Fútbol, ¿alienación o recuperación de la infancia?

 Fútbol, ¿alienación o recuperación de la infancia?

Con el bombardeo futbolístico de estos días (y lo que se viene), me he planteado si esta actividad es una forma más de alienación, entendiendo por ello al proceso mediante el cual un individuo o una colectividad experimentan una pérdida de control sobre sí mismo, transformándose en alguien ajeno a su propia naturaleza.

Me gusta el fútbol. Cuando era niño consumía casi todo el tiempo de mis horas de ocio. Ahora voy a ver partidos del equipo de mi ciudad y sigo en televisión solo los grandes encuentros. En fin, he disfrutado participando o siguiendo este deporte pero siempre me ha llamado la atención  los comportamientos multitudinarios y todo lo que rodea al fútbol como deporte, como negocio y como instrumento también de "distracción" de los problemas reales de la sociedad. Sin duda que el comportamiento incívico y violento de algunas aficiones son a veces la expresión como válvula de escape, de diferentes problemas que subyacen en la comunidad.




A mí mujer no le gusta nada el fútbol. Como me vio el otro día frente al televisor mirando un partido del Mundial se rió de mí y me dijo sonriente lo incoherente que era yo, ya que después de la perorata que le había dado sobre este espectáculo, seguía enganchado a él.

Varias veces ya le había expresado mi repulsión al empleo que han hecho del fútbol, al estilo de pan y circo, todas las dictaduras y los poderosos. Recuerdo el mundial de Argentina de 1978 con Videla en el estadio y se me nubla la vista. Recuerdo también este uso por Mussolini, Hitler y al parecer ahora del mismo modo, por Donald Trump.


                                                              Videla en el Mundial de 1978

Además de ese empleo político está el negocio económico descontrolado para los poderosos. Del mismo modo rechazable por mí al menos, es el empleo de identitarismos de hordas ahora nacionales pero que en otras circunstancias, son hasta de un barrio frente a otro. El fútbol y lo que conlleva anula el pensamiento y la reflexión crítica sobre lo que ocurre en nuestra sociedad y a veces produce o hace salir de dentro la agresividad tribal o la inmensa estupidez humana. Algunas personas que conozco, cuando triunfa el equipo de su país, se ven inundados por un sentimiento de superioridad, cuasi patriótico o incluso en ocasiones experimentan venganza sobre la otra representación tribal que está en el campo con una camiseta diferente.  Nada más que decir de la violencia en los estadios. Es un grado de imbecilidad extremo y triste.


                                       Enfrentamientos entre aficiones en un partido de fútbol

Pero en mi cerebro pugnan los recuerdos infantiles y mis deseos de verme expresado físicamente también en los jugadores de mi equipo. Esto hizo (y me sentí algo avergonzado) que desoyera a mi mujer y le diese al mando para seguir viendo el partido de aquella noche. En fin, derrotas y contradicciones contra las que hay que luchar en el plano personal…

Para expresar con mejores conceptos mi idea sobre este deporte y sobre el tipo de competiciones que ahora veremos durante unas cuantas maratonianas semanas, es que comparto una selección de artículos al respecto. Os invito a su lectura. Creo que va a ser de utilidad. Para mí el primero.


Yo con el fútbol me engaño

PACO CERDÀ


https://lectura.kioskoymas.com/article/282007564074879?hash=67764cbbf317d74c847bf99faa1a7ba06dc5cd4f472140b06b


En el enlace de arriba está el artículo completo de Paco Cerdà. Pero ahora solo compartiré una parte de él con vosotros.


