¿Retorno a la espiritualidad?. A. Ortí// C.J González Serrano

 A continuación dos artículos sobre las corrientes que hablan del retorno a la espiritualidad.

El primero más periodístico como introducción y el segundo más profundo  pero que ambos pueden servir para la reflexión y el debate.


I)


El “boom” de la espiritualidad laica


Antonio Ortí


https://www.lavanguardia.com/vivo/tendencias/20251124/11287819/postreligion-rosalia-como-espiritualidad-convertido-consumo.html



                                                        Rosalía



                                               Cartel de la película Los Domingos

La postreligión de Rosalía o cómo la espiritualidad se ha convertido en otro bien de consumo


La nueva “religión” parece ser creer en uno mismo, consumir y evadirse todo lo que sea posible: cada día hay más “mendigos emocionales” que intentan ingerir todo tipo de brebajes para refrescar el alma


Aunque se trata solamente de un disco, Lux, el nuevo trabajo de Rosalía, está atravesando fronteras físicas y mentales. Más allá de que las canciones del álbum han dividido el mundo en dos mitades, por un lado quienes las aplauden (la mayoría) y de otro, quienes la critican, la cantante de Sant Esteve de Sesrovires, se ha querido proyectar, además de cómo compositora y cantante, como un faro espiritual.


Aunque el nuevo trabajo de Rosalía está impregnado de iconografía religiosa (que si su estética conventual, que si su misticismo femenino, que si los símbolos del islam, el hinduismo y el budismo…), su propuesta estética parece enlazar con lo que se ha venido en llamar la espiritualidad laica.


El nuevo álbum sorprende por su cambio de estilo y profundidad, reflejando las inquietudes de una generación en busca de sentido, según Lorena Montón

Si hay que hacer caso a Rosalía, Lux, surgió como consecuencia de un viaje introspectivo. Rosalía ha manifestado que su relación con lo espiritual siempre ha estado ahí, pero que con su nuevo disco lo ha expresado en forma de canciones. También se ha referido a que su “misión” no es solo hacer música, “sino algo más profundo”, aunque ella no encaje del todo en ninguna religión en concreto. Tal vez por ello, en la canción Porcelana canta en latín: “Ego sum nihil / Ego sum lux mundi” (“Yo soy nada / Yo soy la luz del mundo”). No es ni mucho menos la única referencia espiritual del disco.


“La religión es para quienes tienen miedo de ir al infierno, mientras que la espiritualidad es para quienes ya hemos estado en él”, dice un proverbio sioux que suele citar el escritor y profesor Borja Vilaseca. Sentado en una cafetería de la Plaza Kennedy de Barcelona y enfundado en una camiseta donde puede leerse “Lo que crees, creas”, Vilaseca comienza explicando que, aparentemente, la religión se mantiene en bastante buena forma.


“Ocho de cada diez seres humanos –comienza diciendo– siguen comulgando directa o indirectamente con alguna fe religiosa. De estos, casi todos apoyan el ‘teísmo’ y creen en la existencia de Dios, sea el que sea. Eso sí, la mayoría no es practicante ni va nunca a su correspondiente iglesia, sinagoga o mezquita”, recuerda. “El otro 20% se declara ateo”, continúa diciendo. “Sin embargo, aunque no aparezca todavía reflejada en las estadísticas, la espiritualidad laica es lo que más crece”, afirma.


Para este “espiritual practicante”, según se autodefine, no se trata tanto de creer en algún dios, sino de que la espiritualidad es de per se laica, “ya que forma parte de nuestra verdadera naturaleza, aunque lleve muchos siglos secuestrada por la religión”, recuerda.


El paradigma de la espiritualidad sin religión fue abordado en el año 2021 por Vilaseca en el libro Las casualidades no existen. Espiritualidad para escépticos (Vergara), donde este escritor y agitador de conciencias argumentaba que a lo largo de la historia han ido surgiendo todo tipo de ideologías que han quedado desfasadas. Sin embargo, hay una idea que parece tomar más fuerza a cada siglo que pasa: la filosofía perenne. La filosofía que no caduca -explicaba entonces Vilaseca-, “es un conjunto de principios universales acerca del propósito de nuestra existencia que comparten todos los místicos –y místicas– de diferentes pueblos, culturas y épocas y que puede resumirse en el aforismo ´conócete a ti mismo y conocerás al universo´, una frase que aparece inscrita en el templo de Apolo en Delfos”.


