Artículos breves recomendados

 Tres artículos breves recomendados




Cuestión de unos días

  • MANUEL VICENT


https://lectura.kioskoymas.com/article/282351161273920


Esto será cuestión de unos días, decían los felices agüistas en aquel balneario cerca de Viena el 28 de junio de 1914. A la hora del té a la sombra de los tilos una orquesta de violines y pistones tocaba un vals. En medio de esta perfecta armonía, de repente, la orquesta dejó de sonar. Algunos oyentes rodearon a un guardia que en ese momento estaba fijando en un tablón la noticia de que en Sarajevo el archiduque Francisco Fernando, heredero del trono del imperio austrohúngaro, había sido asesinado. Nadie dio demasiada importancia a ese hecho, de modo que el vals volvió a sonar de nuevo desde el mismo compás en que se había interrumpido. 


Poco después empezó la I Guerra Mundial. Esto será cuestión de unos días, decían aquellos felices bañistas ataviados con pamelas y sombreros blancos. Fue una guerra de trincheras, de cuerpo a cuerpo, a bayoneta calada que empezó con un vals y duró cuatro años. Murieron casi 22 millones de personas. Así sucedió también aquel 17 de julio de 1936 en España. Llegaron las noticias de que los militares se habían levantado en África contra la República. Esto será cuestión de unos días, decía la gente mientras muchos preparaban el equipaje para irse de veraneo. Fue una tragedia cainita de tres años a sangre y fuego de la que este país tardó mucho en recuperarse. 


También había amanecido un día radiante el 1 de septiembre de 1939. Alemania invadía Polonia. La radio transmitió junto a los bramidos de Hitler un éxito fulgurante. Esto será cuestión de unos días, decía la gente sin percatarse de que estaba comenzando la II Guerra Mundial, que produjo 70 millones de muertos. Hoy mientras la gente celebra fiestas, llena los bares y vive la vida con toda normalidad en algún lugar del planeta se produce un bombardeo. En efecto, piensas que esta también podría ser una cuestión de unos días, pero esta vez, sin saber por qué, el azar bélico ha añadido una extraña variable que vuelca el tablero y a tu alrededor el mundo se cae a pedazos.



El sabor del café

  • JUAN JOSÉ MILLÁS


https://lectura.kioskoymas.com/article/28218795251293


Informan por la radio de las subidas de precios que producen aquí los bombardeos de allí. Si cambiamos “bombardeos” por “muertos”, surge un problema de conciencia: ¿deberían dolerme más los cadáveres de allí que la inflación de aquí? Como procuro ser decente, pienso que debería sufrir más por los difuntos de mi especie, aunque lejanos, que por la gasolina de mi coche, aparcado ahí mismo. Pero me duele más el precio de la gasolina. Practico entonces un ejercicio de gimnasia ética destinado a recolocar las emociones en su sitio. Intento que la compasión viaje miles de kilómetros y se instale donde se producen las masacres, pero la emoción es geográficamente perezosa: se aferra al recibo de la luz próximo, a la factura del gas pendiente.

Apuro el primer café del día en la cocina de mi casa, donde todo funciona. Funciona el microondas, funciona el horno, funciona la cocina de inducción y el frigorífico, funcionan el exprimidor y la batidora y funcionan las luces halógenas con una obediencia servil. La civilización ya solo consiste en eso: en un conjunto de aparatos que responden cuando se les pulsa un botón. Hay lugares del mundo en los que se pulsa otro botón y un misil destruye un hospital, quizá una guardería.

El grifo de la pila, sin embargo, gotea un poco, igual que esa lágrima impar que se escapa a veces del ojo izquierdo o del derecho sin previo aviso, como manifestando una aflicción oculta. Hay en ese goteo una incomodidad moral semejante a la que me producen las noticias. No es un desastre hidráulico; es algo peor: la metáfora de una conciencia dañada. Sé que debería arreglar el grifo y no lo hago, como sé también que debería sentir de otra manera lo que sucede lejos, aunque me angustia más lo que ocurre cerca. Las guerras llegan convertidas en subidas o bajadas de la Bolsa. Los muertos, traducidos en céntimos por litro. Apago la radio, en fin. El silencio mejora el sabor del café. Es todo por hoy.



