Libro.Política/ Arte/ Psicoanálisis
I)
LIBRO
El fin del mundo común
Máriam Martínez-Bascuñán
«La posverdad es el fin del mundo común»
Pedro Silverio entrevista a Mariam Martínez-Bascuñán
https://ethic.es/entrevista-mariam-martinez-bascunan
«La posverdad es el fin del mundo común»
Dice que el mundo común se está acabando. Si es así, ¿qué nos depara el futuro?
Yo hablo del fin del mundo común, pero no como algo irreversible. Es el diagnóstico que hago. Me detengo en lo que es el mundo común y mi diagnóstico es que la posverdad es esto, el fin del mundo común. Junto a Hannah Arendt defino esta idea del mundo común como aquello que nos conecta y nos separa a la vez. Nos conecta porque estamos todos en la misma realidad, pero al mismo tiempo nos separa porque cada uno la ve desde una perspectiva distinta. Arendt siempre habló de que la democracia tiene que velar para que exista ese mundo común. Que no se trata de que todos pensemos igual, sino que todos podamos discrepar sobre el mismo mundo. La posverdad no es que el político mienta, ya que los políticos han mentido siempre. Lo que pasa ahora es que el político utiliza la verdad o la mentira como un arma de poder para construir una realidad alternativa, que es una ficción. Lo que ha desaparecido es que hemos dejado de habitar en el mismo mundo. Para que haya un mundo común tenemos que mirar todos a ese mundo y discutir sobre él. El mundo común es también la erosión de todos esos intermediarios, de todas esas instituciones invisibles que ayudaban a sostener el suelo compartido para que fuese posible una conversación, la deliberación pública, e incluso las reglas del juego democrático. En el momento en el que caen todas esas instituciones invisibles con todos los consensos, es posible creer en realidades alternativas y en mundos ficticios que el líder es capaz de imponer. Lo vimos durante la pandemia. Por ejemplo, si alguien llega a decir que el virus no existe o que las vacunas tienen chips para controlarnos, ya no estamos discutiendo sobre el mismo mundo, ya no hay una conversación posible porque hemos roto ese suelo compartido.
«No se trata de que todos pensemos igual, sino que todos podamos discrepar sobre el mismo mundo»
«Sin pluralidad no hay mundo común», señala. ¿El problema es que los partidos políticos ahora buscan desprestigiar y deshumanizar al rival?
El problema hoy es que de alguna forma hemos sustituido la pluralidad por la lógica tribal. El tribalismo instala una lógica en la ciudadanía en la que la verdad no exige que la entiendas o que te preocupes; lo que exige es pertenencia. La fidelidad al grupo vale más que su propia opinión o que la evidencia, y el juicio crítico se convierte casi en un lujo innecesario. A los políticos les renta esto porque diluyen la pluralidad de perspectivas. Lo que estamos haciendo es meternos en tribus, en burbujas, y el criterio de validación de la verdad pasa por la palabra del líder. Nosotros repetimos lo que dice el líder frente a lo que dice el medio de comunicación desprestigiado o la evidencia científica. Hay que entender qué ha pasado para que esto ocurra, y hay que hacer una autocrítica. Muchas voces han quedado fuera de la conversación pública, fuera del radar de los políticos tradicionales y de los medios, como, por ejemplo, los chalecos amarillos. Lo que ha hecho el populista es decir: «Yo sí os escucho», se hace cargo desde la manipulación de esas demandas y las canaliza a través de la ira. Al darles voz, lo que ocurre es que homogeneiza esas voces, las manipula y, cuando llega al poder, vacía la propia democracia, ya que el populista acaba representándose a sí mismo.
«Hemos sustituido la pluralidad por la lógica tribal»
Hoy cobra sentido lo que apunta en el libro de que la tecnocracia de los Draghi deja el camino abonado para los Meloni…
Yo creo que sí. Lo hemos ido viendo con muchos temas, que por ser muy importantes o por considerar que nos jugábamos todo con eso, han salido de la discusión pública. Se han tomado decisiones políticas en nombre de la autoridad científica. Durante la pandemia esto sucedió muchísimo, y algunos políticos se envolvieron en la bandera de la ciencia y se parapetaron en ella para justificar decisiones. Al expulsar a la ciudadanía de ese tipo de decisión y escudarte en la autoridad científica, de alguna forma lo que estás preparando es el camino para la revuelta populista. Cuando se habla o se parapetan determinadas decisiones en élites de expertos, hay un riesgo de deslegitimar otras opiniones que no están especializadas. Esto genera una centralización antidemocrática, una salida tecnocrática de los problemas, que es la antesala del populismo. Cuando no explicas bien lo que quieres hacer o utilizas la autoridad del experto para justificar una decisión y la suprimes del debate público, la gente empieza a imaginar cosas, como que hay un interés oscuro. Un ejemplo claro fue este verano con los incendios. Las autoridades e instituciones parecían abandonar a mucha gente, que se sentía invisible y fuera de las decisiones políticas. El resultado no solamente es la revuelta populista, sino la antipolítica, que acaba siendo aprovechada por la ultraderecha.
