Jazz/ Música y Cine
Miles Davis, un siglo del gran alquimista del jazz
- YAHVÉ M. DE LA CAVADA
https://lectura.kioskoymas.com/article/282046218753705
Se cumplen 100 años del nacimiento de Miles Davis, uno de los artistas más creativos e influyentes de la historia, esencial para entender la evolución de la música negra
JACK VARTOOGIAN (GETTY)
Miles Davis, en Nueva York en 1969.
Toda la historia del jazz moderno desde el bebop hasta finales del pasado siglo puede contarse a través de su obra, algo que no puede decirse de ningún otro músico. Muchos provocaron y protagonizaron alguna revolución musical en diferentes periodos, pero nadie como Miles Davis lo hizo tantas veces, y en todas de forma rotunda y enormemente influyente. Estilos como bebop, cool jazz, hard-bop, third stream, jazz modal, post-bop o jazz-rock, además de diferentes fusiones con géneros como funk, pop o hip hop, no se pueden entender sin el legado de Davis. Hoy, en su centenario, su importancia no ha decrecido, y la mayoría de su obra, siempre en el epicentro de los terremotos musicales que fueron empujando la evolución del jazz, mantiene la frescura de cuando se creó.
Davis nació el 26 de mayo de 1926 en una familia acomodada, aunque también afrodescendiente, lo que le expuso a episodios racistas que calaron en él, forjando un orgullo racial que trasladaría a gran parte de su obra. A los 11 años le regalaron su primera trompeta y enseguida la música se convirtió en lo más importante para él. Durante una visita de la orquesta de Billy Eckstine a East St. Louis, la ciudad en que se crio, sustituyó a uno de sus trompetas y tuvo la oportunidad de conocer a Charlie Parker y Dizzy Gillespie. Su camino estaba claro: Nueva York y el incipiente bebop.
Aunque sus padres lo inscribieron en Juilliard, un respetado conservatorio privado al alcance de pocos músicos negros en la época, Davis se entregó al nuevo jazz que se tocaba en los clubes, en 1945 reemplazó a Gillespie en el quinteto de Parker. El paso de Davis por el bebop supuso un aprendizaje extraordinario que le dio alas para perseguir su propia música. Así se mostró con su liderazgo en las sesiones que acabarían convirtiéndose en el mítico álbum Birth of the Cool. A finales de los cuarenta, en pleno auge del bebop, Davis se unió a Gil Evans, Gerry Mulligan o John Lewis, que también buscaban una alternativa más lírica, con arreglos ricos y sofisticados, y una aproximación templada y cercana al jazz de cámara, formando un noneto particular para la época que reflejaba el talante rupturista de Davis. El grupo no tuvo un éxito destacable en su momento, pero después se reconoció su decisiva influencia.
A principios de los cincuenta, Davis se vio lastrado por su adicción a la heroína, pero en 1954, ya desenganchado y en plena forma, lideró varias grabaciones fundacionales del hard-bop, recopiladas en álbumes como Walkin’ o Bags’ Groove. Su eclosión definitiva como líder tuvo lugar poco después, con dos hitos relacionados: su fichaje por Columbia de la mano del productor George Avakian y la formación de su primer gran quinteto junto a John Coltrane, con el que grabó para Prestige cuatro álbumes —Cookin’, Relaxin’, Workin’ y Steamin’— y su debut en Columbia, ’Round About Midnight, todos ellos piezas esenciales del hard-bop.
Estar en Columbia fue decisivo: significaba disponer de grandes medios y un respaldo creativo que le permitió grabar discos costosos como los que hizo con Gil Evans, auténticas cumbres del jazz orquestal: Miles Ahead, Porgy and Bess y Sketches of Spain. El último fue su primer álbum producido por Teo Macero, que hasta el final fue su más estrecho cómplice discográfico.
