El giro espiritual. F. Soriguer/ Arte. E. Peñas

 

 El giro espiritual


Federico Soriguer


https://www.diariosur.es/opinion/giro-espiritual-20260518000100-nt.html?ref=https://www.diariosur.es/opinion/giro-espiritual-20260518000100-nt.html?&



La espiritualidad es parte de la condición humana y su gran singularidad



Vuelve la espiritualidad. Lo dicen todos los medios. Como muestra, Rosalía, que representaría un retorno a la espiritualidad liderada por las mujeres, llena de sensualidad e incluso de erotismo. Una espiritualidad estética, escénica, que no necesita de teología alguna sino de visibilidad y visualizaciones. De like, en fin. O esa otra espiritualidad de esa joven de la película de Alauda Ruiz de Azúa, que tras una ardua lucha interior protagoniza ante el altar mayor una especie de revelación que penetra en su naturaleza de manera tan intensa que (y es una escena magistralmente representada), respira una sensualidad tan placentera que llevaría a confusión a cualquier espectador malpensado. El mensaje visual es claro, es el momento en el que el espíritu divino ha descendido y germinado en el interior de la protagonista, que ya no es dueña de sí, poseída por el bien, el amor, la belleza.

Y es de esto de lo que hablamos cuando lo hacemos del retorno de la espiritualidad. Andalucía salió de su semana de pasión durante la que consumió su dosis de espiritualidad mundana, superficial, a la medida de lo humano, cargada de belleza, de pasión, de sensualidad. Y de religación multitudinaria. Eso que ahora creen haber descubierto Rosalía o Alauda. Cuando los filósofos de la sospecha certificaron la muerte de Dios y el materialismo habitó entre nosotros, se vio que Dios no era necesario para que los hombres reclamaran la vocación sagrada, la pulsión espiritual, la necesidad religiosa. Porque una parte de la humanidad descubrió que la espiritualidad (de eso se trata), es parte de la condición humana y su gran singularidad. 

Una singularidad que, seguramente, no conseguiremos nunca explicar y es este misterio la razón última donde reside la Fe, las fe(s), pues no parece que haya dos hombres que vivan la espiritualidad de igual manera. Con frecuencia se confunde la fe en Dios, con la religiosidad y ambas con la espiritualidad. Pero hay una fe natural como hay una religiosidad natural que no depende de la existencia de un Dios ni siquiera de una religión determinada.

Como no son necesarias ni una ni otra para que los hombres afloren su espiritualidad, si por espiritualidad entendemos: aquella propiedad de los humanos que permite percibir la realidad por encima de lo material, con sensibilidad y cierto sentido trascedente. Esa especial sensibilidad que hace que los hombres tengan sentimientos más o menos sublimes, ante cosas o hechos. Una espiritualidad que no sería sino una propiedad universal de todos los hombres, creyentes o no creyentes. E igual ocurre con lo sagrado.

Hoy ya nadie tiene el monopolio de lo sagrado. (Y es esta desamortización de lo sagrado uno de los grandes hallazgos de la semana santa de Andalucía). Lo sagrado como la euforia de un superviviente. Lo sagrado como distinción de lo humano frente a lo no humano o lo inhumano. Lo sagrado, ahora desacralizado si es que a las palabras se les puede quitar la sustancia del tiempo y de la historia. Lo sagrado como una nueva manera de sentir la religión. Lo sagrado sin Dios. O a pesar de su indiferencia, si Dios existiera. Lo sagrado como un misticismo de andar por casa. 

Lo sagrado como exaltación de la vida, de la amistad. Lo sagrado como la auscultación de los latidos del mundo. Lo sagrado como sublimación del instinto de supervivencia. Como exaltación de la conciencia cósmica. De ser uno en el Universo. Lo sagrado como conocimiento, como la alegría ante la caída de los misterios. Lo sagrado como superación del miedo a la muerte y a la ausencia de Dios. Lo sagrado, en fin, como triunfo de la curiosidad frente al asombro. Lo sagrado como la vuelta del espíritu al cuerpo, a la casa materna de la mente de donde el sueño de un Dios eterno, omnipotente y omnisciente, lo había sacado.