¿Y cómo es posible debatir sobre estas cuestiones en medio de tanta polarización?
Es muy difícil porque todo ya ha tomado forma como una guerra cultural; cualquier tema, incluso el cambio climático, se vuelve una guerra de posverdad. Al final, se ha creado mucha confusión en la que ya nadie sabe a quién creer. Lo peor no es lanzar una mentira, sino dejar de creer en todo. Y dejar de creer en todo implica que si alguien te dice que ha ganado las elecciones cuando las ha perdido, pues hay un porcentaje muy importante de la ciudadanía que lo acaba creyendo. Para que esto suceda, han tenido que desprestigiarse los medios de comunicación, las instituciones electorales, las autoridades y los periódicos. Al final, lo que hacemos es adherirnos a la lógica de la tribu, a la narrativa, que además te canaliza la ira y te presenta un rostro de a quién odiar y contra quién protestar.
«La lógica de la tribu canaliza la ira y presenta a quién odiar»
En el libro señala que «tenemos una ciudadanía más desorientada que un pueblo engañado». ¿Puede ser porque la única ideología propositiva es la de la extrema derecha?
Yo creo que la clave es que se han convertido en buenos narradores políticos. Ellos tienen una forma de ver el mundo que reconoce a esas personas que se han sentido fuera y que da una visión coherente sobre el mundo, aunque sea ficticia. Por ejemplo, cuando Trump dice «Estados Unidos primero», es coherente con querer construir un muro más alto, o coherente con decir «cuidado que los inmigrantes se comen nuestras mascotas y hay que protegernos de estos bárbaros». Ellos son narradores políticos con narrativas perfectamente coherentes y diseñadas. Eso se intenta combatir con datos y con expertos, pero los hechos por sí solos no convencen a nadie. Además de datos y ciencia, lo que se necesita son narradores políticos que sepan contar los hechos de manera que interpelen a la ciudadanía y que nos hagan ver por qué importan.
¿Tenemos que asumir que el debate público va a estar ya para siempre inmerso en falsedades y posverdad?
Un programa político no debería ser reactivo, es decir, no debería estar todo el tiempo contestando las barbaridades del populista y no debería dejarse colonizar por la agenda del populista. Además, los políticos deben ser capaces de llegar a la gente con historias basadas en hechos. Yo creo que hemos menospreciado las emociones. Un político no puede ganar unas elecciones sin movilizar emociones. La clave está en qué tipo de emociones movilizas, si la ira o la esperanza, como hizo Obama. No vas a llegar a la gente solo con autoridad científica. Tienes que, basándote en esa evidencia científica, construir una narración política que convenza a la ciudadanía y la haga sentir protagonista, no espectadora, que la invite a ser parte de la solución, a deliberar, a decidir juntos.
«Además de datos y ciencia, lo que se necesita son narradores políticos que sepan contar los hechos de manera que interpelen a la ciudadanía»
Cuando habla de la autoridad de los expertos, señala que en muchas ocasiones se impone un criterio patriarcal y vale más la opinión de un hombre blanco que la de una mujer experta en el tema nada más que por ser hombre. ¿Hasta ese punto llega la preponderancia masculina?
