Cine y Libros

A)


CINE


A continuación transcribo un artículo donde se habla de dos películas actuales que están en cartelera. Simplemente como un cinéfilo aficionado que soy, os puedo decir que ambas películas están en la línea de un agradable o buen entretenimiento. La Cena, tiene gracia aunque esté situada en un tiempo oscuro de la historia de nuestro país. Tiene una actuación destacada Alberto San Juan, pero también el resto de los actores y actrices logran una buena actuación.  La segunda película (Un simple accidente), como otros filmes iraníes (casi todos los directores de ese país están exiliados o en la cárcel) no defrauda sino que demuestra un buen cine desde hace años. A pesar de que me gustó, tiene algunas escenas algo poco creíbles o histriónicas para el tema que trata el filme. Pero es un buen entretenimiento y aborda aspectos de la historia actual de ese país, aunque quizás muy superficialmente y desdramatizando esa realidad por la actuación de sus personajes.  Los comentarios que leeréis más abajo está hecho por un profesional de la crítica y es algo más positiva que lo que yo acabo de escribir.JP


I)

La cena 


 Javier López Iglesias


https://www.hoyesarte.com/cine/la-cena-de-franco_341162/





Tráiler de La Cena

https://youtu.be/x_rRg-TB2f4?si=_Tu57gQwUHo78roB


Ficha


La cena

Dirección: Manuel Gómez Pereira


Guion: Joaquín Oristrell, Yolanda García Serrano Y Manuel Gómez Pereira


Intérpretes: Alberto San Juan, Mario Casas, Asier Etxeandia, Nora Hernández, Óscar Lasarte, Martín Páez Chapero, Elvira Mínguez, Carlos Serrano, Carmen Balagué, Eva Ugarte Y Antonio Resines


Fotografía: Aitor Mantxola


Música: Anne-Sophie Versnaeyen


España, Francia / 2025 / 100 minutos


Distribución: A Contracorriente Films

Con la experiencia y habilidad para la comedia tantas veces demostrada, Manuel Gómez Pereira presenta La cena, una propuesta ambientada en las semanas posteriores a la Guerra Civil. Llena de aciertos e inspirada en la obra de teatro La cena de los generales, de José Luis Alonso de Santos, la película tiene en sus dos protagonistas —Alberto San Juan y Mario Casas— cimientos fundamentales para asentarse como una de esas comedias, también con su punto dramático pero cargadas de buen humor, destinadas a perdurar.


1939. La guerra ha terminado. Quince días después de acabar el conflicto, Francisco Franco manda organizar una cena de celebración en el Hotel Palace de Madrid, para entonces reconvertido en hospital de campaña. Parece inviable, pero los deseos del mandatario son órdenes y, en menos de veinticuatro horas, las camas y sus ocupantes tienen que desaparecer y dejar paso al lujo del restaurante del mítico establecimiento.


A matacaballo, un joven teniente al que se le encarga que haga posible lo que parece imposible, un maître meticuloso y un grupo de los mejores cocineros de la ciudad —que casualmente son todos republicanos, pero imprescindibles para la ocasión, pues son los mayores expertos en los diferentes platos del menú— deben preparar un banquete impecable en tiempo récord.


Todo parece ir sobre ruedas, pero en la cocina se trama algo más que la elaboración de platos exquisitos. La tentación de la fuga para quienes han sido liberados de la cárcel por unas horas está encima de la mesa…


“Cuando te preguntas por dónde vas a ir en tu próximo proyecto —puntualiza el realizador y coguionista—, a veces buscas una idea con la que puedes conectar a través de muchos medios, y a veces esa idea te busca a ti; si te encuentra y te fascina, ya no te deja: viaja contigo, duerme contigo y, poco a poco, acabas haciéndola tuya. Se convierte en tu pareja y en el reposo de la imaginación cuando sientes que sigue ahí, esperando, paciente y alerta, para darte emoción y fuerza para continuar. Y así sucedió. El libreto de La cena de los generales, de Alonso de Santos, llegó a mis manos de una forma casual, por azar. El azar nos unió hace unos años a Alonso de Santos, Oristrell y a mí en el rodaje de la comedia Bajarse al moro, y el azar nos vuelve a juntar unos años después en este proyecto”.