Las nuevas y viejas espiritualidades laicas y religiosas

Misa, taichí, meditación... y porros


Según el filósofo y teólogo Francesc Torralba, cuando hablamos de espiritualidades hablamos de un cajón de sastre enorme. Torralba ha comprobado in situ entre sus 200 alumnos que cada maestrillo tiene su librillo, tras preguntar a sus pupilos en clase de qué modo cultivan su espiritualidad. “Un estudiante me dijo: ´pues yo voy a misa los domingos´, lo que sería una espiritualidad enmarcada dentro de la religión católica. Otro me dijo: ´bueno, yo practico el reiki´, lo que vendría a ser otro tipo de espiritualidad vivida fuera de una institución clásica y que tanto puede practicarse en casa o junto con un grupo de amigos”, continúa contando. “Algunos dijeron hacer taichí, yoga, zen, meditación, mientras otros iban a nadar o a dar paseos, incluso hubo alguien que dijo escuchar la música de Schubert”, prosigue. “Pero el que me hizo reír –cuenta– fue un alumno que me dijo: ´mire, ¿usted sabe cómo vivo yo la espiritualidad, profesor?, pues fumándome un porro y escuchando reguetón´, lo que me hizo pensar: ´¡caramba, tú, esto ya es de matrícula de honor!”, sonríe Torralba. 


Salvando las distancias, que son muchas, algo similar sucede con las espiritualidades religiosas, indica este doctor por la Facultat de Teología de Catalunya. “Yo que formo parte de la iglesia y me siento católico, también advierto una multiplicidad de espiritualidades, aunque desde fuera parezca que sea un todo homogéneo y gris”, desvela. 


“Por ejemplo, hay la espiritualidad de San Ignacio de Loyola, la espiritualidad benedictina, la espiritualidad de San Juan de la Cruz, la espiritualidad de San Juan de Dios, la espiritualidad de Santa Teresa de Ávila…” En conclusión: hay un gran abanico de espiritualidades laicas y religiosas, “aunque no caería en el error de compararlas”, aconseja. “Por haber, incluso conozco a personas que no creen en ninguno de los artículos del credo pero que entran en la iglesia porque les da paz o porque les gusta escuchar la música del órgano”, desvela Torralba para dar a entender las mil y una espiritualidades, antiguas y nuevas, que están floreciendo.


La cuestión es que cada vez más investigaciones muestran que los occidentales son muchísimo menos religiosos que en el pasado, lo que está propiciando actitudes “espirituales alternativas” y prácticas prêt à porter basadas en las propias vivencias de cada persona y, en ese sentido un poco diferentes, aunque existan algunos ítems enraizados con nuestro tiempo: la meditación, el ayuno, el budismo, el yoga, la cábala, el sufismo, el zen, los cuencos tibetanos, el incienso, el taichí, el vegetarianismo…


Más allá de la condición trascendental de Rosalía, la espiritualidad laica vive un boom en muchos países. Hoy día, la nueva “religión” parece ser creer en uno mismo. Pero también trabajar, consumir y evadirse todo lo que sea posible. Esto está motivando que cada día haya más “mendigos emocionales” que intentan llenar su cantimplora con todo tipo de brebajes para refrescar el alma.



Tras ser interpelado sobre la “lux” que desprende el nuevo disco de Rosalía, Francesc Torralba, filósofo y teólogo “por este orden”, según aclara, admite estar estudiando detenidamente las letras de sus canciones y, sobre todo, el modo en que la artífice de “Malamente” y “Despechá” concibe a Dios. “Me interesa porque, claro, Rosalía tiene un impacto enorme y resulta interesante saber cómo aborda la espiritualidad”, recalca este pensador muy querido por los jóvenes.


“Tras analizar Lux he llegado a varias conclusiones”, adelanta. “La primera es que, como ella mismo ha reconocido, una de sus fuentes de inspiración es Simone Weil, sobre todo una de sus obras, La gravedad y la gracia, informa. Se trata de una filósofa francesa muy sugerente e intuitiva que ha sido objeto de un montón de tesis, pese a morir en el año 1943 con tan solo 34 años. “Lo que observo es que Rosalía presenta a Dios como la única forma de colmar el vacío que experimenta. Y eso, claro, dicho por una figura mundialmente conocida como es ella, tiene mucho interés, porque alimenta la idea de que todo lo que puede ofrecer este mundo (como ser joven, ser guapa, ser famosa o ser rica) puede ser insuficiente para colmar el anhelo de plenitud”, reflexiona.