Javier Marías definió el fútbol como la recuperación semanal de la infancia. Yo hace tiempo que entiendo el fútbol como el regreso imposible a la despreocupación. Cuestión de matices. Sin embargo, hace unas semanas, en Santiago de Chile, coincidí un par de días con el novelista Eduardo Sacheri, uno de los grandes escritores que abordan el fútbol en su literatura. Un gran tipo. Él me dio otra pista. Así como de pasada me dijo que con el fútbol él se engañaba. La idea me ha venido rondando en estas semanas previas al Mundial de la culpa. Por eso la otra noche, medio apurado, le escribí a Sacheri. Le pregunté qué quería decir con eso de autoengañarse. Y Sacheri me respondió:


–Yo creo que el fútbol es un territorio de infancia perpetua. Cuando jugamos al fútbol (los que lo hacemos, como en mi caso, aun en el umbral de la vejez) o cuando seguimos a nuestros equipos (y para seguir jugando nos valemos del cuerpo de otros), volvemos a ese paraíso del que hemos sido expulsados. Un paraíso de deseos evidentes y de significados exactos. Ganar es vivir, perder es morir, desear es merecer y el derecho siempre está de nuestro lado. Sabemos que las cosas no son así. Pero mientras jugamos nos convencemos de que sí lo son. Durante un rato nuestro espíritu habita el carnaval en su sentido más puro: la moral y las jerarquías se subordinan al deseo. Esa suspensión de la realidad dura lo que dura el partido. Después la vida regresa a ser lo que era. Y está bien que así sea. Pero creo que también está bien que el fútbol nos permita asomarnos a esas otras cosas que también somos, a esos impulsos que nos habitan. Después, que cada uno se haga cargo de qué hace con todo eso-.


He releído este párrafo muchas veces. Sacheri es listo. También Galeano lo era. Y Passolini. Y Camus. Y Handke. Y Marías. Y Villoro. Y Bolaño. Y Fontanarrosa. Y Nabokov. Y Hornby. Y Montalbán. Y Barnes. Y Rocangliolo. Y Caparrós. Y Grandes. Y tantos otros escritores que han abordado el fútbol.


Quizá no es solo despreocupación. Quizá también haya algo de encantamiento. Mejor: de reencantamiento. De revitalizar un mundo resignado, asustado y alarmantemente huérfano de utopías. De abrigar un poco más a esta sociedad global hipercansada y abocada al funcionalismo de la eficiencia. 

De llenar el vacío no ya de los domingos por la tarde, como en los tiempos de carrusel y quiniela, sino el que engendra este scroll infinito que suplió a Dios. Sí: un poco extremo todo, lo reconozco. Pero es que la sensación de culpa es mucha con solo imaginar al abusón de patio de colegio arrebujado en los palcos de su Mundial gracias a una corte de amnésicos culpables que, en estas próximas semanas, colgaremos de nuestras conciencias el cartel de “Cerrado por fútbol”.


El niño no tiene conciencia de lo inhóspito del mundo; el adulto, sí. Por eso el fútbol le es más necesario. En el niño, el fútbol es una opción. En el adulto, a veces, qué triste, qué culpa, no hay otra opción.



Sobre fútbol. Extraído de un texto de Alberto Salamanca


Esta breve y turbadora introducción da pie a reflexionar sobre el «deporte rey». El éxito de este juego en las masas se fundamenta, con probabilidad, en su simpleza. El fútbol atrae porque es primitivo. Aunque, supongo, la esencia del fútbol hace mucho tiempo que se perdió. Ni siquiera en las categorías inferiores persiste (os recuerdo las disputas y peleas de padres, los insultos y agresiones a árbitros). Ahora todo es dinero. 


Resulta impactante la influencia del fútbol en múltiples dimensiones de la sociedad actual, de modo que el fútbol es una potente herramienta en manos de los medios de comunicación de masas. Y es extraordinaria la cantidad de energía que moviliza algo en apariencia tan ingenuo como un deporte. Pero el fútbol no lo es. O no sólo es un juego.


En la cara oculta del deporte y del fútbol está el negocio oscuro, porque es una forma reconocida de blanquear dinero, con fraudes multimillonarios a la Hacienda pública, con explotación de jóvenes africanos por el fútbol europeo, es un mercado de estimulantes y fármacos, cuenta además con organismos gestores corruptos, las marcas deportivas multinacionales a su amparo manufacturan en condiciones infrahumanas y, por si fuera poco, es un refugio de radicales violentos.


