Cultura. Cine. Goya/// Sorrentino y la belleza
Comparto con vosotros tres artículos. El primero referido a Los Domingos, premio Goya de este año. El segundo sobre la importancia de la belleza en el cine de Sorrentino. Al final algunas recomendaciones culturales.
I)
LA GANADORA DE LOS PREMIOS GOYA
¿Por qué ha triunfado tanto 'Los domingos’?
Astrid Meseguer, Camila Beraldi. La Vanguardia
https://www.lavanguardia.com/cultura/20260302/11478661/triunfo-los-domingos-premios-goya-2026.html
El filme de Alauda Ruiz de Azúa rompe estigmas y prejuicios sobre el cine religioso
El de ayer fue un domingo muy especial para Alauda Ruiz de Azúa y todo el equipo de Los domingos , la gran vencedora de la fiesta del cine español en Barcelona. Sus cinco premios Goya sabían a gloria frente a los seis que cosechó Sirât, de carácter más técnico. El triunfo final llegó tarde, poco menos de media hora para que acabara la gala y cuando solo tenían en el palmarés el de actriz secundaria para Nagore Aranburu. Guion, actriz, dirección y película se reservaban para el colofón.
La de Los domingos ha sido una carrera meteórica desde que obtuvo la Concha de Oro del festival de San Sebastián. Luego arrasaría en los Forqué y los Feroz. Sin embargo, el recorrido de la cinta protagonizada por una joven que se plantea abrazar la vida de monja de clausura en un tiempo descreído como el actual no fue evidente ni lineal. “Desde que nació el proyecto sentíamos que era una apuesta muy arriesgada y llegar hasta aquí y recibir el cariño de los compañeros ha sido muy especial”, explicó en charla con la prensa tras la ceremonia Ruiz de Azúa, que se impuso como mejor directora –es la cuarta mujer en cuarenta años de historia de los Goya– y guionista. “Yo nunca había vivido una película que creciera tanto”, añadió la realizadora en alusión al aumento progresivo de espectadores –lleva acumulados casi 700.000–, a la multiplicación de artículos y críticas, y al debate público que la cinta generó con el paso de los meses.
Durante meses evitábamos la palabra ‘monja’ en las sinopsis. ¡Y mira que es difícil!, confiesa Sandra Hermida
De hecho, en sus primeras comunicaciones, el filme evitó presentarse abiertamente como un relato centrado en la vocación religiosa. Existía el temor de que el prejuicio hacia una obra sobre monjas limitara su alcance comercial antes incluso de que el público pudiera descubrir su verdadera complejidad. “Tengo la sensación de que Los domingos nos llegó a nosotros como productores y al cine en sí como en un momento concreto que claramente es lo que ha evolucionado con la película. De una idea que nos parecía complicada de llevar a cabo, la acometimos con mucho respeto”, señaló Sandra Hermida, quien confesó: “Durante meses evitábamos la palabra monja en todas las sinopsis. ¡Y mira que es difícil!. Por que ¿cómo se puede contar esta historia sin explicar que va de una niña que se quiere meter a monja y lo que causa en la familia? No encontrábamos cuál era la manera y nos daba miedo cómo se iba a tomar desde la propia cinematografía”.
“Para ser honestos, teníamos mucho miedo de lo que vosotros pudierais decir si comentábamos que la película iba sobre una monja”, admitió Marisa Fernández Armenteros. “Creo que hemos sido unos inconscientes porque cuando Alauda nos contó su idea pensamos que a qué distribuidor o exhibidor le iba a interesar esta película”. En algún momento se plantearon que la historia ocurriera décadas antes. Pero, tras largas conversaciones, vieron que “en el 2026 era un tema que podía ser totalmente vigente”, según Hermida.
Alauda Ruiz de Azúa se define como no creyente y el germen del filme se manifestó durante su juventud: “Asistí en mi entorno a una chica de unos 20 años que entró en una orden religiosa y aquello me generó mucha curiosidad de no entender cómo, en el mismo momento vital en el que estábamos, alguien había tomado una decisión tan radical”, afirmó a este diario en el certamen vasco.
El espíritu del filme era la diversidad de lecturas y todas las conversaciones que promovía
La cineasta, que se dio a conocer con Cinco lobitos , con la que se impuso en dirección novel en los Goya del 2022, hizo unas ocho versiones de guion que se alimentaron con documentación rigurosa sobre el tema. Es consciente de que la película abre un “debate incómodo” y que el espíritu del filme era la diversidad de lecturas y todas las conversaciones que promovía. “Definitivamente, es el universo soñado por cualquier cineasta”, explica sobre un filme que retrata de forma honesta un conflicto familiar doloroso desde todos los puntos de vista.
Pero, ¿qué le hizo pensar que un tema como el de la religión, tan lejos de las preocupaciones diarias del público más joven, podía despertar interés? “Como directora, nunca pretendes controlar o prever las reacciones de nadie ni de una determinada generación. Lo que sí he notado es una forma muy distinta de recibir la película. A partir de los 40, la conversación se centraba más y casi exclusivamente en el debate religioso dependiendo de la sensibilidad y de las experiencias en este terreno. Sin embargo, los más jóvenes veían lo religioso de alguna manera como una metáfora y conectaban con Los domingos desde otro sitio. Me he encontrado con reflexiones muy interesantes en esta franja de edad sobre la libertad individual o sobre lo difícil que es sentirse juzgado por la familia o sobre el modo de construir un sentimiento. Es decir, la vocación de la protagonista por hacerse monja ha sido utilizado por los jóvenes para hablar de otras cosas”.