Torralba dice estar de acuerdo con Vilaseca cuando afirma que hablar de espiritualidad sin Dios no es contradictorio. “Como la única espiritualidad socialmente observable en nuestros países fue durante siglos una religión (el cristianismo), hemos acabado por creer que religión y espiritualidad eran sinónimos”, ha escrito Torralba citando a André Comte-Sponville, el filósofo francés.


Torralba admite haber dedicado mucho tiempo a estudiar la espiritualidad laica. Fruto de ello, en el año 2010 publicó Inteligencia espiritual (Plataforma), un libro que acaba de alcanzar su vigésimo segunda edición. “Mi punto de partida es que todo ser humano, independientemente de su edad, cultura, género o estado civil tiene una dimensión espiritual que es inherente a cualquier persona y que nos faculta para valorar qué tipo de vida tenemos y queremos para nosotros mismos”, explica. “Lo que pasa es que la espiritualidad se vive de muchas formas, ya que cualquier ser humano tiene esta dimensión, aunque esté desigualmente desarrollada en cada persona”, lanza.


Precisamente por ser la espiritualidad una de las palabras más polisémicas que existen en el diccionario, cada maestrillo tiene su librillo. “Una cosa es cómo concibe la espiritualidad David Hume, otra cosa es como la concibe Salvador Pániker y otra cosa es como la concibe Rosalía”, recuerda Torralba. Ahora bien, todas estas formas de espiritualidad son igual de legítimas, aunque puedan situarse al margen de las instituciones religiosas.


Cuestión distinta es que en la actualidad también están aflorando “espiritualidades de supermercado” (como las denomina Torralba), inspiradas en grandes tradiciones espirituales del Extremo Oriente en su versión postmoderna y capitalista. “El problema es que cuando un oriental observa la manera de hacer yoga de algunos occidentales, no puede evitar pensar que se parece muy poco a los textos sobre el yoga tradicional que desarrolló Patanjali, el autor de los Yoga Sutras, en el siglo II antes de Cristo”, arguye Torralba.


Fruto de este bricolaje espiritual que bebe del sincretismo (es decir, de la fusión o amalgama de diferentes prácticas y corrientes filosóficas), más que del teísmo (esto es, de la creencia en un dios que creó el mundo y vela por él), están surgiendo espiritualidades a la medida de cada persona.


Tal y como declaraba recientemente la escritora argentina Flavia Company a La Vanguardia con motivo de su nuevo libro, uno de los peligros de que la religión haya desaparecido como práctica habitual es que está siendo sustituida por el consumo, “que es lo que calma las conciencias y lo banaliza todo”, según expresaba la autora de Haru, entre otras obras. “¿Me compro un buda, incienso, una esterilla superchula y hago yoga o taichi y ya soy espiritual? Nos hemos acostumbrado a obtener las cosas mediante el consumo, que es lo único que enseña el capitalismo. Y no hay nada más lejos de la espiritualidad”, señalaba esta escritora que acaba de presentar Los nueve libros (Navonna).


Visto así, coinciden en señalar Torralba y Vilaseca, cada cual con sus propias palabras, tal vez el mayor peligro al que se enfrenta la espiritualidad laica es acabar dando lugar a nuevas maneras de yoísmo y narcisismo en un momento en que lo comunitario está de capa caída.


                                                              ***

II)


Cuando la fe es síntoma: Dios como conducta compensatoria


Carlos Javier González Serrano

@aspirar_al_uno


https://ethic.es/fe-dios-conducta-compensatoria


Cuando el ser humano no puede sostenerse psíquicamente con sus propias fuerzas en un contexto inhabitable y no encuentra «compañeros de desconsuelo a quienes prestar su mano» (en expresión de Cioran), erige altares de fe con los despojos de sus carencias.




En un contexto de desorientación axiológica, inasumible liquidez emocional y creciente aislamiento, y a fuerza de tener que sobrevivir –en ocasiones en medio de la desesperación–, no dejamos de buscar estrategias y sustitutos que puedan paliar el vacío de nuestras vidas, artilugios psíquicos que logren mitigar nuestras faltas sin indagar en sus causas, en su raíz. No hay tiempo, no hay oportunidad. Hay-que-seguir.