De otro lado, la figura del futbolista como una potente influencia conductual. Gladiador triunfal, a menudo modelo estético que impone desde ropa interior a peinados. Nadie socialmente tan valorado, un conquistador global, con ingresos acorde a este papel. En los países más pobres, ser futbolista de éxito parece la única salida concebible para millones de niños en entornos de exclusión. La única vía para emerger de la miseria y el desamparo y entrar en esa otra sordidez de súper residencias de gusto dudoso, automóviles de lujo, prostitución de alto standing.


El fútbol mueve multitudes y es paradigma del entretenimiento como técnica persuasiva básica. La función ideológica viene determinada, entre otros factores, por el notable espacio dedicado a los deportes en los medios de comunicación. Es la vieja fórmula romana panem et circenses. La política del pan y circo. Una herramienta de control social. A veces a través de confrontación física y verbal, de modo que los estadios vienen a ser espacios propicios para el enfrentamiento. Dīvide et īmpera. Divide y vencerás. 


En las «batallas» deportivas, que presiden jefes de estado, presidentes y ministros, en lugar de deportistas, se trata de mesnadas, de huestes que contienden en representación de una ciudad o de un país. Los medios también imponen patrones culturales, cuyo fin no es otro que trocar al fútbol en una industria que crea necesidades falsas, hasta que termina por adquirir ese aspecto de control social, de manipulación e intervención.


La pasión futbolística es conductora de tensiones que se redirigen hacia una actividad estéril. La contrariedad, la insatisfacción y la indocilidad que eventualmente lograrían despertar un cuestionamiento crítico, se destinan al fútbol. Y toda la energía destructiva que viene a producirse por la vida que vivimos, por el gobierno que nos gobierna, por la sociedad que nos encuadra, se concentra y se sintetiza en, parafraseando a George Orwell en «1984»,  «noventa minutos de odio», en los que se juzga, se exige, se insulta, se desaprueba, se reprocha. La agresividad entonces deja de ser sublimada, de modo que, se centraliza y se enfoca en una afición yerma e irracional.


El hecho de pertenecer a un equipo, el «sentir los colores» viene a constituir una práctica fervorosa a partir de la que se respalda de modo emocional, con una entrega inaudita, a un club que teóricamente representa a un pueblo o una ciudad, pero que en la realidad no tiene base de cohesión, ni ideología, ni siquiera identidad natural, que no está hermanado por ningún interés común, que no sea su propósito único  y manifiesto, la victoria superando a otro club rival. 

Pero, al final, quien gana es quien más capital invierte. Por tanto, un fervor descerebrado. Una devoción mística, un delirio y obcecación corporativista. El fanatismo por un club de fútbol cualquiera, ambiciona compartir el éxito de una entidad que les es ajena personalmente, a la cual «conciernen» desde el más anónimo de los anonimatos de camiseta blanca (o de rayas) con un nombre grabado en la espalda.


Extractos de artículos publicados anteriormente en Sinapsis


Ambos se encuentran con facilidad en la red.

El primero se titula:

El fútbol como ritual festivo

El autor es Ramón Llopis Goig (Universidad de Valencia). Fue publicado en la Revista Andaluza de Ciencias sociales (nº 6, 2006)

De este solo transcribo sus conclusiones para que luego leáis por vuestra cuenta el artículo completo. No tiene desperdicio.

Conclusiones

Este trabajo ha ofrecido evidencia empírica de los diversos aspectos del fútbol que permiten concebirlo como un ritual festivo en condiciones de modernidad avanzada. El análisis sistemático de las cuatro dimensiones en las que, según hemos propuesto en este trabajo, pueden identificarse las características de un ritual secular, esto es, la dimensión colectiva, la simbólica, la espacio-temporal y la metafórica, ha mostrado la existencia de un amplio número de similitudes entre el fútbol y los rituales religiosos. 

