Editorial. "Sin palabras"

 

Editorial

“Lo único que sabemos es lo que nos sorprende: que todo pasa, como si no hubiera pasado.” 

Silvina Ocampo




Sin palabras (o con pocas palabras)


Los dibujos, caricaturas, o textos brevísimos en el bocadillo de una viñeta, son a veces tan directos y eficaces para conectar con el lector que permite generar un impacto visual rápido y fomentar la reflexión, el pensamiento crítico e incluso a veces, promover una actitud o acción social. A través de los dibujos muchas veces se sintetizan realidades complejas por mecanismos cognitivos diferentes. La eficacia y la rapidez de estos medios de expresión, sin duda, no desmerecen el texto largo y profundo para analizar y comprender la realidad.  La palabra sigue siendo una herramienta fundamental.


Una palabra (del latín parabŏla) es una unidad básica del lenguaje humano que tiene significado, puede usarse por sí sola, y no puede dividirse sin perder su significado. Dicho de forma simple, cuando unimos las palabras para expresar unas ideas por escrito podemos llamarle texto.


Un texto es una composición de signos codificados en un sistema de escritura que forma una unidad de sentido. Dicho de otro modo, un texto es un entramado de signos con una intención comunicativa que adquiere sentido en determinado entorno. Muchas veces en estos editoriales he abusado de la extensión de los mismos. Pero hoy estoy en otra situación, que en ocasiones se expresa muy bien en la frase que comento a continuación.


"Me he quedado sin palabras» es una expresión coloquial que significa quedar atónito, mudo o sin saber qué decir debido a un impacto emocional fuerte, ya sea sorpresa, admiración, tristeza o indignación. Indica una incapacidad temporal para expresarse por la intensidad de la situación que se tiene delante. En mi caso creo que predomina la tristeza y la indignación.


Sí, esa frase indica que cuando las circunstancias nos superan y nos hacen enmudecer; cuando los acontecimientos son tremendos, a menudo, aunque sea de forma transitoria, nos quedamos sin palabras o con muy pocas palabras, y necesitamos olvidar el texto largo y buscar otras formas de expresión para explicitar lo que sentimos.

Una de estas formas que vemos a diario en los medios, son las viñetas, las caricaturas y que en muchas ocasiones, expresan lo que vivimos en la realidad mejor que algunos textos repetitivos y cansinos.

Por eso, os invito simplemente a ver estas diferentes viñetas (dado que hoy me he quedado sin palabras), extraídas de diferentes periódicos y espero que nos sirvan para reflexionar sobre nuestro presente.












































Hasta la próxima. Un abrazo a todos. 

**Mientras termino de escribir este editorial veo las noticias sobre las intensas lluvias e inundaciones en Andalucía. El riesgo, el miedo y el desamparo ante esta expresión de la naturaleza, sobrecoge. Ojalá se supere pronto y los daños sean pronto subsanados. Los sentimientos de la población de Grazalema son los de toda Andalucía.

El índice de este número de Sinapsis es el siguiente:
  1. Sin palabras. Editorial
  2. Cine. Hamnet y La chica zurda
  3. Literatura. 1) “Duelo”. Esteve Alcolea. 2) Trenes y literatura
  4. Muletillas del lenguaje// Nuevo libro de Uclés // Últimos días de Borges
  5. Historias de la Ciencia. M. Curie y la Primera Guerra Mundial. M.C Almaraz
  6. Una milénials analiza a su propia generación. L. Perry
  7. Huyendo a través del arte y la memoria. JP
Para que nos distraigamos un poco vista estas imágenes, comparto con vosotros una playlist de Jazz suave y la última canción de Bruce Springsteen sobre el ICE y la violencia trumpiana en Estados Unidos. Como lo hago con cierta frecuencia, también os invito a leer al final, dos columnas. Una de J.J Millás y otra de Manuel Vicent.