Solo hay un pero a este relato del renacimiento de la religión. Que los datos no lo confirman


Sea como sea, en lo que va de siglo, poco a poco, la espiritualidad vuelve a estar de moda. O eso dicen. Será eso que los alemanes llamaron 'el espíritu del tiempo' o el 'espíritu de la época', una idea que se suele acompañar de su origen en alemán ( Zeitgeist), que describe la «onda» o atmósfera intelectual y ética característica de un momento determinado de la historia. Tal vez el abandono de las necesidades rituales como grupo social, la insatisfacción de un materialismo descarnado, la soledad identitaria ante los nuevos iconos, tan efímeros, la necesidad de recuperar una relación emocional con lo sagrado, como forma de conectar con la vocación trascedente que anida en el interior de los seres humanos, la ausencia de respuestas ante las grandes preguntas, sean algunos de los argumentos que explican esta pretendida vuelta a la religiosidad. 

Un movimiento que, para algunos, es la manera que los jóvenes están encontrando da hacer frente a la incertidumbre ante el futuro. Dios habría vuelto y con él la esperanza en un mundo con respuestas. Solo hay un pero a este renacimiento de la religión. Que los datos no lo confirman.

Los periodistas saben bien que las verdaderas noticias son las que dan cuenta de sucesos extraños, infrecuentes, extraordinarios. Así con estas historias que dan fe del 'giro católico', porque las estadísticas, que las carga el diablo como todo el mundo sabe, no lo confirman. En el barómetro del CIS (abril 2024), algo más de la mitad se declaran católicos y menos del 20 % no ser practicantes y del resto alrededor del 40 %se declaran ateos o agnósticos o indiferentes (una proporción que solo era el 13 % en el año 2000). ¿A quién va usted a creer, a mí o a sus propios ojos? explicaba Groucho Marx. ¿A los titulares de los periódicos que hablan del giro católico o a las estadísticas? Esta sí que es una cuestión de fe.


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De lo espiritual en el arte



  Esther Peñas 


https://ethic.es/lo-espiritual-arte


Para Kandinsky, toda creación ha de incorporar lo espiritual, que es aquello que nos eleva, nos recuerda la grandeza que albergamos y nos procura una vida más digna.





El éxtasis de santa Teresa, de Bernini; el Requiem, de Fauré; Ordet, de Dreyer; Hallelujah, de Cohen, El juego de los abalorios, de Hesse; el Ángelus Novo, de Paul Klee; Doña Juana la Loca, de Pradilla; pero también Cuadrado negro, de Malévich; Aparición, de Bill Viola; El sol del membrillo, de Erice; las fotografías de Yamamoto; o Decreación, de Anne Carson. Lo que tiene en común este ramillete improvisado e incompleto de obras de arte es su componente espiritual. Un intenso misterio, una sensación inagotable de apertura, una entraña que trasciende más allá de la propia creación y, desde luego, de quien la contempla.

Hablamos de espiritualidad refiriéndonos a esa «energía profética vivificadora que actúa amplia y profundamente», en el decir de Kandinsky (1866-1944), que indagó como pocos este asunto en su tratado De lo espiritual en el arte, publicado en 1911. Lo espiritual es aquello que provoca una vibración del sentimiento, lo que nos descoloca, lo que quiebra la inercia de lo cotidiano y sabido. Aquello que produce «el sonido de un fino jarrón quebrado hallado en el fondo de la tierra», en palabras del pintor ruso. Cuanto lleva semilla de futuro, puesto que es perpetuamente incandescente.


Si bien lo espiritual ha estado a lo largo de los siglos maridado con lo religioso, en tanto que aquello que trascendía nos acercaba a Dios, a partir de los románticos surge otra trascendencia, otra manera de lo espiritual, de la mística, que desemboca no en un ser supremo, sino en el territorio de lo sagrado. Freud habló de «sentimiento oceánico» para referirse a un estado de plenitud en la que el sujeto se funde con el universo, sintiendo la eternidad. Algo así como los versos de William Blake: «Para ver el mundo en un grano de arena,/ Y el Cielo en una flor silvestre,/ Abarca el infinito en la palma de tu mano/ Y la eternidad en una hora.» Décadas después, el filósofo francés Michel Hulin acuñó un término que ahonda en el asunto: «mística salvaje», aquella que permite ser consciente de la inmensidad que somos, y que brota en los caminos más insospechados (la magdalena de Proust que leemos en En busca del tiempo perdido, la cucaracha de Lispector en La pasión según H.G.).