Entre ellas cabe destacar su transformación en un espacio colectivo de participación social e intercambio emocional que actúa como elemento cohesionador, su configuración como un símbolo de elevada plasticidad hermenéutica que genera inquebrantables sentimientos de identificación, su concreción espacio- temporal que le permite introducir rupturas y discontinuidades en la organización de la vida cotidiana, y finalmente, sus innegables posibilidades metafóricas como ideal sociocultural hegemónico que encarna un modo de entender la vida y las normas sociales.

El fútbol resume y resalta los valores que ejemplifican los componentes más destacados de nuestra sociedad, proporciona un sentido del ‘nosotros’ y permite su celebración y autoproclamación. Así, el encuentro futbolístico produce esas ‘horas de efervescencia colectiva’ (Durkheim, 1982) y ese sentido de communitas (Turner, 1988) que parecían haberse erradicado de la vida cotidiana de las sociedades de la modernidad tardía. 

Produce una intensificación emocional, una transformación de la sociabilidad y los sentimientos de cohesión y solidaridad que muestran la necesidad de tomar en serio su papel en las sociedades modernas, donde las formas rituales permiten la expresión de aquellos valores y emociones que no encuentran cauces expresivos en el mundo doméstico o en el trabajo.

El análisis del fútbol nos ha proporcionado una comprensión más compleja de la modernidad, cuyo desarrollo no comporta, por tanto, la extinción de toda actividad simbólica y ritual. Así, en lugar de hablar de desritualización, habría que hablar de un ‘desplazamiento del campo de lo ritual’, según el cual, como ha afirmado Segalen (2005: 36), los ritos se han desplazado, predominantemente, desde el corazón de lo social hacia sus márgenes, de modo tal que pueden encontrarse rituales en el ámbito del ocio y el deporte, y el fútbol es un claro ejemplo de ello.

Todo ello nos permite afirmar que, actividades como el fútbol, se han ido estructurando a partir de transferencias e imitaciones de los ritos religiosos tradicionales. Sin embargo, esto no implica que éste puede ser considerado como un sustituto funcional de la religión, ya que la mayor complejidad y el pluralismo de las sociedades actuales exigen un análisis mucho más profundo de sus funciones. Por un lado, el fútbol se presenta como un ritual especialmente estructurado para expresar la conciencia identitaria grupal, así como para celebrar y reforzar el sentido de pertenencia. Sin embargo, no es un sistema de creencias ni un sistema doctrinal que nos diga de dónde venimos ni adónde vamos. En lugar de ello, el fútbol nos muestra los valores hegemónicos en nuestra sociedad, las identidades que compartimos o soñamos compartir, la competitividad, el papel del azar, la injusticia y la traición en la vida individual y colectiva (Cfr. Bromberger, 2000: 274).


El segundo artículo es:

Fútbol y manipulación social de Santiago Flores Álvarez-Osorio (periodista-filólogo)

De este solo os transcribo su introducción.

El fútbol es para algunos un juego y para otros una forma de vida. Hay quien lo usa como negocio o lo sigue como ideología. Llega a considerarse una pasión e incluso representa una religión. Forma parte del mundo actual, de la sociedad de masas que todo lo envuelve. Está presente en cualquier parte del mundo y tras él hay intereses ocultos. Unos pocos lo utilizan como instrumento de poder. Un poder para hacer dinero, controlar y manipular. Los aficionados somos mudos testigos de este espectáculo. Quizás ha llegado el momento de mirar un poco más allá, de descubrir qué se esconde detrás de todo ese circo. Les invito a reflexionar conmigo, a intentar buscar la verdad que se oculta en noventa minutos, una veintena de jugadores y un simple balón. El análisis debe hacerse desde el sentir de la afición, la sociología, la economía, los medios de comunicación y la política.


Bueno, para terminar dejo a opinión de cada uno, la contestación a la pregunta inicial, si es este deporte una forma de alienación o no.

Comentarios

  1. Por supuesto No. Seria muy largi y tedioso argumentarlo. Solo una simple pregunta a los autores. Hablamos de futbol EN GENERAL o de futbol profesional y alta competicion EN PARTICULAR. Generalizar problemas o actividades complejas en terminos reduccionistas no es propio de autores rigurosos

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