qualia no están hechas solo de información sensorial. Tienen muchos más ingredientes.
¿De qué están hechos los qualia?
Para entenderlo, pensemos en qué ocurre cuando interactúo con esa manzana roja. Mi cerebro no se limita a registrar las longitudes de onda que refleja su superficie: simultáneamente, procesa su textura, su olor, su sabor al morderla, la temperatura del ambiente, la compañía de quienes me rodean. Y, al mismo tiempo que procesa todo eso, genera una reacción emocional: una evaluación automática, casi instantánea, de si lo que estoy viviendo es agradable, amenazante o neutro.
Mi cerebro tiene además otra capacidad admirable: vincular todo lo que registra. Así, cuando miro la manzana, la muerdo y me doy cuenta de que estoy con mis hijas, todo eso –el color, el sabor, la alegría de ese momento– queda entretejido en una sola experiencia que el cerebro almacena, de manera que, cuando uno de esos elementos reaparece, los demás se reactivan con él.
Por eso, la próxima vez que esas mismas longitudes de onda activen mis fotorreceptores –aunque la manzana no esté, aunque mis hijas no estén–, algo de todo aquello regresará. Y, cuantas más experiencias acumule con ese color a lo largo de la vida, más rica, compleja y única se volverá mi experiencia sobre él.
De ahí que el qualia del rojo no sea simplemente el procesamiento de una frecuencia de luz. Es el resultado de fundir, en un instante, información sensorial inmediata, recuerdos almacenados y afectos acumulados. Tres tipos de contenido que el cerebro ensambla tan rápido y tan bien que los vivimos como una sola cosa indivisible. A eso es a lo que llamamos color.
Colores y emociones, un siglo de investigación
Los colores producen respuestas emocionales sistemáticas. Los resultados de un estudio que analizó 132 investigaciones realizadas en 64 países durante 128 años, con más de 42 000 participantes, muestran patrones consistentes: el rojo se asocia con emociones de alta activación –amor, ira, peligro, pasión–; el azul, con calma y confianza; el amarillo, con alegría; y el negro, con tristeza o poder.
Estos patrones aparecen en culturas muy distintas, algo que apunta a disposiciones innatas o a ciertos aprendizajes omnipresentes: el azul del cielo despejado, el rojo de la sangre, el amarillo del sol son señales ecológicas que compartimos como especie.
Otro hallazgo revelador es que cada color puede evocar emociones muy distintas, y una misma emoción puede ser evocada por colores muy diferentes. Eso no es un reflejo del azar: es la huella de las condiciones particulares de otros muchos aprendizajes.
Los psicólogos Stephen Palmer y Karen Schloss precisaron este mecanismo en su Teoría de Valencia Ecológica: nos gustan los colores asociados a experiencias positivas y rechazamos los vinculados a negativas. Si el amarillo de la infancia de alguien es el de la cocina de su abuela, ese amarillo será reconfortante. Si para otra persona es el del uniforme del colegio que odiaba, evocará exactamente lo contrario.
En definitiva, el rojo que tú ves se parece al rojo que yo veo… pero no es exactamente igual. Se parece porque compartimos la física, la biología y algunas experiencias. Pero no es igual porque, a medida que vivimos nuestras vidas, vamos construyendo una experiencia personal e irrepetible. Cada historia tiñe el color de manera distinta. Por eso, los colores no solo nos ayudan a describir el mundo: nos recuerdan también lo que significa ir viviendo una vida y no otra.
***
3)
LA FALACIA DEL DARWINISMO SOCIAL
Hoy sabemos que la diversidad genética es, precisamente, la clave para la supervivencia de nuestra especie. Pero la sombra de la pureza racial sigue pesando en políticas sociales y económicas.