Según Kandinsky, el arte sin espiritualidad produce obras «sin entusiasmo, de corazón frío y alma dormida»


Simone Weill encontró una vía mística (lo espiritual) en el trabajo de los obreros. De ahí parte el despliegue en sus ensayos, textos de puro misticismo que confluyen en su conversión al catolicismo. Las esculturas de Giacometti «convierten los lugares donde se emplazan en templos», como aseguró Jean Genet. El misticismo, salvaje o religioso, nos interpela al recogimiento de un encuentro a solas, nos causa un desgarro «con aire de rapto» que nos eleva y ensancha. Lo concreto, el fiat mariano, y lo abstracto, como la visión monocroma de Klein, o las visiones místicas que tuvo Juliana de Norwich, quien veía a Cristo en una irredenta mancha roja, anticipándose, según Victoria Cirlot, a la abstracción de vanguardia.

Lo espiritual en el arte hace brotar una re-sonancia, sacia (un instante) el «hambre de pan espiritual», de «pan transfigurado», tal y como asegura Kandinsky, para quien el arte sin espiritualidad corresponde a épocas «mudas y ciegas» en las que los hombres colocan su atención allí donde está lo sucedáneo, lo materialista, el desarrollo tecnológico, produciendo obras de arte «sin entusiasmo, de corazón frío y alma dormida».

Se busca el éxito y se olvida o se ignora que una obra de arte, sea cual sea su naturaleza, nunca responde, ni clausura, no propone respuestas sino que nos devuelve a un reino interior que amplía las preguntas, una comarca íntima donde habitar entre los pensamientos arborescentes (no lineales) de los que hablaba Desnos.

Los lienzos de Matisse o de Rothko no son sino reflexiones sobre lo sagrado, una promesa de destino. Así como cada palabra tiene dos significaciones, la inmediata, fruto del consenso, y otra interna (allí donde nos resuena), lo espiritual en la obra de arte posibilita un vaciamiento de lo subjetivo, para adentrarnos «en la claridad», según Rothko.

Los lienzos de Matisse o de Rothko no son sino reflexiones sobre lo sagrado, una promesa de destino






La necesidad de incluir lo espiritual en el arte, además, evita la tentación de una belleza más o menos convencional, explica Kandinsky, una belleza siempre amable que no aporta nada, de la que salimos como entramos en ella, frente a otra belleza que, si bien pudiera parecer en un momento fea (pensemos, por ejemplo, en «Composición en rojo, amarillo, azul y negro», de Mondrian) lo es en tanto estamos desconectados de nuestro interior, tratando de adjudicar a la obra nuestro juicio, en vez de ser pasivos (dejarnos afectar) por aquella vibración que emite la propia obra dentro de nosotros.

Lo espiritual en el arte nos hace libres, afirma Kandinsky, quien advierte al tiempo que «a cada época le corresponde un nivel determinado de libertad». Una obra carente de espiritualidad, para el pintor ruso, no es más que la práctica del sintagma «el arte por el arte», que ignora la naturaleza interior tanto del artista como de quien contempla.

Se trata de que, a través del arte, quien crea o quien mira, escucha, lee, etc., sea «tan sensible como los buenos violines muy usados, que con cada ligero contacto con el arco vibran en todas sus partes y partículas». Algo de música tiene toda espiritualidad. Quizás porque el hombre la lleva en sí, como apuntaba Goethe, acaso porque la música es el arte puro, pero todos los medios son sagrados «si son interiormente necesarios» y sacrílegos «si no brotan de la fuente de la necesidad interior». Lo espiritual ventea la vida interior, nos alimenta.

«El artista crea misteriosamente la verdadera obra de arte por la vía mística». Lo espiritual, pues, ensancha la vida, la hace más intensa, nos convierte en «sacerdotes de la belleza» que cultivan el «principio de necesidad interior». Permite distinguir entre la vida como simulacro o la vida digna de llamarse así.

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