Pocos antes, Davis había registrado otro álbum de enorme éxito que se convertiría en el más importante de su carrera, sino también de la historia del jazz: Kind of Blue. Davis había ido depurando su música en busca de formas más abiertas de afrontar la improvisación, y con este álbum marcó un antes y un después en el género. No fue el único responsable de esta evolución, pero sí el más influyente. Su importancia como líder había superado el resto de sus talentos, y he ahí una de las claves de su carrera: era un compositor notable y un trompetista de sonido y lenguaje muy personales, pero su mayor talento fue ser líder, ideólogo, y un intuitivo director musical. Hasta entonces ya había sido certero reclutando: Coltrane, Sonny Rollins, Cannonball Adderley, Bill Evans… Pero a partir de los sesenta se convierte en un catalizador de talento, acompañándose de jóvenes que con él crean algo que son incapaces de sacar en otros contextos.
Cambio de rumbo
Solo hicieron falta dos discos, In a Silent Way y Bitches Brew, para cambiar el rumbo de su carrera, y del jazz. Ambas obras reflejan el espíritu del líder y sus jóvenes acompañantes: un caleidoscopio de creadores buscando algo, quizá sin saber qué, pero también con el ánimo de llegar a donde sea necesario; y dos visionarios, Davis y Macero, sin miedo a pervertir los preceptos orgánicos de la interpretación jazzística para manipular en el estudio las grabaciones hasta crear algo que quizá no era jazz, ni falta que hacía. El impacto fue decisivo y marcó el rumbo que tomaría el género en los setenta.
En directo la búsqueda de Davis y los suyos era diferente, pero igual de inspiradora: sus conciertos con su último gran quinteto (Shorter, Corea, Holland y DeJohnette) y con nuevos reclutas como Keith Jarrett, Gary Bartz o Steve Grossman son un dechado de energía y creatividad.
Más allá de la utilización de instrumentos eléctricos y algunos aspectos estéticos, la música de Davis no estaba tan enraizada aún en el rock o el funk, pero esa apertura estaba a punto de llegar, influenciado por Jimi Hendrix, Sly Stone o James Brown. Después del arrollador éxito de Bitches Brew su música fue evolucionando, simplificándose sin perder su nervio, hasta cristalizar en 1972 con su álbum más polémico, On The Corner. Buscaba conectar con la juventud negra, pero lo que consiguió fue alienar a su público, que en general no entendió una propuesta que aglutinaba funk, música concreta y muchas otras cosas. Años después se reveló como un disco adelantado a su tiempo, precedente del hip hop y la música electrónica.
Davis siguió empujando los límites de su particular mezcla de jazz, rock y funk, cada vez con menos respaldo de público y crítica, hasta entrar en un retiro que lo apartó de la música durante seis años. A su vuelta, en 1981, todo había cambiado en el jazz y en la música popular, y él intentó encontrar su lugar con mayor o menor éxito artístico, pero buena respuesta del público. Se imbuyó de los sonidos de la época, siguió reclutando jovenes brillantes (John Scofield, Kenny Garrett…) y disfrutó de su estatus de leyenda viva. Poco antes de su muerte en 1991, estaba terminando su último disco, Doo-Bop, en el que se zambullía en el hip hop junto al productor Easy Mo Bee. Hasta el final en busca de la música negra que estaba por llegar.
Un enlace para escuchar a Miles Davis
https://open.spotify.com/intl-es/track/6uLMxmK9MHb6fiecxn2yrp?si=7d8402b1c3d64997
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CINE
“Un mundo frágil y maravilloso”
Un mundo frágil y maravilloso
Dirección: Cyril Aris
Guion: Cyril Aris y Bane Fakih
Intérpretes: Mounia Akl Yasmina, Hasan Akil Nino, Julia Kassar Hala y Camille Salameh Marwan
Fotografía: Joe Saade
Líbano / 2025 / 109 minutos
Distribución: Adso Films
Conmoción y belleza en un mundo frágil y maravilloso
Javier López Iglesias
https://www.hoyesarte.com/cine/conmocion-y-belleza-en-un-mundo-fragil-y-maravilloso_347794/
Humana, profundamente humana y, como tal, directa al corazón, Un mundo frágil y maravilloso, la propuesta del libanés Cyril Aris, nos instala en la conmoción a través del relato de los amores inconmovibles de una pareja en el atribulado Beirut, en el que la vida lo es todo menos fácil.