El éxito comercial y crítico del filme sugiere que el rechazo no estaba en la temática religiosa en sí, sino en los estereotipos asociados a ella
El éxito comercial y crítico del filme sugiere que el rechazo no estaba en la temática religiosa en sí, sino en los estereotipos asociados a ella. Al ofrecer una mirada compleja, documentada y emocionalmente sincera, la obra logró resignificar una figura que el cine reciente había convertido casi exclusivamente en icono del miedo. Ahí están ejemplos como Hermana Muerte, dirigida por Paco Plaza; Inmaculada, protagonizada por Sydney Sweeney; o la saga La monja, perteneciente al universo Expediente Warren. En todos estos casos, el convento funciona como escenario de lo siniestro y la figura religiosa se asocia con lo oculto, lo reprimido o lo demoniaco. Poco se muestra, en cambio, del día a día en estos espacios cerrados; quizá ese desconocimiento sea precisamente lo que alimentaba aquel imaginario del terror.
El recorrido de la película evidencia que determinados temas, incluso aquellos considerados minoritarios o arriesgados, pueden encontrar espacio en la conversación pública cuando se abordan desde una narrativa sólida.
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II)
Sorrentino y la belleza
Esther Peñas
https://ethic.es/sorrentino-belleza
Entre lo exquisito y lo grotesco, el cine de Paolo Sorrentino (Nápoles, 1970) no es sino una búsqueda de lo bello como única facultad que nos preserva de una decadencia moral, social, política, cultural y existencial. Porque «estamos todos bajo el umbral de la desesperación», como afirma Jep Gambardella, solo la belleza puede salvarnos.
La música hipnótica de la decadencia del amor y el deseo embridado en Deseando amar; el asfixiante y pautado mundo subterráneo de Metrópolis; el rostro de la Garbo sosteniendo el último (e inagotable) plano de La reina Cristina de Suecia; el semblante —mohín en ristre— de Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes; la voracidad herida de Marlon Brandon como coronel Kurtz en Apocalypse Now o su altiva mandíbula en El Padrino, la escena final de Blow up!, un grupo de mimos jugando al tenis sin pelota ni raquetas… Es incalculable el caudal de belleza que encontramos en el cine, desde sutiles gestos interpretativos a frases capaces de enmendar vidas, pasando por melodías emocionantes, planos prodigiosos, guiones magistrales o fotografías sublimes. Por eso son clásicos, porque no se pueden mejorar.
Hay belleza en la ejecución intachable (Hitchcok, Kubrick), en la propuesta hilarante (Wilder, Allen), en la hondura psicológica (Dreyer, Bergman), en la solvencia argumentativa (Huston, Lang), en el desgarro fílmico (Pasolini, Rossellini), incluso en la crueldad (Peckinpah, Haneke). Pero si hay alguien dentro del mundo del cine que se ha ocupado afanosamente de la belleza en las últimas décadas es Paolo Sorrentino (Nápoles, 1970), ese tipo de aspecto cruzado entre un macarra deficitario, un rockero desgastado, un dandy disminuido.
Su filmografía es un desglose de lo bello. Un tratado en imágenes de aquello que excede lo simbólico y, por lo tanto, toda palabra, angosta en el intento de contener lo que debiera expresar.
El cine de Sorrentino es manierismo extremo, exageración, derroche, exuberancia. Un delicado equilibrio entre lo dionisiaco y lo apolíneo. Un territorio que incumple la recomendación aristotélica de «nada en demasía» para acatar el proverbio de Blake: «El camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría». Belleza extrema, siempre a punto de estallar y convertirse en parodia. Pero nunca.
Música y fútbol
Ya en su primer largometraje, Un hombre de más, encontramos los ejes de la belleza en su cine: la música, el fútbol, la ciudad (no cualquiera, Roma o Nápoles), el tedio vital y una tonada más nostálgica que melancólica, que lamenta un pasado de esplendor frente a un presente descompuesto. Cuenta el ocaso de dos hombres que comparten nombre y apellido, Antonio Pisapia, un cantante pop engullido por un escándalo sexual y un futbolista cuya celebridad queda destruida por una lesión.
La obra de Sorrentino es manierismo, derroche y exuberancia
Sorrentino reivindica a la banda estadounidense Talking Heads como trinchera de inspiración. En su cine, tan proclive a los silencios (sinónimos de la lucidez de sus protagonistas) escuchamos ensambladas con virtuosismo melodías de Sinatra, Ornella Vanoni, Berstein, Fauré o Schubert pero también, a pie de precipicio, a Raffaella Carrá o a Gato Dj y su «Mueve la colita». Para pasmo de todos, funciona.
