Las simples cosas. W. Gallardo
Las simples cosas
Por Walter Gallardo
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Dos hechos separados por casi treinta años se encuentran por azar en el pensamiento de este hombre que mira por la ventana de un café de Madrid. Se unen en un solo y fugaz destello que acabará dejando en él un instante de lucidez indeseada, a un mensajero mirándolo a los ojos con una carta en la mano.
El primero, a principios de los años 90, lo tiene como protagonista. Aquella madrugada de invierno viajaba en un autobús de larga distancia. Por entonces vivía en Argentina, en una de esas cíclicas etapas en que el país se entrega al llanto después de otra decepción. Un ruido mecánico, un metal que se rompe y luego un chirrido lo sacudieron de un sueño superficial. El autobús se detuvo y luego hubo un breve murmullo. “Hay que bajar”, dijo una voz, y todos bajaron. Afuera, el campo estaba helado y húmedo. Las luces del autobús, estacionado a la orilla de la ruta, se hundían en la oscuridad y dejaban ver una cinta de asfalto recta sobre la llanura. De tanto en tanto, algún camión pasaba con indiferencia. Encendió un cigarrillo y al soltar el humo elevó la mirada al cielo. Era negro y profundo. Las estrellas estaban colgadas como grandes farolas centelleantes. Alrededor, el silencio dejaba oír el ruido lejano de agua, un arroyo o un río quizás, y el aleteo de algunos pájaros semidormidos entre las ramas de unos árboles frondosos. Nunca antes había sido consciente de ese abrumador desorden, de lo que se denomina “universo” sin demasiado rigor. De pronto, dedujo que nada era casual, que estaba allí para percibir algo o recibir alguna noticia. Pensó también que sería difícil conservar fielmente los detalles. Algo le decía que cada vez que recordara esos instantes, las imágenes se irían difuminando hasta quedar, un día cualquiera, veladas por la bruma de la memoria.
Una hora después, otro vehículo vendría a auxiliarlos. Al reiniciar el viaje, ya no podría dormir. Desde la ventanilla ligeramente empañada, vio el amanecer avanzando con una luz cobriza sobre los sembradíos y arboledas, y alguna casucha con las ventanas iluminadas a lo lejos. Alguien, a quien jamás conocería, estaba iniciando su jornada. El cielo había cambiado de color, era ahora de un azul claro y luminoso. Una suerte de presencia incómoda dentro de su cuerpo lo hacía removerse en el asiento. Quizás eran las preguntas. Nada inquieta tanto como no saber de dónde vienen ni cómo responderlas. Sólo tenía una certeza: llevaba un secreto nuevo que los otros pasajeros, adormecidos en la penumbra del autobús, ignoraban.
El segundo ocurriría en Madrid, en casa del pianista nonagenario al que fue a entrevistar. Por entonces, su profesión de escritor de obituarios para un periódico lo llevaba a hablar con personas que sentían la urgencia de contar algo antes del final. El pianista lo condujo hasta una sala de gruesas cortinas, un lugar apenas iluminado por una lámpara, en el que parecía haberse instalado la noche. “¿Por qué lo he llamado?”, dijo sin darle apenas tiempo a sentarse y sin que nada llevara con tanta inmediatez a esa pregunta. Se respondió a sí mismo acercándole una foto en blanco y negro. Evidentemente, ese era el motivo de la cita. Allí se veía a un niño sonriente con un traje de marinero, apoyado sobre una enorme roca en las sierras. Sería el día de su comunión, pensó. Jamás supo el porqué de ese atuendo que sugiere barcos y mar en medio de la meseta. A un costado, como un intruso y recostada sobre el suelo árido, se proyectaba la sombra de quien había tomado la fotografía. La observó en búsqueda de algún detalle que le dijera algo hasta que desistió de encontrarlo.
Impaciente, el pianista habló: “El otro día volví a verla”, dijo como aludiendo a una persona y no a una roca. “Fui con el entusiasmo de quien se encontrará con una antigua amiga, pero ella pronto me mostró que algo severo y definitivo encerraba su silencio. Han pasado más de ochenta años entre un momento y otro, aunque el tiempo sólo se ha ocupado de mí, de este cuerpo ahora maltrecho que lleva conmigo casi un siglo. Ella no necesitaba explicar las evidencias: comprendí que todo lo que me rodea, desde ese piano que usted ve en aquella esquina o este traje que llevo puesto, todo durará más que yo o, si prefiere entenderlo de otra manera, las cosas, las que llamamos con cierta ingenuidad “simples cosas”, las que se pueden recordar asociadas a un nombre, comienzan a resultarme hostiles, van desprendiéndose de mí, al parecer dueñas de un testimonio grave que me deben ocultar. En definitiva, compruebo que no soy yo quien se despide, sino que son estos objetos los que se resisten a serme útiles o cómplices de mis rutinas”.
El pianista se quedó mirándolo, tal vez a la espera de que lo consolara desmintiendo sus sospechas. Sin embargo, no hubo más que una mirada atenta, sin ningún contenido. “¿Podemos hablar de esto?”, dijo con una voz suplicatoria. “Creo que ha llegado la hora”.
El hombre mira a la gente pasar por la acera. “Son sólo recuerdos”, se dice, renunciando a encontrarles una conexión o un sentido. Ha pensado en pedir otro café, pero aún no se decide a llamar al camarero.
El pianista murió hace un par de semanas. No ha sorprendido a nadie. Tenía razón cuando en aquella entrevista comentó que su muerte haría dudar a algunos sobre la actualidad de la noticia. “Hay gente que hace años que no me cuenta entre los vivos”, dijo. “En cierto modo, no está equivocada: soy yo quien empieza a sentirse incómodo en un mundo en el que nadie reconoce al mío y donde el futuro ya no es una opción para mí”.
Al final, no pedirá otro café. Necesita caminar, así acostumbra a dejar atrás los pensamientos sediciosos. Al salir y girar en la esquina, le llama la atención encontrarse otra vez con una mujer joven que ha visto hace unos minutos desde la ventana del café. Es delgada y tiene el pelo largo. El vestido que lleva puesto dibuja un cuerpo sinuoso. Camina sobre tacones altos contoneándose, orgullosa de su juventud. Al pasar a su lado, tan tentadoramente cerca, puede percibir su perfume; es cítrico, lo transporta a algún lugar remoto al final de una tarde de verano. La mira con atención, incluso con deseo, pero ella sigue su camino, indiferente, como si flotara y como si él no existiera.
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