Sin embargo, cuanto más sofisticados y grandilocuentes aparecen aquellos altares más nos alejamos del auténtico origen de nuestras heridas. El capitalismo afectivo, que convierte toda nuestra realidad en un bien de consumo –también el consuelo, también la fe–, nos brinda opciones higiénicas, refinadas y preciosistas para adquirir sentido: espiritualidad (superficial), credos (sin misterio), comunidades (sin compromiso) o dogmas (que no requieren atención y detenimiento). Solo se intenta gestionar la angustia, únicamente se acaba respondiendo al imperativo de adaptación y funcionalidad en nombre de algún pomposo sustitutivo emocional. Dios-es-la-respuesta.


En terminología clínica, y trazando un posible diagnóstico social, estos nuevos altares no son más que mecanismos compensatorios. Dios se transforma en un síntoma (del progresivo aislamiento, de la opresión emocional, de la vaciedad en los vínculos) que, a la vez, funciona como regulador emocional, en una vía para alcanzar la homeostasis psíquica. Al perseguir lo divino como lenitivo del sufrimiento y como respuesta atenuante al vacío imperante, estos no se trascienden mediante la acción, sino que solamente quedan envueltos en una suerte de revestimiento mercadotécnico pseudomístico para no reconocer la necesidad de agencia, la urgencia del hacer. En lugar de permitir que el sufrimiento transforme el pensar –y con él, la acción–, lo convertimos en una nueva prótesis del yo. En vez de dejarse habitar por el Misterio que conduce a la acción, lo domesticamos para convertirlo en estrategia pasiva compensatoria para –continuar ejerciendo– la funcionalidad. Para que todo continúe intacto.




Explicó el Maestro Eckhart en sus sermones y discursos que quien busca a Dios por alguna motivación personal (miedo, desamparo, consuelo, anhelos individuales) no persigue verdaderamente a la Deidad, sino la forma degenerada de un Dios hecho a medida del propio yo, confeccionado a la medida de las ambiciones y apetencias de un leidige Selbst (pesaroso o fastidioso yo) cuyos deseos quiere ver satisfechos. No se busca a Dios, sino a uno mismo para validar y satisfacer los propios afanes.


Dicho llanamente: Dios ha devenido en artilugio instrumental al servicio del hay-que-seguir. Lo sagrado se pone al servicio del capital como dispositivo alienante de autorregulación psíquica. Tanto Eckhart como Simone Weil, Edith Stein o María Zambrano (pero también, y debo mencionarlos, Ruysbroeck, Tauler, Marguerite Porete, Ángela de Foligno o Juan de la Cruz, Teresa de Ávila y Miguel de Molinos) se refirieron al acontecimiento de lo sagrado (de lo divino, de la Deidad) como un desasimiento, no como una búsqueda deliberada o interesada. Un hacer hueco –como el Dios de Weil, que se retira para dar cabida al mundo, como la noche oscura de san Juan de la Cruz, como la Nada de Eckhart–. La vivencia de una oquedad de plenitud, en absoluto desesperada ni codiciosa, en la que acontecen la Belleza y el Misterio. Que no reclaman ni son buscadas. Se dan.


Al contrario, cuando la respuesta al vacío se centra en buscar un mero sustitutivo, aquello que lo cubre lo hace de manera frívola y superficial y, en consecuencia, el vacío no (se) transforma, sino que solo adquiere un nuevo disfraz, una forma inédita de practicar la enajenación social y psicológica, también religiosa (se enarbolan los crucifijos y rosarios, los corazones atravesados, se venera la imaginería: todo a un paso de la hipócrita idolatría que tan profunda y certeramente denunció Nietzsche y más tarde la Escuela de Frankfurt). La religión y la presencia de Dios como una estrategia más de regulación emocional orientada a mitigar la ansiedad causada por nuestra vacuidad existencial. Dios como conducta compensatoria. En términos psicoanalíticos se podría hablar de una suerte de formación reactiva libidinal: el yo construye una estructura idealizada (Dios, comunidad, espíritu) para mantener a raya sus emociones de desamparo. En lugar de desposeerse, el yo se reafirma: deposita en Dios lo que no puede sostener en sí mismo. Todo sigue igual. Nada cambia.


