Literatura. 1) Duelo. Esteve Alcolea. 2) Trenes y lectura
Adjunto un relato enviado por un colaborador de Sinapsis, Esteve Alcolea.
Duelo
Esteve Alcolea
Estaba a los 55 años en plenitud de una belleza sencilla, que enmascaraba la extrema fragilidad de su organismo. La martirizaban y no le permitían conciliar el sueño dolores musculares difícilmente soportables, cuyo origen no llegué a conocer y por los que nunca tuvo un diagnóstico médico fiable. Sufría episodios de epilepsia y también de pánico. Padecía, además, trastornos no diagnosticados que ella interpretaba como pródromos de ELA, esclerosis lateral amiotrófica.
Vivía sola y solitaria –apenas un par de amigas- en un apartamento austero, rayano en la pobreza, a muchos kilómetros de su familia, de la que precisamente había querido distanciarse en una ciudad con mejor clima, y subsistía gracias a una mísera pensión por incapacidad.
La conocí en una reunión de socios de la Asociación por el Derecho a una Muerte Digna. Al final de la reunión preguntó si había algún médico en la sala. Me manifesté como tal y ella se acercó a mí y pidió verme. Días después, cuando nos vimos a solas, me expresó su deseo de morir, deseo que luego me repetiría muchas veces, pidiéndome ayuda para hacerlo.
Ella me había buscado como médico, pero para ella no fui eso, sino amigo, no médico. Durante seis meses tuvimos algo más que una honda amistad, lo más cercano a un amor. Nos veíamos casi a diario y la acompañaba a sus asuntos, a atender los distintos frentes de su vida incierta: al centro de salud, a oficinas bancarias y otras, a sus compras, a sus devociones. Creo que llegué a conocerla en profundidad. Me contó su turbulento pasado sentimental y también sus actuales creencias: una espiritualidad agnóstica donde la Virgen María contaba más que Dios, espiritualidad que creía trascender la muerte, esperanzada en seguir viviendo después de ella.
La decepcioné en cumplir su deseo de ayudarla a morir. Tenía en su mesilla un cóctel de calmantes liberador, cuyos ingredientes nunca quise conocer. Más de una vez llegó a pedirme estar yo en otra habitación de su apartamento, mientras ella lo preparaba y lo tomaba (un escenario semejante al del film de Almodóvar “La habitación de al lado”).
Vivíamos en extremos distantes de la ciudad. Dejamos de vernos en el confinamiento por la pandemia Covid-19 y seguimos comunicando por teléfono de viva voz y por mensajes de WhatsApp. En la tercera semana del enclaustramiento me dijo que quería verme, viniendo hasta mi casa. Llegué a considerar encontrarnos a la puerta de una farmacia o de un supermercado. Pero le dije: “No quiero que te arriesgues, tan débil como estás, a contagiarte en el autobús”.
En sus comunicaciones a distancia de esos días, aunque igual de afectuosas, percibí, sin embargo, que algo estaba cambiando en su cabeza, no en su corazón.
Luego, en retrospectiva, atando algunos cabos indiciarios, he sospechado que quizá había encontrado alguna persona, profesional de la salud o no, dispuesta a atender el ruego al que yo me había negado: a acompañarla en su liberación.
Sus últimos WhatsApp fueron emoticones cariñosos sin palabras. Yo no solía llamarla, porque a falta de un buen dormir nocturno, a menudo se adormilaba durante el día, y no quería despertarla. En un último mensaje mío, al que ya no contestó, le insté: “¿Puedo llamarte? O llámame tú”.
Al día siguiente de ese mensaje sin respuesta su padre me llamó para decir escuetamente que había fallecido y que, a falta de conocer la contraseña, no habían podido entrar en su teléfono móvil para rastrear en lo posible las horas inmediatas anteriores a su muerte. No hubo funeral aquí. Se la llevaron a una tumba familiar en su pueblo de origen.