Bueno, he escrito algunos trabajos sobre esa jerarquía de legitimidad en el espacio público a la hora de opinar. Esto ha sido así a lo largo de la historia; hay voces que gozaban de más autoridad y otras que han estado siempre en los márgenes. Los trabajos que yo cito en el libro tienen que ver con el Brexit y cómo se desprestigiaba a las expertas cuando hablaban de las implicaciones económicas. Ahí el ejemplo claro fue el secretario de Justicia del Reino Unido, Michael Gove, cuando dijo «estamos hartos de los expertos». Pero en el caso de las mujeres, la crítica muchas veces tiene más que ver con la identidad de la propia experta que con los argumentos que da. Esto demuestra la importancia de qué voces cuentan como narradores legítimos en el espacio público y qué voces se han deslegitimado, incluso la voz de la ciencia. Esto nos lleva a distinguir entre la verdad valiente, el discurso valiente, y el otro discurso que pasa por valiente porque dice que habla sin filtros. Y aquí hay una trampa peligrosa: se ha confundido la verdad valiente con el discurso «sin filtros». Verdad valiente es cuando alguien dice algo incómodo basado en hechos, aunque le cueste poder: un científico que advierte sobre el cambio climático contra intereses petroleros, un periodista que investiga la corrupción arriesgando su carrera. Discurso «sin filtros» es cuando alguien dice algo ofensivo o falso y lo presenta como valentía: Trump diciendo que las elecciones fueron robadas, políticos que llaman «valentía» a insultar minorías. No es valentía, es impunidad disfrazada de transgresión. La diferencia es crucial: uno desafía al poder con hechos o desde una voz con conciencia moral. El otro ejerce poder sin consecuencias.
«Se ha confundido la verdad valiente con el discurso ‘sin filtros’»
Cierra el libro hablando de los medios de comunicación y el periodismo con una sentencia muy dura: «El objetivo no es tanto salvar al periodismo sino la función pública que realizaba». Si no van a seguir siendo los medios, ¿quiénes serán los nuevos actores que lleven a cabo esta función?
No creo que tengan que ser otros actores, ni que vayamos a volver al mundo de antes. El espacio público ha cambiado y las redes lo han hecho. Hay una lectura positiva en esto: han entrado opiniones que eran totalmente marginales y que han roto el consenso hegemónico. Defiendo la importancia de la crónica y el relato de los hechos a partir de la imparcialidad homérica. La imparcialidad homérica, según Arendt, no guarda silencio sobre el vencido, da testimonio de Héctor y de Aquiles. Lo que hace Homero es mostrar todos los lados con dignidad y preservar esa pluralidad de perspectivas. La imparcialidad homérica no es equidistancia, no es tratar todas las afirmaciones como igualmente válidas, ni es dar el mismo peso a los hechos y a las mentiras. Es dar testimonio de hechos como son. A veces, esa falsa equidistancia hace que se normalicen cosas que nunca deberían haberse normalizado. La clave está en la pluralidad de perspectivas y la imparcialidad, que no es equidistancia. Lo que no podemos es volver a asistir a casos como la cobertura de la BBC en las elecciones de 2024, que ponía al mismo nivel una propuesta de justicia de Kamala Harris que las declaraciones de Donald Trump diciendo que iba a fusilar periodistas.
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II)
ARTE
Picasso. Memoria y deseo
https://www.hoyesarte.com/evento/2025/11/picasso-memoria-y-deseo/
Publicado en hoyesarte
El Museo Picasso Málaga presenta Picasso. Memoria y Deseo, una propuesta que toma como punto de partida Estudio con cabeza de yeso (1925) para examinar cómo las imágenes modelan —y, a la vez, desestabilizan— la identidad del sujeto moderno. Más de un centenar de piezas de referentes esenciales del siglo XX —entre ellos De Chirico, Léger, Cocteau, Man Ray o Magritte— acompañan la obra de Picasso en un diálogo que también incorpora la lectura que Salvador Dalí y Federico García Lorca realizaron de aquel enigmático óleo. Bajo la curaduría de Eugenio Carmona, la exposición traza un recorrido que discurre entre la memoria y el anhelo, entre la herencia cultural y la necesidad de reinventarse, mostrando cómo la subjetividad reinterpreta continuamente los símbolos que recibe.
Estudio con cabeza de yeso ocupa un lugar decisivo en el itinerario creativo de Picasso. Sobre ella se ha afirmado que marca un punto de inflexión, tanto en la evolución formal del artista como en su manera de concebir la pintura. En sus tensiones internas —ese cruce entre lo recordado y lo deseado— Carmona reconoce una suerte de metadiscurso visual donde el pasado irrumpe en el presente con la intensidad de un conflicto interior.