Cine para la esperanza, tierno sin blandenguerías, en una película candidata al Óscar por Líbano que, en su presentación, ha sido reconocida con el Premio del Público en los festivales de Venecia, SEMINCI, Arte Mare y en el Festival Internacional de Cine Mediterráneo de Montpellier.
Desde la emoción y una cuidada puesta en escena, en la que brilla la potencia visual de cada encuadre, la cinta nos habla de una pareja, Nino y Yasmina, que nacieron el mismo día en medio de una tragedia que sacudió Beirut. El largometraje discurre a lo largo de tres décadas marcadas por la pasión, el desamor y también la esperanza. Un recorrido existencial en el que los caminos de los protagonistas se cruzan una y otra vez, atrapados en una relación magnética que desafía el tiempo y las heridas del pasado.
Nino sueña con echar raíces en el lugar que les vio nacer y crecer, en tanto que ella, descreída de la realidad sociopolítica que le circunda, solo piensa en marcharse. En un país que cada día les rompe un poco más el corazón, deberán enfrentarse a una elección imposible: ¿apostar por el amor y formar una familia o rendirse ante la necesidad de sobrevivir?
Un conmovedor relato que, con medida sutileza, plantea y explora viejas cuestiones: ya sea las raíces de la tradición y la querencia por los orígenes y el territorio; ya la tentación de ansiar mundos nuevos en la búsqueda de una vida mejor; ya incluso el crudo planteamiento de formar o no una familia cuando el entorno no es nada placentero.
Al igual que en los grandes relatos humanos, el escenario de Beirut funciona como un personaje vivo: una ciudad que, a pesar de sus cicatrices, desprende una energía que impide a sus habitantes rendirse fácilmente.
El interés de Aris por capturar esta historia nació de una paradoja vital: la necesidad de filmar la belleza mientras su país enfrentaba una crisis total. El director buscó despojar al relato de los clichés del drama bélico para centrarse en una sensibilidad moderna y humana. Junto a su equipo, trabajó en una estética que evoca la vitalidad de Beirut, logrando capturar no solo el conflicto, sino el «clima» de una generación: esa mezcla de humor, incertidumbre y el deseo profundo de echar raíces.
Protagonizan el filme la realizadora y actriz Mounia Akl, habitual colaboradora de Aris, junto a Hasan Akil, Julia Kassar, Camille Salameh, Anthony Karam y Nadyn Chalhoub.
Director y guionista nacido en la capital del Líbano en 1987, Cyril Aris ha demostrado una calculada capacidad para capturar la fragilidad de la condición humana a través de una estética visualmente poderosa. «En medio de las crisis perpetuas del Líbano, fui testigo de cómo el humor y el amor se convirtieron en nuestros escudos contra la oscuridad. Esta película abraza ese sentido único del humor libanés mientras explora temas más profundos, como la paternidad y el legado. Durante el rodaje, mientras se desarrollaba otra gran guerra en el Líbano, mi propio hijo nacía a miles de kilómetros de distancia, un acontecimiento que cristalizó mi creencia de que, ante el caos, es nuestro amor mutuo lo que nos hace avanzar».
«El Líbano es donde reside mi corazón y sentía que era inevitable que mi primera ficción naciera de esa tierra», concluye el cineasta. «Ya sea en el documental o en la ficción, siempre persigo la sinceridad y la verdad, intentando reflejarlas a través de las imágenes y los sonidos. Para mí, la forma es secundaria frente a esa autenticidad emocional. Como dijo Kiarostami: “Para ser universal, tienes que ser muy específico”. Esta película es lo más específica posible; ha nacido de mis propias dudas y contradicciones».
Tráiler




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