“La historia parte de una situación insólita —prosigue el cineasta—: un banquete que quiere dar el mismísimo general Franco ¡en el Hotel Palace! como colofón a una terrible guerra, viajando a través de lo trágico y lo humorístico en el patetismo de la situación: inmediata posguerra, cárcel, represión, miedo, muertos, odios, hambruna y fracaso colectivo. No quiero hacer de esta obra una comedia donde se frivolice sobre la dureza del conflicto. Se trata de otra cosa: situarlo a nivel humano, lo más importante, con sus luces y sus sombras, su dolor y su risa.

Todos estos elementos hicieron que, después de leer el texto, decidiera que La cena fuera mi próxima película, una comedia antibelicista y necesaria”.


Además de los dos soberbios protagonistas —San Juan, probablemente en el mejor papel de su carrera—, completan un reparto coral sin desperdicio Asier Etxeandia, Nora Hernández, Óscar Lasarte, Elvira Mínguez, Eva Ugarte, Martín Páez, Carlos Serrano, Carmen Balagué y Antonio Resines.



Director y guionista reconocido por sus comedias románticas llenas de humor, Manuel Gómez Pereira atesora una carrera plagada de títulos para la memoria, como Salsa rosa, Boca a boca, El amor perjudica seriamente la salud, Entre las piernas, Bajarse al moro o Un funeral de locos. Su colaboración con Joaquín Oristrell y Yolanda García Serrano —guionistas también de La cena— en Todos los hombres sois iguales le valió el Goya al Mejor Guion Original. También ha dirigido series muy populares, como Gran Hotel, Velvet, Las chicas del cable, Gran Reserva y Cuéntame cómo pasó.


Al presentar La cena, Gómez Pereira concluye con palabras de Alonso de Santos: “El humor es una manera de compensar el sufrimiento. Es como una medicina para el alma y yo me siento un boticario. No quiero hacer solo reír, sino depurar un poco el basurero”. Y lo consigue. ¡Vaya si lo consigue!




                                                ***

II)


Un simple accidente



Javier López Iglesias


https://www.hoyesarte.com/cine/panahi-vuelve-a-la-carga-con-un-simple-accidente_341154/



Tráiler de Un simple accidente


https://youtu.be/4LxVYOGggG0?si=WTMrA6BLWVmHKLJ-


Ficha


Un simple accidente


Guion y dirección: Jafar Panahi


Intérpretes: Vahid Mobasseri, Maryam Afshari, Ebrahim Azizi, Hadis Pakbaten y Majid Panahi


Fotografía: Amin Jafari


Sonido: Abdoreza Heidari


Montaje: Amir Etminan


Irán, Francia, Luxemburgo / 2025 / 105 minutos



Un simple accidente, del iraní Jafar Panahi. Cine de calidad realizado con muy bajo presupuesto y entre todas las trabas posibles para sacar adelante el rodaje. Pero cine de calidad. Magnífica la historia. Magnífica la puesta en escena. Soberbio el resultado de una conmovedora película que destila ira y también humor al contarnos una dramática historia que mereció, con toda justicia, la Palma de Oro en el Festival de Cannes.


“Como no solicité permisos oficiales —que, de todos modos, no me habrían concedido—, tuve que recurrir a los mismos métodos clandestinos que en películas anteriores. Justo antes de terminar el rodaje, aparecieron unos agentes vestidos de paisano que exigieron todo el material. Me negué. Siguieron presionándonos, amenazando con arrestar al equipo y detener la producción. Al final desistieron. Hicimos una pausa en el rodaje durante un tiempo; luego lo retomamos”, comenta el cineasta sobre una cinta rodada en Teherán y sus alrededores, que fluye sin altibajos pese a las dificultades.