- POR J.M. MULET
- https://lectura.kioskoymas.com/article/281586657095224
Francis Galton, primo de Charles Darwin, fue el primero que propuso que las teorías darwinistas debían aplicarse a la especie humana. Acuñó el término “eugenesia” en 1883. Consistía en hacer todas las acciones necesarias para mejorar las cualidades raciales de la especie humana. Si se podía mejorar el ganado mediante la cría selectiva, lo mismo debía hacerse con la especie humana, impidiendo la reproducción de los menos aptos, según criterios intelectuales o psicológicos. Darwin siempre fue muy crítico con estas ideas. En su obra El origen del hombre (1871) reconoce que en la sociedad moderna se permite la supervivencia de personas con enfermedades o discapacidades hereditarias, pero la compasión también era un producto evolutivo y no debía ser ignorada.
El camino abierto por Galton fue seguido por otros autores, como Herbert Spencer, filósofo británico que acuñó la expresión “supervivencia del más apto” y que fue uno de los primeros en aplicar la lógica de la evolución a la economía y la organización social. Para Spencer, el libre mercado era el mejor campo de batalla para que los individuos compitieran y “triunfaran” los mejores. Así, acuñó el término de darwinismo social. Las políticas eugenésicas se aplicaron en forma de esterilizaciones forzadas que se practicaron en diferentes países europeos y americanos durante los siglos XIX y XX. El darwinismo social de Spencer se convirtió en un potente argumento político, utilizado para derogar políticas sociales y justificar el capitalismo más desregulado. Esto también influyó en el pensamiento colonialista y racista que veía a ciertas poblaciones como inferiores o “menos evolucionadas”. En su forma más extrema, se convirtió en el sustrato ideológico de las políticas de pureza racial del Tercer Reich, con las consecuencias conocidas por todos.
El pequeño detalle que olvidan los que apoyan estas políticas es que el darwinismo social es a la teoría darwinista de la evolución lo que la astrología a la astronomía. Pura pseudociencia. Para empezar, parte de diferentes falacias argumentales. La primera es que el que propugna la teoría siempre se reserva el derecho de decidir qué criterios deben seguirse para seleccionar quién se considera apto y quién no. Curiosamente, ellos siempre se encuentran en el grupo de los aptos. Otro problema es que parece que no han entendido cómo funciona la evolución biológica. Que una especie se adapte mejor no quiere decir que sea una especie superior, sino que ha tenido la característica adecuada en el lugar adecuado y en el momento adecuado. En muchos casos esta mejor adaptación es pan para hoy y hambre para mañana.
Es muy frecuente que una especie que triunfa en un determinado ecosistema, cuando aparece un cambio mínimo, su ventaja se convierta en desventaja y sea la primera en extinguirse. Hoy sabemos que la diversidad genética aumenta la capacidad de supervivencia de cualquier especie porque siempre tienes más caracteres en el acervo genético y nunca sabes cuál vas a necesitar. No olvidemos que el azar juega un papel importante en la evolución. Aplicar políticas eugenésicas y de darwinismo social en un contexto determinado no llevará a una raza mejorada, sino probablemente a una raza endogámica con poca variabilidad genética incapaz de adaptarse a nuevas condiciones. La aplicación de políticas eugenésicas llevaría a la acumulación de enfermedades genéticas, como sucede en las poblaciones con poca variabilidad.
Y la estocada definitiva es el error de partida de considerar que la especie humana es como una especie animal más. Esto no es cierto. Gracias al desarrollo de la cultura y la tecnología, la especie humana ha adquirido la capacidad de cambiar el entorno en su propio beneficio y ya no está sujeta a las leyes de la selección natural.
El Homo sapiens, una especie africana que vivía en la sabana, ha sido capaz de colonizar todos los ecosistemas. Este es el verdadero triunfo. Superar el marco de la selección natural. No tener que correr delante de los leones te permite pararte a pensar e inventar la rueda. Que tu tribu no te deje abandonado cuando tienes una enfermedad como la esclerosis múltiple te permite descubrir la radiación de Hawking y entender cómo funciona el universo. Como dijo Darwin, la compasión y el cuidar unos de otros es el verdadero triunfo de la especie humana, y lo que nos permite sobrevivir.






Comentarios
Publicar un comentario