El espejo moral de la guerra de Irán



Las guerras son, siempre, espejos morales. La guerra ilegal lanzada por Estados Unidos e Israel contra el infame régimen iraní no es una excepción. Basta con fijarse sin anteojos de intereses espurios para ver retratos elocuentes. Algunos con espalda recta, muchos con patéticas contorsiones o en posturas de arrodillamiento político.

Empecemos desde España. El Gobierno español ha rechazado correctamente un ataque que es contrario al derecho internacional porque no está amparado ni por una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU ni por el presupuesto de legítima defensa. Sobre esa premisa ha correctamente denegado a EE UU el uso de sus bases de la OTAN para sostener ese ataque. Igual de adecuadamente, ha decidido proporcionar apoyo a la defensa de socios que se ven en peligro por las respuestas indiscriminadas y descoyuntadas del criminal régimen opresor iraní. Sin duda ese posicionamiento sirve bien a los intereses electorales del PSOE. Sin duda también, es moral y legalmente correcto.


Ante todo esto, toca asistir al sonrojante contorsionismo de adversarios políticos y mediáticos del Gobierno que —denotando un punto de desesperación— intentan descalificar esa posición con argumentos retorcidos. No, enviar un buque para contribuir a la defensa de Chipre no es entrar en guerra. No, la activación de baterías Patriot ya desplegadas en Turquía para intercepción de misiles tampoco lo es. El partido que apoyó la invasión ilegal de Irak vuelve a retratarse. Periodistas militantes del antisanchismo, también.


Ambos tienen abundantes motivos para la sólida crítica al Gobierno. Cabe notar que la coherencia del Ejecutivo con ciertos valores se quiebra al cruzar las fronteras de Marruecos y el Sahara Occidental, linde en el que empiezan a predominar los intereses sobre los valores, y la espalda ya no se aprecia tan recta. En el interior, más motivos aún, desde una amnistía que se prometió a la ciudadanía que no se concedería y se calificó de no constitucional para dar luego marcha atrás cuando convino al interés partidista. Fíjense en eso, no en una inmoral crítica de la justa posición sobre Irán o sobre Gaza. La frustración nubla la mirada de muchos.


En el resto de Europa abundan otros retratos de interés. De entrada, el del canciller alemán Friedrich Merz, quien primero se distinguió por decir que “las clasificaciones de derecho internacional aportan poco” en esta situación, y después, sentado en el Despacho Oval, se lavó las manos cuando Trump cargó contra España con el matonismo que le caracteriza. Es notorio que no oponerse a los matones es una forma de complicidad que es lo que permite el abuso.

Interesante también es el retrato de Giorgia Meloni. Primero se quedó escondida durante varios días, incómoda entre su deseo de ser socia privilegiada de Trump y el espanto que el presidente de EE UU provoca entre italianos de toda inclinación política. Finalmente, salió a dar la cara; y la posición de su Gobierno, aunque no igual, no está lejos en la sustancia de la del español.


La República Islámica es un régimen espantoso y opresor. Cuanto antes se vaya por el desagüe de la historia, mejor. Pero cargarse a bombazos regímenes que no gustan es ilegal y sienta antecedentes peligrosos.

Oponerse a EE UU tiene riesgos y en la medida de lo posible, hay que evitarlo. Pero la medida de lo posible no puede incluir la humillación, la abdicación de los principios fundamentales. Se puede elegir el honor. Algunos eligen el deshonor pensando que se ahorran problemas, pero tendrán deshonor y problemas, porque apaciguar a los matones puede garantizarles un día de tranquilidad, pero no resuelve nada.

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