Un simple accidente comienza con eso: el accidente fortuito que sufre un individuo que conduce un coche en el que también viajan su mujer y su pequeña hija. Lo que empieza como un simple percance desencadena una serie de situaciones sin retorno, como consecuencia de que el accidentado cree reconocer a uno de los guardias que lo torturaron cuando estuvo en prisión.


Al referirse al origen de su nueva propuesta, filmada tras salir de la cárcel en la que estuvo recluido entre julio de 2022 y febrero de 2023, Panahi recuerda: “La idea inicial surgió rápidamente. Me pregunté qué pasaría si una de las personas que había conocido en prisión fuera liberada y se encontrara cara a cara con alguien que la había torturado y humillado. Esa pregunta desencadenó un proceso de escritura con dos amigos guionistas, Nader Saeivar y Shadmehr Rastin. Empezamos a esbozar posibles desarrollos, pero pronto me di cuenta de que lo más importante era la autenticidad de las historias sobre la vida en prisión y las distintas formas de contarlas. Involucré a alguien que había pasado mucho tiempo en la cárcel, y que lamentablemente ha vuelto a estar allí: Mehdi Mahmoudian. Él ayudó con los diálogos, basándose en lo que realmente ocurre cuando te detienen y en cómo las personas lo relatan de manera diferente una vez fuera”.


“Desde el principio, mis películas han tratado sobre lo que ocurre en la sociedad y en mi entorno inmediato. Así que, naturalmente, pasar siete meses en el contexto muy específico de una prisión tenía que encontrar su camino hacia mi cine. Cuando me arrestaron por primera vez en 2010, mi interrogador me preguntó: ‘¿Por qué haces este tipo de películas?’. Le respondí que mis películas se basan en lo que yo estoy viviendo (…). Eso es exactamente lo que ocurrió en Taxi Teherán, especialmente en la conversación con la abogada Nasrin Sotoudeh. Pero la segunda experiencia carcelaria dejó una huella aún más profunda. Cuando salí, sentí la necesidad de hacer una película para las personas que había conocido entre rejas. Les debía esa película. Aunque hablo desde una experiencia personal, conecta con lo que ocurría en la sociedad iraní de manera más amplia, especialmente con la revolución ‘Mujer, Vida, Libertad’, que comenzó en otoño de 2022”.



Director, guionista y montador, Jafar Panahi (Mianeh, Irán, 1960) se ha erigido en una de las voces más influyentes del movimiento de la Nueva Ola iraní. Tras estudiar en la Universidad de Radiodifusión de Irán y realizar cortometrajes, documentales y películas para televisión, trabajó como asistente de Abbas Kiarostami en A través de los olivos (1994).


Su debut en el largometraje, El globo blanco (1995), coescrito con Kiarostami, se estrenó en la Quincena de Realizadores de Cannes y obtuvo la Cámara de Oro, marcando el inicio de una trayectoria internacional reconocida por su mirada humanista hacia la vida en Irán, en especial la de mujeres, niños y trabajadores. Le siguieron El espejo, Leopardo de Oro en Locarno; El círculo, León de Oro en Venecia —prohibida en Irán por su retrato de la condición femenina—, y Sangre y oro, premiada en Un Certain Regard de Cannes e igualmente censurada en su país. En 2006, Offside le valió el Oso de Plata en la Berlinale, narrando el desafío de jóvenes mujeres que querían asistir a un partido de fútbol.


“He entrado en una nueva etapa como cineasta. Desde mi primera película, El globo blanco, hasta Offside, me concentré en mis asuntos como director. Había presiones en el entorno, por supuesto, pero podía centrarme en encontrar soluciones a los problemas cinematográficos. Después de mi primer arresto en 2010, cuando se me prohibió viajar o hacer películas, mi enfoque se desplazó hacia mis propias circunstancias. Antes, mi cámara estaba dirigida hacia afuera, pero desde entonces se volvió hacia adentro, hacia lo que yo estaba viviendo —como puede verse en las películas que hice, desde Esto no es una película hasta Los osos no existen—. Ahora que esas restricciones, en parte, se han levantado, he sentido la necesidad de volver a mirar hacia afuera, solo que de forma distinta esta vez, marcada por todo lo que he vivido, incluyendo mi segunda condena de prisión. Así que la cámara vuelve a enfocar hacia el exterior, pero con un punto de vista diferente al anterior”.