Canción de Bruce Springsteen y la letra traducida






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Columnas

Un minuto antisistema


Juan José Millás


Quizá la salida no sea vencer la ansiedad ni expiar la culpa, sino burlarlas: guiñar un ojo al miedo y seguir andando



Leo en El actor y la diana, un curioso manual para intérpretes de Declan Donnellan, que el futuro es el territorio de la ansiedad y el pasado el de culpa. Son barrios mal iluminados los dos, se me ocurre a mí. El futuro es ese vecino con grandes ideas que nunca paga los recibos de la comunidad. El pasado te da conversación, pero te cobra caro los recuerdos. Entre ambos, el presente no sabe si ponerse corbata o salir en chándal. Estamos entrenados para vivir en diferido. En la escuela nos enseñaron a preparar el futuro; en casa, a no repetir los errores del pasado. Nadie nos explicó qué hacer con el ahora, ese trozo de tiempo que no cotiza en Bolsa.

Los autores de libros de autoayuda hablan de “vivir el presente”, pero suelen hacerlo con tono de almanaque zen. Y no: el presente no es amable, es un animal salvaje que muerde cuando le das la espalda. Requiere una cierta valentía doméstica apagar la alarma del miedo, la notificación de la culpa, y quedarse un rato en silencio, sin prometer nada a nadie, ni siquiera a uno mismo. El mercado, que todo lo administra, también gestiona el tiempo. Nos vende la ansiedad en cómodos plazos y la culpa en forma de nostalgia. Corremos hacia el futuro para pagar las deudas del pasado. De este modo, el presente se convierte en un pasillo, no en una habitación.

Pero a veces ocurre un milagro: un minuto se escapa del sistema. Estás tomando café y, de pronto, no debes nada al pasado ni temes nada del futuro. El aire pesa lo justo, la taza brilla como si acabaran de inventarla. Dura poco, claro, pero ese instante tiene más verdad que todas las promesas del porvenir juntas. Quizá la salida no sea vencer la ansiedad ni expiar la culpa, sino burlarlas: guiñar un ojo al miedo y seguir andando. Vivir es un ejercicio de funambulismo en la delgada cuerda del presente, cuyos cabos permanecen amarrados al futuro y al pasado, es decir, y volvemos al principio, a la ansiedad y la culpa.



Columna de Manuel Vicent

La pena es azul

Manuel Vicent

https://lectura.kioskoymas.com/article/282376931006574

Hubo un tiempo que entre mis amigos los había rojos, muy rojos, cuya ideología, pese a ser muy cinéfilos, les obligaba a odiar a John Ford y a John Wayne. Este desprecio se extendía a cualquier estilo de vida norteamericano empezando por abstenerse de consumir refrescos de cola y, por supuesto, prohibirse cualquier viaje a Nueva York. 

En cambio, otros rojos, menos acérrimos, solo teñidos de rosa púrpura, no dejaban de admirar las películas del Oeste, el cine negro, las comedias de los años 50 y en secreto soñaban con inmiscuir su vida entre los rascacielos de Manhattan para embeberse con el jazz y blues que se expendía en el club Village Vanguard. 


Al fin y al cabo, los esclavos negros habían sacado esas melodías del alma para expresar el dolor y la pena. En la cultura negra la pena era azul y la cantaban con voz de madera; los saxos y clarinetes extraían un licor dulce y muy largo; todos los pianos en los antros del sur también servían de féretros; Billie Holliday, la primera, cantaba a sus hermanos ahorcados que colgaban de los árboles como una extraña fruta. Nadie de izquierdas podía ser ajeno a esa pena azul que incluía tanta belleza y melancolía. 


En aquel tiempo sucedía que si un comunista visitaba la Unión Soviética volvía desolado, escandalizado, consciente de que lo habían engañado. Le pasó a Gide, a Camus y a muchos de aquellos intelectuales del momento. Por el contrario, si alguno de mis amigos rojos viajaba por primera vez a aquel Nueva York de los años 60 lleno de explosiones de música y de arte que reventaban por todas partes volvía transformado. Nueva York era entonces el verdadero Este del Edén. Allí se cumplían todos los sueños creativos, excitantes, divertidos y sobre todo lucrativos que uno llevaba en el equipaje. Esa ciudad constituía una experiencia iniciática, pero en Norteamérica el miedo se ha vuelto violencia y la violencia ya no se distingue de la decadencia. Hoy Nueva York ha dejado de ser un polo de atracción. Ya no seduce a nadie.


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