La obra nació en un contexto convulso. Las décadas de 1920 y 1930 en Europa estuvieron atravesadas por contradicciones extremas: mientras el colonialismo persistía y los nacionalismos abrían con violencia el camino hacia la siguiente guerra, distintos sectores sociales buscaban transformar sus valores y ampliar los márgenes de libertad. El arte moderno se difundió con rapidez, pero también comenzó a ser vigilado y rechazado por los nuevos autoritarismos. En ese clima, la memoria actuaba como un sustrato ineludible y, a la vez, como un territorio en disputa: el presente la invocaba para redefinirla, mientras los nuevos modos de vida alentaban un deseo constante de cambio.
La fe en el progreso técnico, lejos de disipar ciertos temores, convivía con un interés creciente por el análisis del yo y por la revisión crítica de las identidades heredadas. El surrealismo, pese a sus propias contradicciones, impregnó el ambiente artístico de la época. El vínculo entre memoria y deseo dejaba de ser una abstracción y se convertía en una experiencia vital: el presente se concebía como un flujo donde lo vivido y lo que aún no ha sucedido dialogan sin cesar. La memoria, entonces, dejaba de ser archivo para volverse materia activa, capaz de actualizarse según las urgencias del deseo.
En este panorama, los iconos creados por Picasso encontraron una extraordinaria resonancia. Aunque existía el precedente de De Chirico, la apuesta de Picasso transitaba caminos muy distintos y, desde esta perspectiva, se situaba al margen del «retorno al orden» o del llamado «clasicismo moderno». La obra del malagueño hacía convivir tiempos dispares en un mismo instante, y con ello ponía en cuestión esas categorías. De hecho, Estudio con cabeza de yeso puede entenderse como el cierre de su relación con ese debate estético: al convertir el busto antiguo en un signo del presente, Picasso y los artistas de su entorno desmontaban las nociones mismas de orden y clasicismo.
La pintura realizada por Picasso en el verano de 1925 condensa de forma ejemplar todas estas tensiones. Se trata de una obra construida como un entramado de signos, una auténtica psicomaquia visual. Carmona insiste en que su poder radica en esa constelación de iconos que pugnan por convertirse en emblemas, en esa condición de pintura que piensa a través de sus propios signos.
En el origen del cuadro está la alusión velada a la figura de su padre, profesor en la tradición académica del dibujo. Con ello, Picasso convocaba su propia formación: ese era el territorio de la memoria. Pero el gesto no buscaba nostalgia ni anacronismo; introducía el pasado en el presente para transformarlo. El busto, lejos de cualquier lectura académica, aparece desdoblado en perfiles que chocan entre sí, proyecta una sombra inquietante y mira al espectador como si reclamara ser interpretado.
La idea no quedó encerrada en un solo lienzo. Picasso la reactivó en numerosas obras posteriores: el busto se volvió símbolo, los rostros divididos y los perfiles en sombra se desplegaron como motivos persistentes, siempre modificados, siempre interrogantes. Esa deriva incesante constituía para el artista un espacio del deseo, entendido no solo como impulso erótico, sino como afirmación vital.
Figuras clave del siglo XX
El busto de yeso, los rostros desdoblados y el juego de sombras no fueron exclusivos de Picasso. De Chirico había utilizado algunos de estos recursos, aunque orientados hacia una paradoja inmóvil y silenciosa: sus figuras se cierran al mundo exterior, mientras las de Picasso se abren hacia una intensa vida interior. A partir de 1924, Fernand Léger también incorporó el busto y el perfil en sombra, coincidiendo curiosamente con las investigaciones picassianas.
La difusión de Estudio con cabeza de yeso en revistas especializadas avivó el interés de muchos creadores. Dalí, en 1926, tomó los símbolos picassianos y los entrelazó con la iconografía cristiana de la decapitación, utilizándolos para su propio autorretrato y para articular las claves de su psicomaquia en los inicios de su método paranoico-crítico. Los rostros divididos se convirtieron en un motivo central en su diálogo —a veces tenso— con García Lorca. Y el poeta, por su parte, reinterpretó esos mismos signos al explorar la complejidad del yo amoroso. La lectura conjunta que ambos hicieron de Picasso es uno de los ejes esenciales de la exposición.
También Cocteau, en permanente sintonía con Picasso, situó el busto y el desdoblamiento facial en el marco del mito de Orfeo, convertido en metáfora sobre la creación, la muerte y el amor, y como figura de autorrepresentación. Man Ray actuó desde otro ángulo: manipuló la efigie de Venus para interrogar las relaciones entre erotismo y cultura, y transformó el busto en un símbolo de la atemporalidad petrificada. Algo similar exploró Carl Van Vechten, quien trasladó estos motivos al universo del Harlem Renaissance, fotografiando, entre otros, al modelo senegalés Féral Benga.