Y a Sorrentino el fútbol le salvó la vida. También le dejó huérfano. A los 15 años, un escape de gas mató a sus padres. Él no estaba en casa porque acudió a ver a su equipo, el Napoli, donde Maradona trazaba movimientos como quien hilvana la órbita de los cuerpos celestes. Fue la mano de Dios es una catarsis de su biografía al tiempo que un tributo para El Pelusa, a quien volvemos a ver (esta vez deformado por la obesidad) en La juventud.
La galería de sus personajes admite toda gama de hedonismo, histrionismo, hastío, decadencia, delirio, indecencia, estafa. Hay belleza convulsa en ellos. En cambio, sus protagonistas sostienen una suerte de orfandad cósmica, una elegancia existencial no apta para feligreses de lo chusco, necio y barato de nuestros días. Basta recordar a Jep Gambardella, interpretado por su actor más querido, Toni Servillo, caminando de madrugada por las calles de Roma, a orillas del Tíber, abriéndose paso entre nobles que se alquilan, mediocres, miserables, intelectuales impostados, prelados rijosos y obscenos… Solo la grandeza de otro tiempo los sostiene, esos palacios barrocos que guardan memoria: el Palazzo Barberini, la Villa Médici… tan recurrente esa actitud de flâneur militante por una ciudad que, más que un lugar, es un estado del alma.
La belleza en Sorrentino no pasa por el deseo (el sexo, en sus películas, es un atajo para saciar curiosidades o recreos entre momentos de tedio), sino por el amor truncado (en La gran belleza, ese amor de adolescencia, puro, sublimado) o imposible (en Parthenope, por incestuoso). La belleza en Sorrentino es siempre voluptuosa, brota a través de los sentidos. Pareciera decirnos que se despliega únicamente para ser contemplada porque el roce la envilece. Solo la monstruosidad (personajes con macrocefalia, obesidad, decrepitud o acondroplasia) puede hacerlo. Se contempla y nos transforma.
Gamberdella observa, como Harvey Keatel y Michael Caine (dos viejos amigos, un director de orquesta y otro de cine, ambos retirados) durante todo el metraje de La juventud, especialmente fascinados por la aparición de Madalina Ghenea, de la que vemos su espalda (fuera de la espalda, «lo demás es pornografía», afirma el cardenal Tesorone en Parthenope).
Lo bello de la lucidez
El cineasta italiano distribuye los elementos de sus escenas en combinaciones simétricamente antinaturales: aquellas monjas, de blanco, corriendo por los jardines tras unas niñas, la familia sentada a la mesa delante de una pared en la que un surtido de cerámicas se dispone a ambos lados de una cabeza de venado, la copiosa cantidad de botellas vacías en la habitación de un Cheveer alcoholizado, la coreografía báquica de la fiesta del 65 cumpleaños de Gambardella…
Sus protagonistas encarnan la belleza de la lucidez que les concede el desamparo. No se engañan, conocen sus propias miserias, y eso les convierte en seres frágiles pero auténticos. Como Cheyenne, una brillante estrella de rock retirada interpretada por Sean Penn en Un lugar donde quedarse.
En su cine, tan proclive a los silencios escuchamos melodías de Sinatra o Schubert
Encontramos dos búsquedas de la belleza en el cine de Sorrentino. Una es más social o política (acaso más mundana), presidida por la influencia de Scorsese, en películas como Silvio (y los otros), que retrata el entorno empresarial de Berlusconi; El amigo de la familia, donde un usurero se enfrenta a la amargura de prestar dinero para la boda de quien ama o Il Divo, centrada en Andreotti («Entre la realidad y la belleza, escojo la belleza», se dice en ella). Así también en la serie El papa joven. Cómo le sobrecoge a Sorrentino la liturgia católica, esa belleza (de otro tiempo) del ritual.
La otra senda que transita en busca de la belleza es la que iniciara Fellini. Imposible no ver su huella en películas como Las consecuencias del amor (de nuevo Servillo, huésped en un hotel de Lugano, paseante que hace puzzles de mañana y juega a las cartas con una pareja de aristócratas arruinados), La juventud, La gran belleza, Fue la mano de Dios o Parthenope. Personajes en retirada, de regreso de todo, de camino a ningún sitio.
La belleza como un reactivo esquivo y poderoso. Sorrentino nos saca de la inercia y nos redime, recordándonos el adagio de tempus figit.
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Os invito a escuchar temas de la banda sonora de La gran belleza
https://youtu.be/ho-oytAt9j4?si=j6GysK3gnkPqSHFn
Tráiler de La juventud
https://youtu.be/2RTlBCFB3yk?si=YvgN8nr6lwR6oUQJ
III)
Teatro
"El jardín de los cerezos" . Basado en obra de Chéjov. Teatro Fernán Gómez. Madrid. 15 de febrero al 12 de abril. Muy recomendable.
Museos
Fundación Mapfre. Madrid Sala Recoletos.
Exposición del pintor sueco Anders Zorn
Pintura de ZornExposición fotográfica de Helen Levitt
Fotografía de LevittAmbas exposiciones hasta 17 de mayo de 2026
Sala Caixa forum. Madrid
Desenfocado. Otra visión del arte








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