Su carrera se ha visto marcada por los continuos enfrentamientos con el régimen. Arrestado en 2009 y nuevamente en 2010, fue condenado a seis años de prisión y se le prohibió dirigir, escribir o conceder entrevistas durante veinte. Pese a ello, Panahi halló formas clandestinas de continuar filmando. Esto no es una película, un diario filmado en su apartamento, llegó a Cannes escondido en un pendrive dentro de una tarta. Más tarde, Closed Curtain, codirigida con Kambuzia Partovi, ganó el Oso de Plata al mejor guion en Berlín. Con Taxi Teherán, filmada con una sola cámara por él mismo transitando las calles de su ciudad, logró el Oso de Oro y el FIPRESCI en Berlín, alcanzando un impacto cultural sin precedentes dentro y fuera de Irán.


En 2018 presentó Tres caras en Cannes, donde ganó el galardón al mejor guion, y en 2022 recibió el Gran Premio Especial del Jurado en Venecia por Los osos no existen, un premio que no pudo recoger, pues en aquel tiempo cumplía condena en prisión. Liberado en 2023 tras una huelga de hambre, Panahi regresó en 2025 a la competición de Cannes con la película que ahora presenta.


Al lograr la Palma de Oro, el cineasta iraní se suma a la escasa élite de autores que han conquistado los máximos galardones de los tres grandes festivales europeos (Venecia, Berlín y Cannes). Su obra, entre la poesía y el desafío, se entrelaza con su propia biografía como motor de películas profundamente humanistas. Su cine sigue siendo un referente internacional del poder del arte frente a la censura y la opresión.


Como acto de liberación creativa, Un simple accidente vuelve a evidenciar la capacidad del cine independiente como camino de reflexión y denuncia. No se la pierdan.



B)


Libro



Libro: Lo llamaron Paz


La violencia como forma natural de gobierno


https://www.hoyesarte.com/literatura/ensayo/la-violencia-como-forma-natural-de-gobierno-de-la-expansion-imperial-europea_341429/



Lo llamaron paz (Crítica, 2025), el nuevo libro de la historiadora Lauren Benton, ofrece una reflexión incisiva sobre cómo la violencia imperial europea ha dado forma a la guerra y la paz desde el siglo XV hasta la actualidad. A través de un recorrido que va de las conquistas coloniales a los drones, la historiadora demuestra que la violencia no fue una desviación del poder imperial, sino su esencia misma. Con un estilo lúcido y una mirada crítica, desvela cómo el derecho internacional sirvió para justificar la dominación global bajo la apariencia de “orden” y “pacificación”.


«A la rapiña, el asesinato y el robo los llaman con nombre falso gobernar, y donde crean un desierto, lo llaman paz»


(Tácito, c. 55-c. 120)


Tácito puso estas palabras en boca de quien defendía sus tierras ante las legiones romanas. A partir del siglo XV, los imperios europeos llevaron esas antiguas prácticas a una escala inédita, cimentando sus conquistas en el saqueo, la esclavitud y el pillaje generalizados. Autoafirmándose en un derecho al uso unilateral de la fuerza, esos imperios consiguieron acumular a lo largo de los siglos un poder global.


En un relato que abarca desde Asia hasta América, la historiadora Lauren Benton muestra en Lo llamaron paz (Crítica, 2025) cómo la violencia ejercida por los imperios definió la naturaleza misma de la guerra y la paz. Los constantes enfrentamientos y las intervenciones armadas instauraron un estado de guerra de facto perpetua en todo el mundo. Esas disputas intermitentes desencadenaron atrocidades que fueron desde masacres repentinas hasta largas campañas de despojo y exterminio.