Dios ha devenido en artilugio instrumental al servicio del hay-que-seguir


Lo sagrado, así, deja de ser Apertura y se transforma en un espejo en el que el yo se contempla ufanado, sedado y complacido, creyendo haber dado con la trascendencia cuando, en realidad, no ha hecho más que reencontrarse consigo mismo: ha ritualizado la angustia y la recarga con nuevas capas de aderezo mercadotécnico. El sujeto contemporáneo, agotado, acaba siendo atrapado en un bucle de autorregulación que reproduce la soledad y el aislamiento que intenta aliviar: en lugar del libro de autoayuda, el rosario; en vez del coach, el influencer que canta a Dios mediante un ritual estético que logra llenar de lágrimas los ojos del espectador. Se trata de una ritualización religiosa del malestar.


Desde una perspectiva social y desde la investigación del enfoque psicológico comunitario o contextual, quisiera recalcar que el sufrimiento no debe abordarse como un fenómeno intrapsíquico, como un síntoma meramente individual, privado. El vacío que sentimos no surge en exclusiva de nuestras biografías personales, sino de un contexto de desvinculación estructural: los vínculos se precarizan, se pierde el sentido de lo colectivo-presencial (no como masa, sino como grupo cohesionado), la rapidez nos agota y se erosiona el espacio simbólico de lo compartido.


Esta apertura a la Deidad deviene en mecanismo al servicio del capital cuando se convierte en una conducta relacional o espiritual compensatoria, cuya función es la de sustituir el vacío individual a través de la fusión con un ideal religioso o político, con una figura de autoridad o con un absoluto (sea una pareja, un líder o Dios). Lo divino se transforma en un objeto de consumo simbólico.


Si lo sagrado se convierte en una anestesia más del capitalismo emotivo para calmar nuestras subjetividades exhaustas, y no en un lugar (y en un tiempo) de desposesión del yo que nos devuelva el vínculo y la acción, el Misterio se habrá mercantilizado y solo restará un nuevo dispositivo de dominación emocional en forma de gestión aparentemente trascendente, pseudo-místicoreligiosa. Seguimos, pero con el rosario en la mano. Estoy-a-salvo.


¿Quién no necesita una deidad de emergencia cuando todo alrededor es ruido, vaciedad, carencia?


Por supuesto que el resurgir que parece experimentar la fe (y lo religioso) podría ofrecer un atisbo de reorientación social en nuestra mirada, siempre que no se reduzca a un dispositivo privado o individual de autorregulación emocional («rezaré por ti», «que Dios te ayude») y llegue a transformarse en una vía de vinculación significativa con el otro y con lo Absolutamente Otro, es decir, con Dios. No trato de desprestigiar la vía religiosa o espiritual, sino de desprivatizarla y de rescatar y reconquistar su vertiente genuinamente política, intersubjetiva, comunitaria, social. Que lo divino se transforme en un mecanismo terapéutico impide que el Misterio se habite en común.


No se puede culpar a quien se aferra a un dios de neón cuando todo alrededor parece ser oscuridad. Ha sucedido desde los albores de la historia. Ni puede extrañarnos que tantas personas quieran encontrar en lo pseudorreligioso un alivio para la intemperie en la que existimos: cuando lo único que se habita es un yermo páramo de vacua estimulación, dolor emocional e hiperexigencia, cualquier promesa de calma resulta ansiolítica y consoladora, trascendente incluso. Literalmente, se nos abre el cielo. En medio del estruendo, cualquier silencio parece milagroso. Lo preocupante no es esta búsqueda, sino que el sistema productivo la haya convertido, una vez más, en mercancía.


La industria del consuelo prospera en todas sus formas porque la soledad y el aislamiento son estructurales. Ahora bien, lo que se busca no es a Dios, sino tener un respiro en medio del hay-que-seguir. ¿Quién no necesita una deidad de emergencia cuando todo alrededor es ruido, vaciedad, carencia? Y entonces se nos ofrecen formas para domesticar nuestro vacío. Reza. Hay-que-seguir.


No es Dios quien falta –siempre está–, sino los rostros, nuestros rostros. El imperio de lo sagrado comenzará cuando no evitemos la mirada del otro. Y, entonces, juntos, elevar la mirada hacia el Cielo.


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