Exposición «Picasso. Memoria y Deseo» en el Museo Picasso Málaga. © Museo Picasso Málaga. Foto: Jesús Domínguez.
Casorati y Jean Metzinger incorporaron el busto en interiores domésticos convertidos en escenarios artísticos. Magritte —que retomó elementos de Picasso y Cocteau— lo convirtió en un motivo recurrente hasta llegar a La Mémoire, donde el busto, asociado a lo femenino, exhibe heridas arbitrarias que revelan la fragilidad del recuerdo.
En el campo de la fotografía, Walker Evans y André Kertész otorgaron a su propia sombra un carácter icónico. Brassaï, Dora Maar y el propio Kertész exploraron la ciudad como espacio onírico y dieron un nuevo significado al maniquí femenino como escultura involuntaria, cuestionando los códigos de género. Brassaï y Maar documentaron además el taller de esculturas de Picasso en Boisgeloup, presentado como una relectura moderna de las antiguas salas de yesos académicos.
Las cuestiones de género se amplían con Eileen Agar, que subvirtió los roles asignados a las mujeres en el surrealismo al situarlas como sujetos activos de la mirada, y con Claude Cahun y Marcel Moore, cuyo célebre “doble busto” constituye uno de los referentes pioneros del arte transgénero.
Finalmente, Juan Gris incorporó el busto clásico en sus bodegones como homenaje a las artes, introduciendo formas suaves que más tarde retomaría Dalí. Y en España, artistas del Arte Nuevo —Moreno Villa, Prieto, Peinado, Palencia o Climent— entendieron la evocación del arte antiguo no como una renuncia ni como un gesto anacrónico, sino como un diálogo vivo entre capas de tiempo.
Exposición Museo Picasso de Málaga
Del 14 de noviembre de 2025 al 12 de abril de 2026
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III)
Psicoanálisis
Días pasados me encontré con un artículo breve que intentaba explicar lo que es el psicoanálisis. Lo escribía un psicoanalista y quizás os pueda servir para conocer esta disciplina terapéutica de forma muy sucinta, pero clara.
¿Qué es el psicoanálisis?
Por Alejandro Benedetto (Psicoanalista)
https://www.pagina12.com.ar/862225-que-es-el-psicoanalisis/
Si bien el psicoanálisis no está unificado y existen, actualmente, varias orientaciones y direcciones respecto de cómo entenderlo y practicarlo -el nombre de Jacques Lacan es aquí el parteaguas principal-, en el estado de la civilización en el que estamos, vamos a arriesgar una posible definición:
1.
El psicoanálisis es una de las más tardías y novedosas producciones culturales después del arte, la religión, la filosofía y la ciencia. No hay que confundirlo con ningún sistema de pensamiento, a saber, filosofía alguna. Sigmund Freud nunca pretendió que el psicoanálisis se convierta en una simple o compleja concepción del mundo.
Es una producción que hay que ubicar en el contexto de las denominadas ciencias conjeturales, ocupada en la investigación de una serie limitada de fenómenos. Jacques Lacan en 1964 la denomina ciencia de lo inconsciente.
Forma parte de lo que Max Weber llamó el proceso de desencantamiento del mundo iniciado en el siglo XVI por la reforma protestante en paralelo con las ciencias modernas. Esto es, al decir de Marcel Gauchet, la eliminación de la magia como técnica de salvación o, en sentido más amplio, el agotamiento del reino de lo invisible. En no pocas oportunidades, Sigmund Freud hablará del psicoanálisis como magia atenuada, subrayando el poder físico de las palabras.
2.
Una teoría rigurosa sobre el psiquismo humano, insoslayable para todas las teorías psicológicas hasta el momento postuladas. Un aparato de lectura de alta fidelidad sobre la relación de los seres humanos entre sí y de la relación del ser humano para consigo mismo.
La introducción de la hipótesis del inconsciente en la reflexión sobre la vida humana y sus derivas efectuará una ruptura epistemológica sin precedentes en el contexto de lo que Michael Foucault denominaba la “historia de los sistemas de pensamiento”. Reconocida por muchos, rechazada o desestimada por otros, imposible de ignorar o pasar por alto para todos.
3.