Su tesis es tan contundente como incómoda: la violencia no fue una anomalía ni un instrumento circunstancial de la expansión imperial, sino su condición de posibilidad y su forma natural de gobierno. Allí donde los vencedores decían imponer el orden y la paz, lo que en realidad instauraban era un régimen global de guerra continua.


La investigadora propone una lectura que desborda los límites de la historiografía tradicional. Su mirada conecta las incursiones coloniales del siglo XV con los bombardeos selectivos del siglo XXI; los campos de exterminio con los drones; los edictos de los virreyes con las órdenes ejecutivas de Washington o Moscú. Muestra cómo las llamadas “guerras menores” —esos conflictos locales y periféricos que raramente figuran en los manuales— fueron, en realidad, los ladrillos con los que se construyó el orden mundial moderno.


La cita de Tácito, que sirve de epígrafe al libro, se convierte en hilo conductor de una historia en la que la violencia no cesa nunca, sino que muta, se modula y se disfraza de legalidad. La autora recorre medio milenio de intervenciones, saqueos y masacres —desde las conquistas ibéricas hasta las ocupaciones contemporáneas— para demostrar que la promesa de una “violencia limitada”, esa ilusión tecnocrática de que la fuerza puede ser dosificada y controlada, ha sido una constante del poder imperial.


Uno de los mayores aciertos del libro radica en su capacidad para situar la violencia en el centro del discurso. Benton, que ya había analizado la relación entre derecho y soberanía en obras anteriores, expone cómo los imperios europeos se autoproclamaron árbitros universales de la guerra y la paz. Al hacerlo, impusieron un derecho internacional selectivo que legitimaba su intervención en cualquier territorio bajo el pretexto de “mantener el orden”. Lo que se conoció como “paz armada” no fue sino la institucionalización de la guerra perpetua.


Lejos del tono árido que a menudo acompaña a los ensayos académicos, la investigadora escribe con una claridad inquietante. Cada capítulo está atravesado por una conciencia ética y política que evita tanto el moralismo como la complacencia. No se limita a denunciar: ofrece un marco analítico para entender cómo las guerras menores —presentadas como intervenciones quirúrgicas o ejercicios de protección— desembocan inevitablemente en atrocidades. En sus páginas resuena el eco de los bombardeos “inteligentes”, de las “operaciones especiales” y de las fronteras convertidas en laboratorios de control y castigo.


El prólogo, de una potencia narrativa poco habitual en la historiografía, conecta la guerra de Vietnam con la invasión rusa de Ucrania y los ataques con drones en Afganistán. En cada caso, su autora identifica la misma lógica imperial: la convicción de que una dosis de violencia “racional” puede garantizar la estabilidad global. Pero el resultado —insiste— siempre ha sido el mismo: el sufrimiento de los pueblos sometidos y la naturalización de la crueldad como método político.


Lo llamaron paz no es solo un libro sobre el pasado: es una advertencia sobre el presente. Benton nos obliga a reconocer, en los discursos actuales de seguridad y pacificación, los ecos de las viejas justificaciones coloniales. Los imperios de antaño desaparecieron, pero su gramática del poder sigue vigente. En tiempos de guerras sin declaración y de fronteras militarizadas, su obra funciona como un espejo incómodo en el que el mundo contemporáneo se refleja con nitidez. Su propuesta final no es ingenua: no ofrece fórmulas para abolir la guerra, sino una invitación a comprender su genealogía, a reconocer los patrones que se repiten bajo nuevos nombres. Solo así —parece decirnos— podremos aspirar a un futuro en el que la paz no sea, de nuevo, el nombre que los poderosos dan a su propio desierto.


Lauren Benton (Baltimore, Maryland, 1956) es profesora de Historia Barton M. Biggs en la Universidad de Yale y ha sido galardonada con el Premio Toynbee por sus importantes contribuciones. Entre sus libros se incluyen A Search for Sovereignty: Law and Geography in European Empires, 1400–1900 y Law and Colonial Cultures: Legal Regimes in World History, 1400–1900 (Studies in Comparative World History).

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