No sé cómo murió, ni cómo supo de su muerte el lejano padre, ni quién la descubrió fallecida: esto seguramente un vecino -con vivienda aledaña en la misma planta- que tenía llave de su apartamento y que a veces, cuando viajaba, le confiaba el cuidado de una perrita. Por lo que la conocí todo me lleva a pensar que murió por sobredosis de calmantes. Pero ignoro si por un exceso en la dosis para tratar de dormirse, tal vez proporcionada por otra persona, o por expresa voluntad de quitarse la vida con el cóctel que tenía a mano. Las dos hipótesis me resultan igualmente probables, a menos que –menos probable, aunque no imposible- tuviera una mala caída por la epilepsia o en su debilidad se la llevara el coronavirus. No he querido luego recabar de su padre alguna información, que tal vez no tiene, sobre las circunstancias
de su muerte o indicios de su causa. Esa información no cambiaría nada en mi recuerdo de ella –viva, aunque doliente- y en el duelo por ella.
Escribo esto para que lo vivido no se pierda del todo. Lo escribo en testimonio de una porción –breve en el tiempo, pero intensa- de mi vida; y, sobre todo, en homenaje a ella para que conste en letras de molde y no se olvide la historia de una mujer muy maltratada por la vida.
Mi raquítica espiritualidad, sin creencia en vida eterna, no me permite pensar que ella sepa cuánto la he llorado. Pero en una fantasía que pretende rebobinar el tiempo o de negar su paso irreversible, sí que fantaseo el milagro de armonía cósmica de que el duelo ahora por los ya difuntos ha podido en rebote temporal llegarles cuando estaban en vida; o dicho de otra manera: que mientras convivíamos con ellos, a partir de señales casi imperceptibles, ellos percibieron cuánto y cómo les íbamos a llorar.
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Trenes y literatura
Salones de lectura
Escuchamos, en boca de pasajeros desesperados, que los trenes provocan estrés, angustia y otros efectos secundarios negativos. Accidentes ferroviarios e incidencias diversas, por usar el eufemismo habitual, los han puesto de triste actualidad. Pero los trenes, además de ser un medio de transporte cómodo y eficaz, siempre estuvieron ligados al placer de la lectura. De entrada, porque sus vagones son excelentes salones de lectura, en la puntualidad y, sobre todo, en el retraso, pero también porque su existencia inspira multitud de ficciones extraordinarias.
Una de las adaptaciones cinematográficas de 'Asesinato en el Orient Express' Terceros
Probablemente, una de las primeras novelas que nos viene a la cabeza sea Extraños en un tren , de Patricia Highsmith, con su planteamiento de crímenes cruzados surgido de una de esas charlas entre desconocidos que propician los viajes en tren, uno de los pocos medios de transporte con espacios compartidos y transitables durante el trayecto. El vértigo combinado de velocidad, metal y ruido empuja la mente a pensamientos criminales. También Agatha Christie percibió este potencial narrativo en su fonteovejunesca novela Asesinato en el Orient Express ; Georges Simenon, en El hombre que miraba pasar los trenes , o, más recientemente, Paula Hawkins con La chica del tren .
Los trenes, además de cómodos y eficaces, han estado siempre ligados al placer de la lectura
La energía cinética de los ferrocarriles no solo mueve a concebir obras de carácter criminal. La red ferroviaria no se compone únicamente de maquinistas nómadas. Una buena parte de la plantilla es sedentaria. Trabaja en las estaciones o se ocupa de los cambios de aguja y los pasos a nivel. Bohumil Hrabal publicó, a finales de los sesenta, Trenes rigurosamente vigilados, una novela extraordinaria que muestra la vida de un joven empleado de estación en la Checoslovaquia ocupada por el régimen nazi durante la Segunda Guerra Mundial.
El año pasado, L’Avenç publicó Tres relats , de Joseph Roth, en magnífica traducción al catalán de Raül Garrigasait. El titulado “El cap d’estació Fallmerayer” (1933) es una historia delicada. El jefe de estación Adam Fallmerayer, casado y con dos hijos, es testigo de un accidente ferroviario y acoge en la caseta del guardagujas a una noble extranjera accidentada, con quien entabla una relación que culminará cuando lo movilicen para ir a la Primera Guerra Mundial. Los trenes, omnipresentes en el relato, transportan el sentimiento amoroso con la misma sutileza que el hilo telefónico de la minúscula cabina de una estación de tren donde cada día recibe una llamada misteriosa que hace descubrir el amor verdadero al protagonista d’ Andanzas del impresor Zollinger , de Pablo d’Ors (traducida al catalán como Peripècies de l’impressor Zollinger ). Ninguno tan poético, sin embargo, como las estatuas humanas ante el efímero paso del tren en “Final del juego” , del libro homónimo de Julio Cortázar.




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