Una teoría innovadora que aborda lo real de eso que denominamos cuerpos humanos, muy distinto del real que gobierna los organismos animales -al cual también, en muchas formas, estamos sometidos- investigado y teorizado por las ciencias médico biológicas. Con el término pulsión, Sigmund Freud va a ubicar la relevancia, el valor, las consecuencias irreductibles que tiene lo sexual en la vida anímica de todos los seres humanos. Eso que los biólogos denominan instinto animal no aplica para explicar las diversas circunstancias en las que se ven implicados los cuerpos humanos.
Este principio de orientación que funciona muy bien en el reino de la naturaleza, donde existe para cada uno un objeto predeterminado que asegura la supervivencia de la especie, en el mundo humano, está perdido.
Los humanos nos orientamos siempre a través de los otros, condición irreductible para perseverar en la vida, lugar en el que nos armamos en el contexto de un mundo articulado por significantes y significados. Es decir, nos orientamos por la vía de la identificación al otro y el saber-no saber que de ese acto deriva.
Muchos de los más lúcidos antropólogos, lingüistas e historiadores del siglo XX confirman esta tesis. Emile Benveniste resume magistralmente lo antes dicho “El lenguaje está en la naturaleza del hombre, que no lo ha fabricado. Siempre propendemos a esta figuración ingenua de un período original en que un hombre completo se descubriría un semejante no menos completo y entre ambos, poco a poco, se iría elaborando el lenguaje.
Esto es pura ficción. Nunca llegamos al hombre separado del lenguaje ni jamás lo vemos inventarlo. Nunca alcanzamos el hombre reducido a sí mismo, ingeniándose para concebir la existencia del otro. Es un hombre hablante el que encontramos en el mundo, un hombre hablando a otro, y el lenguaje enseña la definición misma del hombre”.
Hablante y por lo tanto roto, extraviado en el mar que la palabra funda, preso de una ficción eficaz llamada humanidad, arrancado por siempre del reino de lo natural, lo dado, lo que encaja, lo que muta muy lentamente a riesgo de perecer. Lo que, a estas alturas de la historia, está profundamente intervenido, modificado, alterado por el poder sin límites del saber humano.
Friedrich Nietzsche, a fines del XIX, advertía: “la voluntad de saber nos conduce inexorablemente al ocaso”. La pulsión, lo real del cuerpo, es efecto de la incorporación del significante en lo vivo, las resonancias de la letra en la carne, un principio de desorientación, en tanto no articula el cuerpo a un objeto dado, sino que lo liga al juego formal del signo.
Desde ese momento no existirá para el humano un objeto adecuado que le garantice la vida, la satisfacción o la supervivencia. No habrá en los cuerpos humanos teleología alguna. Todo cuerpo se organiza y desorganiza en función del juego de demandas, deseos y necesidades de otros cuerpos hablantes. En este sentido el cuerpo es siempre cuerpo del Otro.
El concepto de sexualidad en psicoanálisis, fundado sobre el término pulsión, trasciende la concepción biológico–religiosa–popular de la sexualidad apoyada, fundamentalmente, en las ideas de genitalidad, reproducción y naturaleza. No quiere decir esto que las rechace, las acepta como objetos de análisis teórico.
La sexualidad humana para el psicoanálisis se hace extensiva a todas las etapas de la vida humana, se constituye como un campo específico de indagación teórica, una serie de relaciones simbólicas, imaginarias con sus imbricaciones carnales, y se despega y pone en tensión con todas las concepciones hasta ese momento -1905- formuladas.
4.
Por último, el psicoanálisis es, específicamente, una práctica, método de tratamiento, instituido socialmente, legitimado por quienes lo ofrecen y quienes se benefician de sus efectos. Está anclada y fundada en el poder transformador y curativo de las palabras. No al modo en que históricamente se ha usado el ensalmo o el hechizo, como bien lo mostro Lain Entralgo en el año 1958.
La novedad será que Sigmund Freud dará valor a la palabra de los propios implicados en los problema y enigmas que denuncian. No es la palabra del médico, del cura, del chamán la que tiene efectos, eso está en el campo de la sugestión hipnótica. Tampoco la de un paciente que dice lo que quiere y se descarga, eso es la catarsis.
Por el contrario, la palabra que cuenta en el psicoanálisis es la que circula entre un analizante y su psicoanalista, en el contexto de una relación muy particular, denominada por Freud amor de transferencia. Es algo que se arma, emerge, se articula en ese entre dos y siempre dice más de lo que queremos y mucho menos de lo que deseamos.







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